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viernes, 29 de enero de 2010

J.D.SALINGER

Si alguien se planteara si es posible pasar a la historia de la literatura por casi sólo un libro, tendría una respuesta afirmativa en el caso de J.D. Salinger, escritor de culto norteamericano que murió ayer. Su figura de recluso literario, encerrado en su cabaña de New Hamsphire y alejado del mundo hace más de cuatro décadas, alimenta el misterio que le ha rodeado. Su novela The catcher in the rye (El guardián entre el centeno) ha pasado a la historia como la más fascinante y leída narración de la literatura norteamericana del siglo XX. Se calcula que ha vendido desde que se publicó en 1951 más de sesenta millones de ejemplares y cada año se reeditan e imprimen 250.000. Esta novela da la voz, en una especie de monólogo continuo, a un adolescente, Holden Caulfield, que expresa su angustia e ira frente al mundo de modo feroz. Late como tema central el miedo a crecer, a hacerse adulto y a la responsabilidad. El mundo de los adultos se siente falso e hipócrita contemplado desde esa mirada de pureza todavía incontaminada que es el mundo de Holden, un muchacho que rememora desde el psiquiátrico tres días de su vida y su deambular por Nueva York manifestando su odio, su aversión y su crítica mordaz frente a los personajes que se encuentra aunque en algunos momentos también deja salir su ternura como la que siente hacia su hermana pequeña que lo idolatra, pero a la que también abandona.

Los 59 años pasados desde su publicación no han disminuido el impacto y la sacudida que provoca esta narración en los lectores, más si estos son adolescentes. He tenido ocasión de comprobarlo proponiéndola como libro de lectura en cuarto de la ESO y la mayoría de los alumnos lo consideraron como la mejor novela que habían leído ese curso y algunos sostenían que era la mejor que habían leído o leerían jamás. Muchos se sintieron identificados con ese personaje y disfrutaron de sus fobias y su lenguaje soez. El fluir del habla de Holden atrapa porque es totalmente diferente a la de cualquier héroe literario, y más de los de esas babosas novelas para adolescentes políticamente correctas, moralizadoras y educativas en valores. Porque El guardián entre el centeno no es una novela convencional. Es corrosiva y potencialmente peligrosa. Algunos críticos y profesores en Estados Unidos alertan sobre el efecto disolvente de este relato. Y es que Salinger en algún sentido se ha convertido en una religión y sus lectores en devotos seguidores de un misterio. Recordemos que el asesino de John Lennon llevaba encima esta novela.

Pero ¿quién era su autor? Sólo disponemos de dos fotografías de él porque se encerró y ocultó para protegerse del mundo en su cabaña de Cornish ya en 1952, abrumado por el éxito de su novela. No publicó nada más e impidió legalmente que se publicaran biografías sobre su figura e incluso que un autor sueco continuara la historia de su protagonista Holden. Su hija publicó, no obstante, un libro titulado El guardián de los sueños en el que presentaba una imagen terrible de su padre. Egocéntrico, cruel, autoritario, machista, diabólico, extremadamente susceptible, despreciativo de cualquier debilidad humana, seguidor de religiones en busca de la iluminación como la de la Cienciología, la Dianética, la Ciencia cristiana o el budismo. Se sometía a ritos de purificación incluso bebiendo orina. Aprovechó su fama y mito creado dejándose querer por muchachas de dieciocho años (cuando él tenía 53) a las cuales destruía psicológicamente y abandonaba. En muchos sentidos podemos decir -y es la imagen que da su hija de él- que fue un hijo de puta en el peor sentido de la palabra, pero los juicios morales no nos ayudan a descifrar el misterio y el hechizo que sigue emanando de su novela que camina por el filo del precipicio y se incluye dentro de la literatura maldita.

Muchos adolescentes y adultos tienen a esta novela como un libro totalmente de culto, y la sombra que rodea al autor, su maldad incluso, actúan como elementos que confieren un brillo diabólico a esta narración especialmente pero también a otros relatos suyos menos conocidos como los que tienen como eje a la familia Glass: Nueve cuentos y Franny y Zooey . El protagonista del cuento Un día perfecto para el pez plátano, Seymour Glass, perteneciente a los Nueve cuentos, se suicida en un día perfecto y en la playa. Su hija decía, no sin admiración, que no era raro que muchos de sus protagonistas se suicidaran o vivieran tan alejados de la realidad. Y es que los personajes de Salinger tienen mucho de él que fue un eterno y malvado adolescente, incapaz de soportar al mundo del que tuvo que exiliarse y vivir en la más absoluta oscuridad y silencio. No sabemos si escribió algo más. El dijo una vez en la única entrevista que concedió al New York Times por teléfono que había una paz maravillosa en no publicar. Quizás los que entren ahora en su cabaña encuentren algo que él no podrá impedir que se publique. Pero ¿escribiría algo que mereciera la pena después de esta novela iniciática?

Salinger se ha ido pero el personaje que encarnó sigue sumido en el misterio.

Hay una encuesta a la derecha sobre la novela.

miércoles, 27 de enero de 2010

Oscuridad

Me despierto sobresaltado en mitad de la noche. He tenido una pesadilla y el corazón me late acelerado. No recuerdo nada de lo que he soñado pero sé que huía. Algo me perseguía. Me levanto en la oscuridad todavía afectado. Voy desnudo. Y no sé si soy niño todavía o soy adulto. Estoy confuso. Ignoro si he crecido o todavía vivo en el universo extraño de la infancia. Mi sexo está fláccido. Salgo de mi alcoba, conozco el camino, entro en el comedor palpando las paredes y los muebles. No se oye nada. El silencio es total. Demasiado tal vez. No escucho ninguna respiración que me tranquilice. Entro en el cuarto de mi madre ¿soy niño entonces? y me acerco a la cama y palpo entre las sábanas. No está. Suena el tic tac del reloj de la mesilla. No sé qué hora es. Todo está oscuro. Voy a la cocina. Estoy solo. Abro el armario y cojo el pote del azúcar. Me hago un vaso de agua con dos cucharadas. Me da ánimos. Dejo el vaso en el fregadero. No sé dónde estoy. Parece que estoy en el universo de mi niñez pero no hay nadie en casa. Me acerco a la puerta de la casa, descorro el cerrojo que está cerrado. Abro el resbalón y traigo la puerta hacia mí. Salgo a la escalera en total oscuridad. Bajo los cincuenta y tres escalones sin dudar. Paso por el piso segundo donde vive la señora Pascuala y su perra Mora. Su piso huele a meados de los gatos. Sigo bajando y llego al primero. Viven unas maestras nacionales que me saludan con afecto cuando me ven y me invitan a entrar en su piso diciéndome: Joselu, ven aquí. Me dan pan con chocolate o carne de membrillo. Agradezco la ternura con que me hablan en un mundo doloroso y gris. Pero hoy en esta escalera se siente la oscuridad y sigo bajando hasta el portal, abro la puerta de la calle. Todo está en penumbra. No hay rastros de vida. Camino por las calles de mi niñez en un mundo preñado de oscuridad. Sólo puedo intuir mi camino en las calles que conozco o que recuerdo –no lo sé muy bien-. Quizás estoy dentro de un sueño que está dentro de otro sueño. Doblo la calle la Virgen a la izquierda y entro en la calle Prudencio. Ando por el medio de la calle o bien me acerco a las casas y tanteo las paredes. Las tiendas están cerradas, todo está en silencio y en completa negrura. Sé que ahí hay una tienda de plátanos. Su dueña es para todos simplemente “la platanera” y en sus aparadores de madera sólo se ven plátanos mustios. Tiene –a lo que recuerdo- un gesto cansino y agriado. Sigo por la calle y llego a la taberna donde están los borrachos del barrio. También van al bar de las Morenas. Sé que el dueño murió de cirrosis hepática, pero fue tiempo después. Soy niño todavía. Tengo cinco años. ¿O tal vez tengo cincuenta y estoy soñando que soy niño? No lo sé. Voy descalzo y noto los adoquines en las plantas de mis pies, las nervaduras del suelo de la calle, las mondas de naranja o cristales que no me llegan a cortar. Llego hasta mitad de la calle. Palpo la pared y creo que es allí donde está el portal de ella. ¿Pero no se había ido del barrio cuando hizo la primera comunión? ¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué no hay nada ni nadie? Abro la puerta y entro en la escalera del número 19. Huele a coliflor y a aceite frito, pero no se oye nada. Conozco la escalera, voy subiendo pisos, en los descansillos hay unos bancos triangulares. Llego hasta el tercer piso y sigo ascendiendo hasta la buhardilla.

Llamo suavemente a la puerta. Toc toc. Toc toc. Oigo pasos que se acercan y escucho una respiración entrecortada al otro lado. Torno a golpear la puerta rítmicamente. Siento que dudan, y las dudas parecen llegar hasta mí. ¡Ábreme! Soy yo… -pienso- Pero ¿quién soy yo? Todavía no lo sé. Respiro hondo. Y entonces la puerta se abre y se queda entreabierta. Entro, ella me da la mano que siento cálida. No me dice nada. Todo sigue en la más total negrura. Sé que atravesamos el pasillo y la cocina y entramos en su habitación que huele a lavanda.

Sé que me gusta.

lunes, 25 de enero de 2010

No siento pena por Haití

Fritzner Alphonse, pintor haitiano

No siento pena por los haitianos. Me da la impresión de que sentir pena es una disposición nuestra a sentir aflicción por los que son inferiores a nosotros. Pobrecitos, vamos. Y nos gusta sentirnos buenos y bondadosos, intuyendo interiormente que quizás seamos unos canallas. Ha habido una unanimidad universal en sentir lástima hacia esa isla a la que le afligen desgracias sin fin. Donaciones, conciertos, voluntarios y ONGs han contribuido a un clima general de solidaridad con Haití. Pero pienso que en buena parte es nuestro propio deseo de sentirnos buenos alguna vez y en esta ocasión la situación se prestaba. ¡Cómo no sentir lástima y pena por el terrible destino de los haitianos? Las imágenes nos encogían y hacían aflorar nuestra vena compasiva. Sin embargo, alerto contra este sentimiento. No creo que haya que dar nada a los haitianos a cambio de nada. Se lo tienen que ganar. No entiendo que haya programas que se limiten a prestar ayuda, comida, agua, tiendas de campaña, asistencia médica… Todo esto es bueno y hay que hacerlo, pero hay que conseguir que los haitianos se sientan protagonistas de su recuperación. No deben limitarse a ponerse en infinitas colas para conseguir una ración de comida. Los programas de ayuda internacional deben ofrecer trabajo y crear empresas para atender a los afectados por esta tragedia. Veo con espanto en televisión los campos de hacinamiento en que consisten los alojamientos tras el seísmo. Los niños andan sin protección alguna, huérfanos, y corretean entre los excrementos humanos. Habría que crear empresas que se dedicaran a recoger la suciedad que puede ser causa de infecciones y epidemias. En ellas tendrían que trabajar los haitianos igual que en la reconstrucción de sus ciudades. La ayuda internacional debería servir para ofrecer trabajo a las mujeres, las principales afectadas por el terremoto y que son objeto de violaciones que ni siquiera se atreven a denunciar. Pienso que no debe darse un paso sin que el pueblo haitiano se sienta protagonista del mismo. No basta ser buenos y compasivos. Hay que enfocar el tema con inteligencia. Hay que levantar de nuevo ciudades, reconstruir y aumentar el tejido productivo y empresarial de Haití, apostar por la educación, dejar que los haitianos sean ejes de su reconstrucción.

No hay peor proyecto que limitarse a ejercer la caridad. Los haitianos no son mendigos. No quieren vivir ni deben acostumbrarse a vivir de la generosidad internacional. Probablemente haya que condonar su deuda externa y abrir un tiempo de reconstrucción, de renacimiento, de levantarse de nuevo. Y nuestra actitud debe ser en este caso, como en otros muchos que existen, de mirarles a los ojos. Es fácil conmoverse con las imágenes de niños de ojos inmensos, pero hemos de ir más allá. Si los miramos a los ojos, no veremos solamente a alguien indefenso y necesitado que merece nuestra compasión. Si los miramos a los ojos, veremos a alguien que puede ser nuestro compañero de viaje, a alguien que puede enseñarnos muchas cosas, a alguien que puede ser nuestro amigo y la amistad requiere de la igualdad. No sientan pena por Haití. La pena es un sentimiento degradante para el que la recibe. No me gustaría suscitar pena nunca. El orgullo nos impide aceptar pasivamente la pena. Y los haitianos tienen muchas cosas de que sentirse orgullosos. Que son pobres, pues qué bien para nosotros que somos ricos. No deja de ser casual y anecdótico haber nacido aquí o allí. Pero dentro de esa pobreza hay mucha dignidad. Los que han viajado a Haití saben que los haitianos no mendigan, en todo caso piden trabajo y tienen en muchas ocasiones un espíritu de superación y de enfrentarse a la adversidad que ya quisiéramos nosotros que hemos nacido en una sociedad próspera sin hacer nada para merecerlo.

Mírenlos a los ojos, en ese fondo oscuro en que se esconde nuestra capacidad de sentirnos humanos. Y verán que no tienen ante ustedes a pobres desgraciados necesitados de pena, sino a seres humanos que tienen mucho que enseñarnos. No vamos a salvarles. Debemos estar allí para acompañarles y dejar que sean ellos los que levanten de nuevo esa isla. No se conmuevan, actúen, comprendan y sobre todo no se sientan culpables. La culpabilidad no es nunca buena consejera. Y si toca, vayan de vacaciones a Haití. Me ha parecido admirable que cruceros de lujo no hayan interrumpido su programa de visitas a la isla y han desembarcado miles de turistas en medio de la devastación. Lo que necesita Haití es reconstrucción y mucho trabajo. Eso y mantener o lograr la seguridad en sí mismos. Trabajo, acompañamiento, no lástima.

viernes, 22 de enero de 2010

Sergio Beser

Hoy he recibido la noticia con desolación. El profesor Sergio Beser, catedrático de emérito de la Universidad Autónoma de Barcelona, ha fallecido esta mañana a los setenta y cinco años. No sé si los que me leen conocerán a este extraordinario profesor. Era el mejor especialista del mundo en literatura española del siglo XIX. Tuve ocasión de conocerle durante mis cursos de doctorado en la universidad de Bellaterra en Barcelona. Me impartió dos asignaturas en años consecutivos. Una sobre la crítica literaria del siglo XIX en el periodo de la Restauración y otra sobre los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Tenerle como profesor era un privilegio difícil de olvidar. Sabio, cordial, irónico, inteligente, enamorado de su pueblo, Morella (Castellón), y de su querido Barça del cual era socio número 5400. Todos sus alumnos y buena parte de la intelectualidad catalana terminaron siendo algún día u otro visitantes de su pueblo que hace tres años le concedió la Cruz de Santa Llúcia, el máximo galardón, por su labor de difundir el nombre y la realidad de Morella en el mundo.

Fue profesor en universidades inglesas como Durham y Sheffield y de universidades norteamericanas como Ohio, Brown y Harvard. Su tesis doctoral versó sobre la figura de Leopoldo Alas “Clarín” del que era probablemente el mejor especialista.

Fue entrañable amigo de Manuel Vázquez Montalbán que lo introdujo reiteradamente en su novela más popular, Los mares del sur, y el autor no dudaba en afirmar que “de tanto en tanto la tierra produce un sabio”. Y esto es lo que era Sergio Beser, un sabio, en el sentido profundo de la palabra.

Los que lo conocimos teníamos la impresión de tratar con alguien venido del siglo XIX, tal eran sus modales, su forma de ser, su sentido del conocimiento y su humor. Lo poco que sé del siglo XIX lo aprendí gracias a él que me transmitió un intenso amor por esa literatura decimonónica tan olvidada. Devoré la obra de Galdós, desde sus novelas de Tesis a las Novelas Españolas contemporáneas o la llamada época espiritualista que me fascinó. Le hice un trabajo, que no olvidaré jamás, sobre una novela de Galdós muy poco conocida pero magnífica que se titula Angel Guerra. Tomen nota. En su tiempo se le censuraba a Galdós por escribir novelones tan largos, pero los que nos hemos perdido repetidas veces por Fortunata y Jacinta, La desheredada, o Ángel Guerra hemos aprendido a disfrutar de esa cadencia larga, de ese mundo coherente y extraordinariamente vivo que es la obra de Galdós. Sergio Beser nos dio un curso también, como he escrito arriba, sobre los Episodios Nacionales que son cuarenta y seis novelas divididas en cinco series (la última no está acabada). Creo que soy de los pocos españoles que ha tenido la fortuna de leer íntegros estos episodios y entender el sentido liberal que tenía la palabra “Nacional” frente a absolutista o la concepción patrimonialista de lo español de la derecha conservadora. Conocí a Galdós y acentué mi admiración por Leopoldo Alas cuya obra La Regenta es la más extraordinaria novela del siglo XIX y que es radicalmente moderna. El magisterio y la palabra de Beser fueron unos transmisores espléndidos de amor y curiosidad hacia ese mundo que logró apasionarme. Conocí la obra de Valera, Alarcón, Pereda, Palacio Valdés..., conservadores pero interesantes también. Durante unos años transité por ese siglo de la mano de Sergio Beser, mi profesor más admirado.

Como última anécdota decir que los cursos de doctorado acabaron los dos años que fue profesor mío en un restaurante de Sant Cugat. Él invitaba a la cena, abundante y apetitosa, regada con buen vino y mejor compañía. Los doctorandos perdíamos nuestra seriedad académica y nos destapábamos a medida que el vino iba haciendo efecto y lo bueno es que bromeábamos también como si fuéramos personajes del siglo XIX. La fiesta acababa en un pub de Sant Cugat donde Sergio bailaba y guiñaba el ojo a las chicas, enamorado de la vida, la literatura y de sus cigarrillos que fumaba sin parar. Creo que vivió intensamente y disfrutó como pocos de ese potente veneno que es la literatura. ¡Ay, Sergio, qué triste será el mundo mañana sin ti! Hace mucho tiempo que no te veía pero intuía que estabas ahí, en algún lado, transmitiendo amor y difundiendo la palabra de ese siglo tan maravilloso pero tan aparentemente lejano. Hasta siempre.

El funeral será el sábado 23 de enero a las once de la mañana en el tanatorio de Sant Cugat. Por la tarde a las 17 h tendrá lugar el sepelio en Morella.

martes, 19 de enero de 2010

Alegría de vivir

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Las noticias terribles sobre Haití de la última semana nos han conmocionado y las seguimos queriendo ayudar de alguna forma en esa tragedia de proporciones inimaginables. El mundo es uno y lo que pasa allí también es asunto nuestro. Sin embargo, en un artículo de Eduard Punset publicado hace unos días –él que estuvo tres años destinado allí por cuenta del FMI - decía que hacía falta algo más que un terremoto para hundir al pueblo haitiano, caracterizado –añado yo- por una apasionada voluntad de sobrevivir en las condiciones más extremas. Voluntad y alegría de vivir en ese mar Caribe de luz cenital en una síntesis de las culturas francesa y africana.

Los antiguos esclavos se liberaron de la metrópoli y llevaron consigo sus imágenes y cultos visionarios. Esto era lo único que les unía a ellos que habían sido capturados y trasladados desde diferentes regiones del África Occidental. Estos cultos se sintetizan en el vudú, religión de masas del pueblo haitiano que hunde sus raíces en la comunicación con el mundo de lo invisible y que se funde con las imágenes cristianas en una suerte de simbiosis apasionante para los antropólogos y la mirada occidental.

Haití, por otro lado, es una potencia artística de primer orden. Su pintura figura en las colecciones más selectas del mundo y ha sido fuente de admiración para numerosos artistas occidentales como André Breton, Wifredo Lam o Truman Capote. Los padres de la pintura haitiana contemporánea son Hector Hyppolite, Philome Obin y André Pierre. El primero era sacerdote vudú y artista autodidacta. Hacia 1944 llegó a Haití el acuarelista norteamericano Dewitt Peters y se sintió inmediatamente atraído por la pintura y el arte haitiano. Su figura sirvió para introducir el arte de Haití en el mercado mundial. Fundó con otros artistas el Centre d’Art de Puerto Príncipe en el que se reunieron multitud de pintores haitianos. Hector Hyppolite participó en el proyecto y su pintura traductora de experiencias místicas se difundió por el mundo artístico. De alguna manera se produjo un boom de arte haitiano en el mercado artístico. Sin embargo, algunos artistas haitianos niegan que el Centre d’Art y la figura de Dewitt Peters supusieran el nacimiento del arte en la isla. Ven arrogancia y racismo blancos en esta consideración. El caso es que el arte de Haití empezó a cotizarse en el mercado como ejemplo de arte primitivo e ingenuo, propio de artistas naturales autodidactas lo que le ha encasillado en una imagen que los pintores de la isla han de representar para vender. El tema estrella en la pintura haitiana son las prácticas espirituales del vudú sobre las que se pintan infinidad de oleos y acuarelas. Son también propios de la pintura de Haití los colores brillantes, la perspectiva ingenua (naïf), el humor malicioso y la intención social de muchos pintores que retratan los barrios más pobres donde la gente sobrevive con inmensa dificultad. Algún pintor ha reflejado en sus cuadros la poética de la pobreza y la vida cotidiana en los mercados y calles. Y en un país con opresión política e infinitos dictadores se han utilizado la fábula y los símbolos en que aparecen animales que representan a gobernantes sin escrúpulos. La pintura es una forma de libertad de expresión en una isla donde ésta ha sido pisoteada por autócratas extravagantes como la estirpe de los Duvallier. Papa Doc, el dictador sanguinario, solía disfrazarse de Baron Samedi, uno de los loas del vudú, para conseguir la sumisión de los negros haitianos que lo veían como una figura sobrenatural.

Otra escuela destacada de arte es la de Sant Soleil que agrupó a artistas más jóvenes e innovadores y se caracteriza por la abstracción de formas humanas y sigue estando fuertemente influida por el simbolismo vudú que es inseparable de la forma de concebir el mundo por los haitianos y que tiene conexiones con la santería en Cuba, el Candomble, la Umbanda y el Kimbanda en Brasil, y con otras manifestaciones en otros países del Caribe, incluida Nueva Orleans.

Destacan artistas como Seymour Bottex Etienne que pintó las pinturas murales de la sede episcopal de la catedral de la Sainte Trinité (hundida durante el terremoto), Stevenson Magloire (1963-1994) que fue asesinado en la calle –apedreándole. por sicarios del presidente Raoul Cedras, Dieudonné Cedor (1925) que fue fundador del Foyer des Arts Plastiques, escisión del Centre d'Art. Es considerado uno de los principales pintores contemporáneos. Su nombre se puede encontrar en todos los libros de arte principales como "Peintres Haitiens" donde el autor Gerald Alexis se refiere a él diciendo "Cedor puede manejar cualquier objeto, expresar alegría o tristeza, los esplendores y las angustias de la vida", Frantz Mosanto, Ismael Saincilus que pasó siete años en prisión por motivos políticos. Es el creador de Artibonite, una escuela con un par de decenas de pintores que lo siguen como maestro, Claude Dambreville (1934) escritor y pintor muy cerca de los hiperrealistas pero muy diferente a ellos pues en su pintura busca la poesía en lugar del realismo, Albert Desmangles (1957), actor, músico y pintor que intentó pintar a la mujer universal y es considerado el representante de la escuela de la Belleza, Emilcar Similien (1944), fuertemente influenciado por el Art Nouveau y Gustav Klimt. Similien se deleita en la belleza, la elegancia y la gracia. Pero en lugar de concentrarse en la postura, utiliza sus imágenes de la mujer sólo como vehículos para la visualización de diseño, el color y el brillo de las joyas de oro en la piel de color negro. Sólo son reconocibles como mujeres por sus contornos en que sus características no se distinguen, Carlo Jean-Jacques (1943-1990), preocupado por la injusticia social y la pobreza. Su arte podría definirse como la poética de la miseria. Su arte, como el de todos los artistas citados, es muy apreciado por los coleccionistas de todo el mundo.

Esta es una apretada síntesis del panorama de la pintura haitiana, pero en cada barrio y en muchas calles florecen humildes talleres donde se pinta con una fuerza y colorismo espléndidos. Ello hace de Haití un pequeño país en dimensión pero potente por su imaginación y el mundo de símbolos que es capaz de captar y trasladar a los lienzos, caracterizados por la potencia creativa, el mundo mágico y visionario, la intención social y una profunda alegría de vivir que los dota de una fuerza extraordinaria, que es común a todos los haitianos, frente a las adversidades y la pobreza.

domingo, 17 de enero de 2010

Haití en el corazón

Fritzner Alphonse (1938), pintor haitiano

Soy colaborador de Médicos sin frontera desde 1991, desde la primera guerra del Golfo. Es una organización que me suscita confianza y admiración. Hay otras que también son admirables. Eso no me hace mejor y probablemente entre los que leen este blog hay muchos otros que son socios o participantes en alguna organización humanitaria. Hoy leo con alegría su página en la que muestran que están actuando en Haití. Pienso que mi contribución no es inútil. Pensarán que me repito, que vuelvo al mismo tema, que ya podría dedicarme con más humor a temas más variados. Lo siento. Me repito. No entiendo que se pueda pensar en algo más que no sea lo que está pasando en Haití. Alguien argüirá que también en África hay catástrofes humanitarias y ahora no se les está dando ninguna relevancia. Y tendrá razón. Ahora las cámaras de todo el mundo apuntan a Haití que hasta hace una semana no existía. Alguien temerá que todo sea un producto del sensacionalismo que será olvidado en pocas semanas y preferirá no participar del espectáculo impúdico del dolor humano que es exhibido en fotografías escalofriantes que nos interpelan y nos sumen en interrogantes difíciles de resolver. Hay muchos que han optado por el silencio o por seguir hablando en sus blogs de sus lecturas, sus reflexiones habituales, sus relatos, para no caer ni mancharse con un “buenismo” que resulta sospechoso. Pero yo no puedo apartar mi mirada del dolor que aflige a esta isla desgraciada. Un comentarista de un blog decía ayer sagazmente que “Haití era un país más del mundo. Y punto”. Y punto. ¿Qué quería decir con esto? No sé si era alguien muy sabio o un cretino integral. Me ha quedado la duda. Pero me duele cierto distanciamiento, cierta relativización, cierto temor a sentirse conmovido, abrumado, destrozado o implicado en esta tragedia humana. ¿Hay que opinar? ¿Hay que elevar la voz? ¿Se teme caer en el morbo a partir de tantas fotografías de cadáveres amontonados en las calles? ¿Se considera inútil conmoverse? Sé que no todo el mundo ha reaccionado así y ha habido opiniones que reconocían que era difícil seguir con la vida cotidiana sin sentirse concernido por lo que estaba pasando allí. ¿Qué hubieran dicho nuestros blogs, si hubieran existido, después de Auschwitz, Hiroshima, Ruanda, Sarajevo, Gaza? ¿Hubieran optado por el silencio por no caer en la sensiblería o el humanitarismo inútil?

La blogosfera ha reaccionado muy fríamente ante esta tragedia. Algunos blogs ya empiezan a atacar a Estados Unidos por aprovechar la ocasión para ocupar militarmente la isla y denunciarlo como una maniobra más del imperialismo y colonialismo. Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, ha atacado a USA por lo dicho anteriormente. Temo a cierta izquierda bienpensante que busca siempre un culpable imperialista para lavarse las manos y eludir cualquier responsabilidad. ¿Qué cabría hacer ante lo que está pasando? ¿Qué se diría si la comunidad internacional no interviniera? Se diría que como Haití no tiene materias primas, ya se entiende. El caso es no mancharse, mantener cierto discurso escéptico y cínico o no contaminarse de sentimientos que pueden ser aprovechados por el sistema. El sistema (¿acaso el sistema no soy yo también?).

Serenus Zeitbloom reflexiona en su blog, con aguda cuchilla, sobre el placer que suscita el dolor ajeno y la culpabilización de las víctimas a las que se hace responsables de su desgracia. El caso es sentir la sensación de que somos inocentes. Son otros los culpables. Javier en su blog La raza de Caín teme con dolor que esto sea efímero y que Haití sea olvidado tras unas semanas hasta que surja otra nueva tragedia. Lola, Caperucita azul, Nahahya, Eduard Punset, Matilde, Clares, se han referido de diversas formas a la situación.

El dolor nos resulta incómodo, contemplarlo en directo resulta inquietante. La reacción espontánea es generar cierta indiferencia y distancia. Al fin y al cabo son otros y no nosotros los que sufren. Cierto placer inconfesable como dice Susan Sontag en ese libro que tengo de cabecera que se titula Ante el dolor de los demás. Pero pienso que hay que mancharse de sentimientos aunque estos sean complejos; como decía Lorca, hay que meterse en el barro para sacar las azucenas.

No olviden la tragedia de esta isla, colaboren con organizaciones humanitarias, háganse eco, intenten comprender, conozcan la cultura de Haití, sigan los acontecimientos y tampoco dejen aparcadas otras tragedias que sin duda existen, pero ello no es óbice para que esta nos conmueva y estremezca.

Siento orgullo de que mi hija Lucía haya hecho dos murales con fotografías y textos de los periódicos publicados en los últimos días con noticias del terremoto y sus consecuencias. Siente alegría enorme ante el salvamento del niño entre las ruinas que está en brazos del bombero español. Mañana lo expondrá en su cole. Me dijo ayer también que se hará médico sin frontera para ayudar.

Gracias a todos los comentaristas que han opinado y han reflexionado sobre la situación de Haití. Nosotros seguiremos publicando posts que aborden lo que está pasando o sobre la riqueza cultural -que es grande- de la isla. No olvidaremos a Haití ni temeremos ser repetitivos.
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viernes, 15 de enero de 2010

Explosión de esperanza

Autor Richarsdon, pintor haitiano

No lo puedo evitar. Mis pensamientos se van a Haití. Leo las crónicas periodísticas de los periódicos digitales en tiempo real, los twitter de periodistas haitianos, las polémicas en Estados Unidos sobre la ayuda a la isla caribeña. Me imagino deambulando por las calles asoladas de Puerto Príncipe entre mareas de cadáveres cubiertos algunos, para otros no hay nada, ruinas, destrucción, olor a muerte, niños que ya no sonríen, mujeres sollozando sin fuerzas ya para gritar, hombres supervivientes que caminan como zombies por las calles, sin casa, sin agua, sin alimentos, sin nada. Me gustaría estar allí y sentir el dolor que desde aquí sólo puedo imaginar. Me interrogo acerca de la dramática historia de Haití, sobre su origen con el feroz colonialismo francés que llevó a decenas de miles de esclavos del golfo de Benin a las plantaciones. Los africanos que fueron llevados allí eran de procedencias diversas y tribus muy diferentes que tenían lenguas totalmente distintas pero compartían unas creencias en el mundo invisible. Esta creencia en el mundo intangible recibió el nombre africano de vudú y sirvió como instrumento de lucha contra la esclavitud en la guerra de liberación que llevó a Haiti a ser la primera república negra independiente junto a los Estados Unidos. Haití es un mito entre los negros africanos, pero su historia es desoladora. Está marcada por la corrupción, los dictadores sanguinarios, los golpes de estado, la inestabilidad política, las ocupaciones del vecino norteamericano que ejerció una suerte de protectorado sobre la isla.

Entrar en Haiti desde la República Dominicana, que comparte isla en la llamada Española, es entrar en un universo diferente al que se atrevían muy pocos viajeros a pesar de tener playas bellísimas y un clima tropical. Entrar en Haiti es entrar en un cosmos lleno de creencias mágicas, rituales de relación con la naturaleza en los que se producen trances frenéticos, bailes sincopados, sonido de tambores que agitan las entrañas, ciudades bidonvilles marcadas por la pobreza, la desestructuración y el colorido africano que se refleja en los cuadros sorprendentes de centenares de artistas cuyo arte sería considerado naïf y que entusiasmó a los surrealistas como André Breton y maravilló a André Malraux por su relación telúrica con el mundo invisible. Haití es un prodigio que va en contra de la historia y se hunde en la renuncia al mundo del siglo XXI lo que le sume en la miseria, en ser el país más depauperado de América y no tener ninguna perspectiva de futuro. Las creencias y la cosmovisión mágica de los haitianos es una riqueza extraordinaria digna de ser estudiada y entendida por los antropólogos y especialistas en mitos de la fertilidad, pero les condena al atraso, al abandono, a la resignación, a ser manipulados por dictadores que utilizan el vudú como arma para tener sojuzgado al pueblo en medio de una corrupción total, y las ayudas internacionales ni son útiles ni efectivas.

La cultura popular de Haití es visionaria, se comunica con los espíritus por medio de los sacerdotes y sacerdotisas vudú que son los mediums y algunos participantes entran en trance poseídos por fuerzas que desafiarían la mente de cualquier racionalista. Entrar en Haiti es dar un paso en un mundo profundamente onírico e irracional. Es un acceso diferente a la dimensión del ser. Es buena para el arte, para cierto nivel de esperanza en lo que está fuera de nuestras manos, pero es demoledora para construir un país moderno. Como dijo el periodista polaco Ryszard Kapuscinski sobre África, Haití necesita incorporarse al siglo XXI y entrar en el mundo de la racionalidad y la modernidad. Simpatizo con la ahistoricidad de Haití pero me doy cuenta de que todo le hunde en la falta de ningún proyecto de futuro. Sus bosques están devastados, la pobreza es generalizada y sólo subsiste por la ayuda internacional y las intervenciones norteamericanas. Es fácil condenar a occidente, sin duda tiene responsabilidad en la cadena de fracasos que es la isla, pero los haitianos tienen que aprender de este desastre terrible, de esta devastación casi bíblica que ha conmovido al mundo, han de olvidar su mundo de zombies –cadáveres sin alma que están muy bien en los vídeos de Michael Jackson- y caminar erguidos aprendiendo mediante la educación y la racionalidad. Ahora Haití en un trance de dolor espantoso tiene oportunidad de partir de cero, de rehacer todo, de contar con un movimiento de ayuda internacional sin precedentes. Sé del espanto de las calles de Puerto Príncipe, y sé que no ha acabado el horror, pero de esta destrucción ha de salir algo nuevo. Quiero pensarlo, quiero tener esperanza, quiero seguir el destino de este pequeño país y visitarlo algún día. Es como un trozo de África en el Caribe. Y lo africano aunque pobre está lleno de esperanza. Y lo digo en estos momentos en que parece que la sonrisa de los niños haitianos ha desaparecido para siempre. Que no sea así.

FOTOGRAFÍAS MUY INTERESANTES DE LA VIDA COTIDIANA EN HAITÍ ENLAZADAS A FLICK POR EL FOTÓGRAFO AYAX8055

miércoles, 13 de enero de 2010

HAITÍ

No es hora de retórica ni de excesivas palabras. No quiero seguir hablando del Multiverso. Es una idea imaginativa pero mi universo está aquí. Y hoy pasa por Haití. Supongo que todos sois conscientes de lo que ha pasado allí. Los medios informativos están dando buena cuenta. No es momento de repetir el número de muertos que se estima. La tragedia también es nuestra. No hay nada que ocurra en el mundo en que no debamos implicarnos. Y no veo otra forma de ayudar que hacer donativos a algunas cuentas de organizaciones internacionales que están allí sobre el terreno. Pedir al gobierno también que envíe ayuda en el más breve tiempo posible. Que la blogosfera lata y se mueva con el corazón.

MÉDICOS SIN FRONTERA

CRUZ ROJA

INTERMON-OXFAM

ACCIÓN CONTRA EL HAMBRE

martes, 12 de enero de 2010

El multiverso

Muchas veces a lo largo de mi vida me he sumergido en pensamientos acerca de la inmensidad del universo. Cuando leí 2001, una odisea en el espacio de Arthur Clarke, las primeras líneas venían a decir que en la Vía Láctea hay cien mil millones de estrellas. Correspondería una estrella a cada ser viviente que haya existido sobre la tierra desde el comienzo de los tiempos. Sin embargo, nuestro sistema estelar es uno entre miles de millones de otras galaxias en un universo en constante expansión desde hace 13.700 millones de años a partir del Big bang, teoría que hoy es aceptada por la comunidad científica como la más plausible. Pensaba esto, pero luego me decía y me interrogaba sobre qué habría más allá del universo e imaginaba que habría otro universo en el que nuestro universo sería una isla y habría otros miles de millones de universos que a su vez estarían dentro de otro universo y así hasta el infinito. Esta ensoñación me asaltó muchas veces y volvía a mí con frecuencia.

La semana pasada, para mi sorpresa y fascinación, el último programa de Redes, dirigido por Eduard Punset se planteaba una hipótesis muy semejante a la que yo había imaginado intuitivamente. El científico y divulgador Punset entrevistaba al cosmólogo Alexander Vilenkin de la Universidad de Tufs y planteaban la teoría de la inflación eterna formulada por el cosmólogo Alan Guth en 1981. Según las derivaciones de esta teoría existen una infinitud de universos originados cada uno de su propio big bang. Estos son universos burbuja que son como islas en un océano llamado “falso vacío”, a su vez estas islas estan encerradas en otros universos burbuja rodeados “de falso vacío” en el que también existen otros universos burbuja. Este juego de muñecas rusa sigue un patrón fractal hasta llegar al falso vacío primigenio. Hay un número infinito de universos pero las posibilidades de desarrollo o acontecimientos son finitos, de modo que éstos tienen que repetirse y ser semejantes al de nuestra región observable (nuestro universo), y existe otro universo o muchos universos que son exactamente igual al nuestro. De modo que en otro universo existe un Joselu que también escribe en un blog y unos compañeros blogueros y lectores semejantes a los que me acompañan. Y quizás se repita muchas veces. Es la teoría del Multiverso en lugar del Universo o también la no tan desconocida de universos paralelos.

El vacío, en todo caso, no es la nada como se tiende a pensar. Es un objeto físico que tiene energía y presión y que parece estar en distintos estados energéticos. Su densidad energética es enorme y tiene gravedad repulsiva que lo hace expansionarse infinitamente.

No sé vosotros, pero desde que he conocido esta teoría me he quedado boquiabierto y he comenzado a pensar que nuestro infinito universo es una burbuja en otro océano de falso vacío lleno de infinitas burbujas de universos. Me siento extrañamente acompañado porque intuyo que en otro lado también estoy yo y mis seres queridos. Ayer veía este programa, que he grabado, con mis hijas que lo miraban alucinadas y llegamos a pensar juntos que en otro lado existía otro papi y otra Lucía y otra Clara que estaban mirando un programa de televisión sobre el multiverso.

El multiverso se muestra como una hipótesis nueva, extraña y misteriosa a la que cabe acercarse fundamentalmente por la ciencia pero también por la poesía o la religión, una religión no dogmática, libre, cósmica, personal, inspirada en algunas de las grandes tradiciones de la historia. Pienso en el hinduismo del Bhagavad Gita, en el taoísmo, en el gnosticismo, el sufismo, en el budismo…

¿Existe un Creador? ¿Juega con todo esto para crear condiciones favorables a la vida? Mucha gente cree que el Creador ajustó las constantes de la naturaleza para crear vida. Las constantes no parecen aleatorias. Se puede pensar que hay un sistema subyacente. ¿Quién en todo caso creó a este Dios? ¿Qué había antes de que empezara todo? Otros piensan que todo pudo empezar de la nada. Las dificultades para explicar el principio del universo o multiverso son parecidas a las que tienen los teólogos para explicar cuál es el principio de las cosas.

En todo caso, no hay respuestas definitivas, pero, sin duda, esta teoría de la inflación eterna es distinta y revolucionaria. El hombre ha dejado de ser el centro del Universo desde Copérnico y Galileo, pero ahora sabemos o intuimos que en otros lados (en otros universos) existen homínidos como nosotros que se plantean preguntas como nosotros.

¡Qué maravilla!

viernes, 8 de enero de 2010

La epopeya contemporánea

Uno de los debates más apasionantes que recuerdo con mis alumnos, cuando yo era profesor de literatura, fue sobre la cuestión de si es posible que el arte, el pensamiento y las literaturas contemporáneas pudieran alcanzar la grandeza y la dimensión de otras épocas pasadas. No me cabe duda de que vivimos en un tiempo en el que el acceso a la cultura es universal y es más fácil que en cualquier otro anterior. Nunca se han editado más libros, nunca ha habido más bibliotecas, más medios tecnológicos para aproximarse al conocimiento, nunca ha habido más medios de investigación en todos los órdenes científicos. Probablemente en la actualidad y en las últimas décadas ha habido más talento vivo que en otra edad de la historia. Nunca el ser humano ha tenido a su alcance la suma de conocimientos a los que hoy puede acceder con solo un clic de su dedo.

Sin embargo, fueron otros tiempos en edades antiguas, los que produjeron las más potentes creaciones literarias cuya capacidad de sugerencia nos sigue asombrando. Eran tiempos en que el hombre tenía terrores nocturnos por la oscuridad que dominaba el mundo, en que se escribía por la noche a la luz de una vela, en que no había remedios médicos y la vida era extremadamente frágil a merced de poderes totalitarios o dictatoriales. Y el ser humano alumbró epopeyas como la del Gilgamesh, La Iliada y la Odisea, el Ramayana, el mundo fabuloso del Panchatandra, el Mahabharata y dentro de éste el Bhagavad Gita, la esencia de la literatura védica y sobre el que Henry David Thoreau dijo que toda la literatura y civilización actuales eran triviales a su lado, el taoísmo chino, el budismo y el sentido de la impermanencia, se descubrió el sentido de la tragedia en la Grecia clásica y aparecieron dramaturgos como Eurípides, Sófocles y Esquilo, la comedia, el mundo de los mitos que nos sigue alumbrando e impregnando nuestro arte y nuestra concepción del mundo, el descubrimiento y desarrollo de la filosofía desde los presocráticos a los grandes filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles, la literatura hebrea, la literatura latina cuya importancia es fundamental con autores como Virgilio, Séneca, Tito Livio, Cicerón, Plauto, las narraciones persas, el tesoro de la literatura medieval y el desarrollo de las lenguas romances a lo largo de largos siglos de peligro e incerteza, los cantares de gesta, las baladas, las epopeyas como los Nibelungos y La chanson de Roland, la literatura japonesa, las fábulas africanas y las leyendas aborígenes, los mitos escandinavos, Dante, Petrarca y Bocaccio, el Renacimiento y el intento de ordenación del mundo en torno a valores clásicos a los que se volvió como una potente luz que nos siguiera alumbrando, Garcilaso, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Rabelais, Shakespeare, Molière, Cervantes, Quevedo, y así hasta llegar hasta Dostoievski, Tolstoi o Chejov, Flaubert, Stendhal, Balzac…

El siglo XX ha sido prodigioso, pero uno tiene la impresión de que nuestra época contemporánea ha sido formidable en todo lo referente a la ciencia, la tecnología, la medicina, la liberación de la mujer, el control de la natalidad, la aeronáutica, la carrera espacial, pero el ser humano ha perdido su capacidad mítica y cosmogónica y lo presiento incapaz de emular en su imaginación las creaciones más poderosas de otras épocas. Samuel Beckett vino a desarrollar una literatura en que el ser humano era juguete del absurdo y cuyo destino carecía de sentido. Nuestro mundo se ha ensanchado pero a la vez también se ha reducido. Nunca ha sido más pequeño. Un hombre de otra época tenía la sensación de vivir en un mundo misterioso e inmenso y lo imaginaba en largas noches de oscuridad y tinieblas. Hoy las luces iluminan todo, pero los seres humanos han olvidado su íntima relación con la naturaleza y viven encerrados en centros comerciales que son los sustitutivos de los antiguos templos y permanecen pegados a una pantalla de televisión que sólo arroja banalidad y distracción que anula la capacidad de imaginar; los seres humanos han creado sistemas políticos admirables basados en la igualdad y la democracia pero son instrumentos de despersonalización en que no tienen ninguna capacidad de influencia puesto que son medios de grandes poderes económicos que son los que dirigen el planeta que camina sin ninguna dirección camino del desastre; no hay líderes ni héroes sino políticos que se basan en el juego sucio, el cambalache, y la visión alicorta de lo inmediato. Nunca el ser humano ha sido tanto el protagonista de una comedia bufa sin grandeza, sin destino heroico, tan demediado, tan incompleto y tan frívolamente satisfecho por poder adquirir objetos de consumo que van llenando su vida y sus días pero que dejan su alma vacía y su ser, en realidad, estremecedoramente desolado y perdido.

No, no creo que nuestras creaciones artísticas puedan emular la potencia imaginativa y el torrente de universalidad de otras épocas. Se vive en un patio de vecindad en que todo es pequeño, reducido, vulgar, y cada vez interesa menos lo que está a nuestro alrededor, tan sumergidos vivimos en nuestras circunstancias. Se ha perdido, no sé si irremediablemente, nuestra capacidad de soñar y el pensamiento mítico y cosmogónico.

Lo que se anhela son objetos, cuantos más mejor, que deslumbren y nos mantengan sedados frente a la tremenda soledad y desnudez del desierto, frente a la incertidumbre irremediable que nos acecha. Esta es la epopeya contemporánea. Y se cree que la historia se reduce al instante en que estamos viviendo que se quema inexorablemente camino de la nada.

lunes, 4 de enero de 2010

El hombre rebelde

Hoy hace exactamente cincuenta años que moría en accidente de circulación en Le Petit Villeblebin (Francia) el pensador, escritor y filósofo francés Albert Camus (1913-1960). Había obtenido el premio Nobel de literatura en 1957 a la edad de cuarenta y cuatro años lo que da medida de la riqueza y densidad de su obra literaria no demasiado extensa.

Pienso que Albert Camus es uno de los pensadores más ricos y complejos del siglo XX y su reconocimiento no deja de crecer a pesar del ostracismo y condena a que cierta izquierda marxista lo sometió tras la publicación de su libro El hombre rebelde (1951) por el que mantuvo una tensa polémica en la revista Les temps modernes con Jean Paul Sartre a propósito de la justificación de la violencia revolucionaria por parte de éste y el rechazo de Camus que renegaba de todo sistema totalitario incluido el comunista.

Camus nació en la Argelia francesa y se sintió profundamente argelino y a la vez perteneciente a la cultura francesa. Su madre era analfabeta y de origen menorquín; su padre murió cuando Albert Camus tenía un año en la batalla del Marne. Su infancia y adolescencia estuvieron marcadas por la precariedad y la escasez. El escritor guardó siempre un profundo agradecimiento a su maestro Louis Germain en la escuela primaria -lo mencionó en su discurso de aceptación del Nobel- y a su profesor Jean Grenier en el instituto que le introdujo en la lectura de los filósofos y le dio a conocer a Nietzsche.

A mí me ha acompañado siempre el pensamiento de Camus y me he sentido identificado con sus principales ideas que me llevaron a disentir en la universidad de los partidos que defendían la dictadura del proletariado para acceder a algún paraíso imaginado en el futuro. La lectura temprana de relatos como El extranjero, La caída, La peste y de obras dramáticas como Los justos y Calígula me llevaron a admirarlo a la vez que no me sentí nunca cómodo en las páginas de su antagonista Sartre. Sin embargo, la lectura de El hombre rebelde, después de la universidad, me conmocionó y pienso que su consideración de esta rebeldía personal metafísica del ser humano contra su condición y la creación es especialmente luminosa porque permite darle una salida frente al absurdo propio de la naturaleza de la existencia marcada por el dolor, el mal y la muerte. El hombre rebelde -a diferencia del hombre masa- renuncia a su naturaleza de esclavo y se alza en nombre suyo y de los demás hombres. Es una rebelión que tiene su base en la solidaridad. El sufrimiento no es sólo individual sino de todos los hombres. La rebelión sólo tiene sentido si se entiende como un acto colectivo y como aventura de todos sin perderse nunca , sin embargo, la individualidad y la libertad, esencial en el pensamiento del filósofo francés. En esa complicidad es donde el hombre rebelde adquiere sentido. “Yo me rebelo, luego somos” dice Camus. El ser humano rebelde rechaza la humillación pero a la vez no la quiere para los demás y acepta su dolor “con tal de que su integridad sea respetada”.

El hombre rebelde de naturaleza prometeica se alza contra Dios –contra su dominio y su silencio- le habla de igual a igual y termina por derribarlo de su trono, pero entonces es consciente que la unidad, la justicia y el orden que implicaba el designio divino habrá de crearlos y darles sentido con sus propias manos a pesar del sentimiento de absurdo que lo domina. “Si no se cree en nada, si nada tiene sentido y no podemos afirmar valor alguno, todo es posible y nada tiene importancia”. El ser humano ha de fundar su propia moral, vivir en una tierra sin ley es imposible porque vivir supone, precisamente, una ley. “El rebelde no pide la vida, sino las razones de la vida. Rechaza la consecuencia que trae consigo la muerte. Si nada dura, nada está justificado; lo que muere está privado de sentido. Luchar contra la muerte equivale a reivindicar el sentido de la vida, a combatir en favor de la regla y de la unidad”.

Camus denunció y condenó las ideologías y pensamiento político que ven en la historia una finalidad como hizo el totalitarismo marxista llevando a los hombres al terror revolucionario y a los gulags para conseguir la felicidad en la tierra. No se puede justificar la salvación de los hombres por medio de la injusticia, el crimen y la opresión. Por eso fue acusado de derechista y reaccionario. El hombre rebelde hunde sus raíces en la generosidad y el amor y no puede aceptar el sufrimiento de los demás hombres para obtener un gramo de felicidad. Los seres humanos no son abstractos sino de carne y hueso y sufren. El resentimiento no debe dirigir nuestros actos sino el amor a nosotros mismos que nos hemos alzado de nuestra condición de esclavos y nos unimos a los demás seres humanos que son nuestros compañeros y hermanos en un destino común. “Elegimos Itaca, la tierra fiel, el pensamiento audaz y frugal, la acción lúcida, la generosidad del hombre que sabe. En la luz, el mundo sigue siendo nuestro primer y último amor. Nuestros hermanos respiran bajo el mismo cielo que nosotros; la justicia vive. Entonces nace la extraña alegría que ayuda a vivir y a morir y que en adelante nos negaremos a dejar para más tarde”.

Es famosa su afirmación "Si yo tuviera que escoger entre la justicia y mi madre, escogería a mi madre". En un congreso celebrado en Argelia recientemente sobre su figura, se le incluyó dentro de la tradición argelina entre otras cosas porque es así como hubiera razonado un hombre de esa cultura.

Recomiendo vivamente la lectura de El hombre rebelde y de su última obra inconclusa titulada El primer hombre de gran densidad y belleza en la que por primera vez deja a un lado el pudor personal y nos habla de su propia vida.

Albert Camus sigue siendo un hombre de nuestro tiempo. Y su pensamiento está vivo y continúa siendo fértil en un mundo como el nuestro en que hay tantas incertezas y tentaciones oscuras.

(Los fragmentos en cursiva pertenecen a la edición de El hombre rebelde en Alianza Tres. Edición de José María Guelbenzu.)

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