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miércoles, 30 de diciembre de 2009

Avatar


Reconozco que ayer salí conmocionado tras ver la película Avatar dirigida por James Cameron (2009). Tenía conciencia de haber asistido a un espectáculo extraordinario que me proyectaba al cine del futuro por los alucinantes efectos especiales y el derroche de imaginación visual que expone esta película. La vi en 3D lo que acentuó mi sensación de maravilla. El público aplaudió al final de la proyección, lo que no es frecuente y es más bien raro. Creo que teníamos conciencia de haber asistido al nacimiento de una nueva época del arte cinematográfico.

La película desarrolla una historia muy querida por la ciencia ficción. La acción se sitúa en el año 2154 en el satélite Pandora. Allí hay establecida una compañía de extracción de minerales entre los que destaca el unobtainium de inmenso valor económico. Sin embargo el planeta está poblado por una raza de humanoides, los Na’vi, indígenas que viven en íntima conexión con el bosque, la fauna y la biodiversidad. Jake Sully (Sam Worthington) llega a Pandora sustituyendo a su hermano gemelo que ha sido asesinado. Es un antiguo marine que quedó parapléjico en una acción bélica. Lo fascinante es que él y todos los militares que llegan al planeta se funden con sus avatares, trasladándose su mente, durante el sueño, a los nuevos cuerpos creados genéticamente con la forma externa de los Na'vi para conseguir adentrarse en su cultura. Deben internarse bajo la forma de los avatares en comandos en un entorno hostil en el que viven terroríficas criaturas. Jake Sully queda perdido en el bosque durante la noche y entra en contacto con los Na’vi. Debe obtener información sobre ellos y el gran árbol sagrado bajo el que se esconde un gran depósito de unobtainium. Debe ganar su confianza y lograr desplazarlos para que la empresa pueda apoderarse del mineral. Actúa como un traidor infiltrado. Sin embargo, Jake Sully, que vive entre dos identidades, ha de escoger finalmente su pertenencia a uno u otro mundo cuando el conflicto sea ya inevitable y la guerra, total. Le ayuda la doctora Grace Augustine (Sigourney Weaver) que se pone de su lado frente al malvado coronel Quaritch (Stephen Lang)

El punto débil de la película es el guión que es fácilmente previsible. Pienso que esta película debería haberse inspirado tal vez en alguna obra de ciencia ficción existente de mayor riqueza argumental. El guión es muy endeble, es del mismo Cameron, y reelabora historias que ya hemos visto en otras películas como Bailando con lobos de Kevin Costner, La selva esmeralda de John Boorman, Un hombre llamado caballo de Elliot Silverstein e incluso Pocahontas. A mí me evocó Soldado azul de Ralph Nelson e incluso a Enterré mi corazón en Wounded Knee por la lucha de los pueblos indios para defender su cultura frente al depredador hombre blanco. La película abunda en el mensaje bienintencionado ecologista, un delicado romanticismo por el amor entre el avatar de Sully y Neytiri , la muchacha Na’vi, y la lucha por la supervivencia de los pueblos indígenas. Muchos tópicos acumulados que son olvidados por la maravilla de la realización técnica que reitero que es espectacular y bellísima. También hay que pensar que el film no está dirigido a las minorías sino al gran público no demasiado exigente en cuanto a la originalidad del argumento. Sin embargo, uno piensa en películas que marcaron época como 2001, una odisea en el espacio, Alien el octavo pasajero, Blade Runner, La guerra de las galaxias, Solaris… y se da cuenta que pueden unirse ambos extremos: la calidad técnica y la originalidad sorprendente del guión.

Algunos blogguers han criticado duramente la película de Cameron porque es el héroe blanco el que lidera y dirige la lucha de resistencia de los nativos frente a la invasión armada de la selva. Supondría una especie de racismo subrepticio en el que figuraría el hombre blanco como salvador y redentor, una especie de capitán trueno que enardece a los indios dirigiéndolos con éxito contra el ejército agresor.

Esta es la primera parte de una trilogía, ya sugerida por la última escena de la película en que la continuación queda abierta.

Destacan en la película las escenas de recreación de la naturaleza de Pandora en las que aparece la biodiversidad más asombrosa, especialmente en las de ambientación nocturna con plantas y criaturas fosforescentes; las escenas de acción trepidantes marcadas por la agilidad y el ritmo mantenido; la conexión con las criaturas voladoras; el trasfondo filosófico de la relación entre los seres humanos y sus avatares que incluso puede plantearse desde un punto de vista religioso como reflexiona Víctor Manuel en su crítica-comentario de la película en Libro abierto

James Cameron quería crear una película que marcara un antes y un después en la historia del cine algo así como el paso del cine mudo al sonoro o la aparición del cinemascope, o lo que supusieron ciertas películas citadas más arriba. Quizás no sea para tanto y la cinta posea elementos muy positivos (dura casi 160 minutos y en ningún momento se mira el reloj) que hace que los espectadores queden fascinados por la estética y el uso de una tecnología realmente fantástica, pero tenga también elementos que hagan que no sea un hito en la historia del cine e incluso resulte superficial por su mensaje y tratamiento. El público tiene la palabra, el público y la historia del cine que pondrá esta película en su lugar.

Yo desde luego quiero volver a verla y llevar a mis hijas conmigo.

Dejo algunos enlaces de blogs que han comentado la película.

Blog Aterrizaje forzoso.

El cine según TFV

Cine Archivo (Crítica de Frederic Soldevila)

Mis críticas de películas

Escrito por... (Canal TCM).

Literatura prospectiva (Iñaki Baón)

Avatar, el paraíso azul (Una maestra feliz)

Libro abierto (Víctor Manuel Ramos).


domingo, 27 de diciembre de 2009

Meditación y aprendizaje

Una evidencia que asalta al profesor de secundaria y bachillerato es el estado de inquietud y la falta de concentración de la mayor parte de los alumnos durante las clases. Una buena parte de estas consiste en intentar atraer su atención y focalizarla sobre algún aspecto de la materia. El profesor se encuentra ante un clima de dispersión mental en que predominan las emociones disgregadoras como la irritación, el aburrimiento, el cansancio, la agresividad, el nerviosismo… Todo esto se traduce en una deficiente capacidad de atención. ¿Podemos incidir de alguna manera positivamente como profesores en este sentido? ¿Cómo calmar las emociones disruptivas de los alumnos para que puedan centrarse en el aprendizaje? ¿Cómo aumentar su autocontrol, su autoconciencia, el conocimiento de sus sentimientos y la capacidad de la compasión?

Vi con gran interés el último programa de Redes el 20 de diciembre, dirigido por Eduard Punset, en que se hacía eco del Congreso recientemente celebrado en Washington D.C. en que se han encontrado dos corrientes bien distintas: la milenaria de la tradición contemplativa representada por el Dalai Lama y, por otro lado, la ciencia occidental, en especial las llamadas neurociencias. La pregunta básica era si se pueden utilizar las técnicas contemplativas para mejorar el rendimiento en la ciencia educativa.

¿Se puede entrenar la mente para controlar las emociones y desarrollar la atención mediante la práctica contemplativa?

La cuestión es apasionante sobre todo siendo conscientes del mundo hiperestimulado en que vivimos y de la agresividad latente en todo centro de enseñanza. Todo contribuye a la dispersión y a la dificultad de centrar la atención y sin capacidad de atención no hay aprendizaje eficaz. ¿Podemos utilizar prácticas de la meditación para calmar la mente y mejorar la adquisición de conocimientos? No son prácticas difíciles. Sólo se requeriría una especie de rincón de la paz en el aula, un sitio para estar en calma y poder apaciguar la mente. Una postura relajada, con la columna recta, en la que se preste atención a la respiración (al aire que entra y sale de nuestros pulmones) permite que la mente se acalle por sí misma produciendo una sensación de calma que nos tranquiliza, disminuye el estrés y aumenta la percepción del detalle y de la memoria. ¿Qué pasaría si entrenáramos a los niños desde los tres y cuatro años en la práctica regular de la meditación? ¿Qué pasaría si a nuestros adolescentes les enseñáramos a calmar las emociones destructivas y negativas?

Se han hecho experiencias en Baltimore de practica yoga con niños de diez y once años durante doce semanas en sesiones de cuarenta minutos en las que se han practicado diversos assanas para liberar energía y posteriormente, mediante la postura del muerto, se ha llevado a cabo la llamada meditación de la atención o de la compasión. Se dejan pasar los pensamientos y se es consciente de la propia mente mediante la respiración tranquila. Parece que los resultados de la experiencia mostraron que habían sido positivos en el sentido de que disminuyeron los niveles de preocupación y ansiedad, hubo menos pensamientos intrusivos y se estimuló una mejor habilidad para manejar las emociones. Y no me cabe duda de que todo esto es bueno para el aprendizaje de las matemáticas, de la lengua, de la lectura (en el que el mayor problema es la concentración necesaria para la comprensión lectora), de las ciencias y de todas las asignaturas.

Las emociones negativas dificultan el aprendizaje y la capacidad de conservar la información en la mente. Entendemos por negativa toda emoción que persiste más allá del punto en que puede ser útil. Enfadarse es necesario y conveniente según en qué situaciones pero si persiste más allá de lo necesario la ira se convierte en destructiva y altamente disgregadora. Si se tiene ira o miedo en la mente no se puede aprender ni tampoco enseñar. Los alumnos problemáticos y conflictivos muchas veces no tienen problemas cognitivos sino que carecen de algo relativamente simple: la capacidad de calmarse, tener buenas amistades y ser conscientes de sus sentimientos. ¿Es posible desarrollar este mundo emocional? ¿Es posible estimular el autocontrol que lleve a una mayor capacidad de análisis interior y a una mejora del rendimiento académico?

¿Pueden las técnicas contemplativas ayudarnos a mejorar la atención y la concentración imprescindibles para el aprendizaje? Estas son preguntas a las que no se ha dado en el programa una respuesta definitiva, pero sí que se ha sugerido que puede ser una vía interesante de exploración. Creo, desde mi humilde punto de vista, que merece la pena considerarlo.

Para los que quieran ver el vídeo entero que dura unos treinta minutos, dejo aquí el enlace al blog de Eduard Punset.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Feliz Navidad

Quiero celebrar con vosotros la Navidad con algunas imágenes artísticas. Hace un año, Conchi, una extraordinaria compañera de mi instituto, me habló en un comentario en el blog de Iman Maleki (1976), un pintor iraní que se sumerge en el hiperrealismo pictórico siguiendo los pasos de su maestro Morteza Katouzian, el más importante pintor del realismo iraní. Visité su website y sus cuadros me fascinaron. Son realistas pero también son pura poesía. Su país es dominado por un cruel orden teocrático, pero la sociedad iraní es rica y compleja como hemos podido ir siguiendo por las noticias en los últimos meses. Iman Maleki es un ejemplo de su riqueza.

Termina un ciclo y todos nos preparamos a pasar estas fiestas en familia. Quiero desearos a todos los que pasáis por aquí que estas fechas sean pródigas en felicidad y que el año que viene nos lleve a ser más sabios y compasivos. La vida es una extraña aventura con sus luces y sus sombras, pero cuando las cosas se observan desde éstas a veces todo adquiere una sorprendente luz. Quiero brindar por esa luz que invade nuestra percepción en noches de tormenta. Me he sentido acompañado por vosotros, acompañado y estimado. La blogosfera es un espacio cálido y humano, de intercambio y de búsqueda del conocimiento. Así al menos la entiendo yo. Quiero compartir con vosotros esos instantes luminosos que me alcanzan cuando leo vuestros blogs, mi gran familia digital. Me gustan porque todos en alguna medida suponen una voluntad de indagación en la realidad. Y el fundamento de la vida es intentar comprender.

No me extiendo más. Que lo paséis muy bien, que sigáis por aquí y que la poesía invada nuestras vidas.

Feliz Navidad.


















Dedicado este post a Conchi cuyas palabras me dan calor y me llenan de confianza.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Género negro

Raymond Chandler

Soy aficionado a la novela criminal. En el último año es el género que he leído con más fruición. Devoro los libros de novela negra encandilándome con sus intrigas y las idiosincrasias de los detectives e investigadores que las protagonizan. Éste es uno de los aspectos más interesantes de la novela criminal, la personalidad y sentido de la vida del investigador. Las novelas criminales han creado personajes singulares ya desde el archifamoso Sherlock Holmes de A. Conan Doyle, a Miss Marple o Hercules Poirot de Agatha Christie, el comisario Maigret de Georges Simenon, Philip Marlowe de Raymond Chandler, Sam Spade de Dashiell Hammet, Lew Archer de Ross McDonald, Ellery Queen y el inspector Queen... Recuerdo que leí entregado en los años ochenta del siglo pasado todo lo importante escrito en el género de la novela negra americana. En mis clases de segundo de BUP se leía fundamentalmente novela negra y los alumnos hacían trabajos sobre los relatos leídos. Tenían que leer al menos tres y plantear un trabajo. Había una colección de bolsillo espléndida de Bruguera dedicada al género. Creo que leí todo lo publicado en ella. Incluso viajé a los Estados Unidos en 1981 y 1983 llevando en mi equipaje varias novelas de este género. Tuve ocasión de visitar Nueva York acompañado de los libros de Chester Himes (Por amor a Imabelle, Un ciego con una pistola, Corre, hombre, corre…). Uno de ellos, protagonizado por Ataúd Johnson y Sepulturero Jones, comenzaba con una cita que decía literalmente: En Harlem si guiñas un ojo, te asaltan; si guiñas en otro, te matan. Y, claro, fui al Harlem caminando más arriba de Central Park y llegando hasta la calle 138, el corazón del barrio. No tuve sensación de miedo, pero he de decir que fue una de las visitas más impactantes que he hecho nunca a una ciudad. Nueva York parecía salida de una película de cine negro. No fui en cambio al Bronx lo que hubiera completado mi recorrido criminal. Recuerdo en Harlem una casa de venta de ataúdes expuestos en la acera. Incluso uno tenía la posibilidad de probarlos. Era el negocio más floreciente en la calle 125.

Mi afición a la novela criminal fue siendo orillado por otros géneros y tendencias: novela de ciencia ficción, novela de horror, fantástica… Creo que he leído de todo y en todas las direcciones que han estado a mi alcance.

Sin embargo, en el último año he retornado a aquel género que tantas satisfacciones me produjo en los años ochenta. Comencé por Henning Mankell y su magnífico Kurt Wallander; leí a Donna Leon y sus aventuras del comisario Brunetti, a Stieg Larsson y su sobrevalorada trilogía que tiene como protagonista a ese personaje tan original que es Lisbeth Sallander, al escritor griego Petros Markaris y su comisario Kostas Jaritos, al escocés Ian Rankin y su detective John Rebus, al sueco Hakan Nesser y su comisario Van Veteeren, a la escritora francesa Fred Vargas y su comisario Adamsberg, a Philip Kerr y el sardónico detective Bernhard Gunther con historias ambientadas en la Alemania nazi o en la posguerra, al islandés Arnaldur Indridason y su angustiado inspector Erlendur Sveinsson, a Andrea Camillieri y su comisario Montalbano… Pero, sin embargo, la serie que más me ha cautivado es la escrita en los años sesenta por el matrimonio sueco formado por Maj Sjowall y Per Wahlöö. Ambos eran comunistas y escribían al alimón los capítulos. Su personaje es el extraordinario inspector Martin Beck. Escribieron diez novelas de las que hay editadas en España tres (El hombre que ríe, El hombre del balcón, Rosseana…)

Disfruto leyendo novela criminal, disfruto y me sumerjo en la intriga de los relatos que terminan absorbiéndome y el problema es dejar de leer. Me atrae la personalidad de los inspectores y comisarios protagonistas de las historias. Los hay dubitativos e inseguros, diabéticos, angustiados, irónicos, vitalistas, alcohólicos… Cada escritor ha proyectado su cosmovisión sobre sus personajes y uno goza con sus reflexiones.

En Barcelona hay una pequeña librería en la Barceloneta dedicada exclusivamente al género negro. Se llama precisamente Negra y criminal. Sólo abre por las tardes y los sábados por la mañana a la una hay mejillones y vino para los visitantes. Hoy he estado allí y he comprado tres libros. Estaban los escritores Andreu Martín y Lorenzo Silva, autores españoles de novela criminal. El ambiente era cálido y el propietario ofrecía vasitos de vino a los visitantes mientras se mantenían animadas conversaciones sobre el género policiaco. Somos, debemos ser, un club muy peculiar los amantes del género de intriga criminal aunque muy extendido, pues no hay librería que se precie que no tenga una buena sección dedicada a este tipo de relatos. Que dure. Hay una excelente cosecha de autores europeos que destacan frente al dominio norteamericano de otras épocas.

Y como propuesta de participación os sugiero que me comentéis si sois aficionados al género, y si es así, ¿qué autores son de vuestra predilección e incluso qué novelas son vuestras preferidas?

miércoles, 16 de diciembre de 2009

La generación de 1927


Asumiendo la propuesta de Toni Solano de Repaso de Lengua queremos hacer una evocación del acto que dio lugar a la constitución (en la práctica) de la llamada "generación de 1927", hoy hace ochenta y dos años. Un homenaje al poeta Luis de Góngora en el Ateneo de Sevilla reunió a un conjunto de poetas, pintores y artistas que habían trabajado en la reivindicación del poeta cordobés, llamado por un lado "príncipe de la luz" y por otro "príncipe de las tinieblas". Juan Ramón Jiménez se desentendió del homenaje marcando ya así el distanciamiento con aquellos jóvenes poetas que ya buscaban su propio recorrido. Podría haber traído algún poema gongorino como los pertenecientes a Cal y canto de Rafael Alberti, pero he preferido escoger uno al que mi hija pequeña y yo tenemos especial aprecio, de modo que este post es creación de ambos. Por las noches hacemos nuestro pequeño acto de recordar -leyéndolos- a esos poetas que constituyen lo mejor de nuestra tradición. Os dejo también la voz de Lucía recitando el poema que más le gusta.

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean en las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraísos ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.

Federico GARCÍA LORCA, Poeta en Nueva York.


lunes, 14 de diciembre de 2009

Iluminación


Llueve. Lunes por la mañana. Escribo en mi buhardilla. Pienso en mi post anterior y me atrae reflexionar sobre él. Se titulaba Bodhisattva en el metro. Es un cortometraje de la directora belga Christine Rabette sobre la que no he podido encontrar demasiada información. Sé que este filme recibió varios premios, entre ellos el Golden Wave en el año 2003 y que desde entonces va circulando por internet despertando sonrisas o abiertas carcajadas. No es un vídeo reciente, pero lo curioso es que sigue reproduciéndose en numerosos blogs y enlaces que hacen referencia a él.

¿Qué hay detrás de esta propuesta? En principio el título nos da alguna pista. Bodhisattva es un término budista de la escuela Mahayana que significa literalmente un ser viviente (sattva) que busca la iluminación (bodhi) y realiza prácticas altruistas. El bodhisattva es un ser que busca la iluminación para sí mismo pero también para los demás. La misericordia le lleva a considerar propio también el sufrimiento de los otros. Se afirma que el bodhisattva realiza cuatro juramentos en los que expresa su determinación de esforzarse por la felicidad de los demás. “Por innumerables que sean los seres sensibles, juro salvarlos; por inagotables que sean las pasiones, juro dominarlas; por ilimitadas que sean las enseñanzas, juro estudiarlas; por infinita que sea la verdad del Buda, juro alcanzarla”. Detrás del juramento del bodhissatva yace la decisión de librar a los demás del sufrimiento y de brindarles la posibilidad de una gran dicha.

El filme comienza en un túnel, en la oscuridad, ruido de raíles, vamos en un tren en el túnel de la existencia caracterizada por el sufrimiento connatural a todos los seres humanos. Vemos a los pasajeros. Son personas grises cuyos rostros reflejan ensimismamiento, aburrimiento, cansancio, aflicción. Cada uno esta encerrado en su propio padecimiento y parecen abrumados por las cosas. Sin embargo, en una parada sube un nuevo pasajero que contrasta con los demás. Luce una gran sonrisa pícara. Se sienta. Mueve la cabeza arriba y abajo y empieza a reírse sin causa aparente. Los demás pasajeros lo miran sorprendidos y tímidos. Su risa se convierte en carcajada en el vagón del metro. Algunos viajeros empiezan a sonreírse ante la sorpresa y de pronto la risa se extiende por todo el vagón que termina estallando en carcajadas por parte de todos y cada uno de los pasajeros que antes habíamos visto afligidos. Algunos comentaristas resaltaban el hecho de que la risa es contagiosa. Es cierto, como la pena, pero aquí hay algo más. Las risas en el metro revelan un estado de iluminación interior espontánea que lleva a los hombres y mujeres que allí están a ser conscientes de su verdadera naturaleza, la de budas, y entonces todos son poseídos por un abrasador estado de gozo interior y felicidad supremas que se comparte mediante la risa. Ahora todo es totalidad y plenitud. Todo es “aquí y ahora”. Los seres humanos han salido del pozo del sufrimiento en que estaban y por unos instantes han alcanzado el corazón del misterio, que no es misterio sino transparencia y luz.

En una parada entra un nuevo pasajero ajeno a lo que estaba pasando. Entra tímido y desconcertado oye las risas de los viajeros. Puede pensar que se ríen de él. Se sienta serio y circunspecto. Las carcajadas vuelven a estallar ante su perplejidad. El bodhissatva se queda concentrado observando la situación mientras los demás se carcajean y lloran de risa. Por unos instantes, los seres humanos, que de forma sana y natural aspiran a la felicidad y plenitud, han despertado y han contemplado su verdadera naturaleza, la de seres que participan del éxtasis de vivir y de la verdadera compasión.

El tren se sume de nuevo en la oscuridad, pero con el sonido de fondo de las risas que se siguen oyendo. La oscuridad y la grisura se ha convertido en luz intensa de reconocimiento y de iluminación interior.

El filme se titula Merci! y como una especie de resonancia sigue dando vueltas por la red como una piedra lanzada a un estanque cuyas ondas se multiplican y llegan a los corazones y las mentes de los que lo ven que ríen también, pero a la vez quizás vean algo más allá, o más acá, en el centro de todas las cosas. Todos los seres y fenómenos están interconectados. Nadie vive en un capullo aislado. El egoísmo nos cierra una visión más amplia. Y nada como la risa para aprender, la risa y la mirada levemente irónica del buda que sonríe enigmático, mientras que el Cristo, en el otro lado, muestra un estado inferior de sufrimiento y desgarramiento. Quizás ambas sean las dos caras de la moneda.

Una sonrisa. Y como escribía el otro día Al59

“Un viejo estanque. Al sumergirse una rana, ruido de agua”.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Bodhisattva en el metro



He descubierto una pequeña maravilla. Mirad este vídeo. No digo más. ¿Es posible crear espacios de felicidad? Quiero dedicárselo a Julia, que seguro que se está riendo, y a todos vosotros.

martes, 8 de diciembre de 2009

Humildad


Esta noche pasada ha muerto una amiga muy querida, Julia. Me he enterado de su muerte a mediodía. Ella era una desconocedora totalmente del mundo digital, pero hace un par de meses le enseñé a utilizar el correo electrónico e incluso le ayudé a crear un blog titulado Diario de una abstemia obligada que figura en mi blogroll. Han sido más de veinte años de amistad con etapas de mayor cercanía o cierta distancia, pero Julia me ha enseñado algunas cosas. Era una de esas personas con las que merecía la pena mantener una conversación, inundada casi siempre de alcohol. Este era el mayor de sus problemas. Estaba muy débil físicamente. Cirrosis hepática. Últimamente lo había dejado y asistía a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Me lo contaba en sus email. También iba a la piscina. Tenía un brazo, el derecho, imposibilitado por un accidente. Fue una de las personas más trágicas y a la vez con más sentido del humor que he conocido. Por un tiempo, cuando ella se quedó sin trabajo, compartimos piso, pero su desorden, su incapacidad absoluta de seguir ninguna norma hacía difícil la organización de la casa. Y es que Julia es el personaje más anarquista que he conocido jamás. Era absolutamente imprevisible, todo corazón y puro sentimiento. Desde su trabajo en la administración hasta que tuvo que enlazar bajas por depresión, favorecía –por encima de las normas legales- a multitud de marginados y desdichados que carecían de empleo. Parecía un ser de otra galaxia y resultaba absolutamente original. Le encantaban los outsiders, los que estaban fuera de juego, y llegaba inevitablemente tarde a cualquier cita un par de horas o tres. A mí, que soy tan rigurosamente puntual, me desesperaba, pero seguro que ella estaba viviendo intensamente alguna otra conversación con un buen vaso de whisky de por medio. La admiraba por su desprecio de la vida. Le gustó vivir en el límite del abismo. Me desesperaba porque sabía que tarde o temprano acabaría mal, pero no había consejo sensato que ella fuera capaz de seguir.

A sus cincuenta años estuvo varios meses en una residencia de enfermos crónicos todos mayores de setenta años, e incluso de noventa. Ella estaba muy frágil y casi sin movilidad, pero cuando llegaba a verla a la residencia en seguida me llevaba a la terraza a encender un cigarro detrás de otro y charlar sacando su inolvidable humor aragonés, últimamente algo ensombrecido por el sufrimiento. Había de llevar pañal y dormía acompañada de varias ancianas. De aquella etapa le pregunté que cómo podía soportar aquello, pero ella me dijo que había aprendido mucho. ¿El qué –le pregunté.? Humildad, me contestó. Humildad. Esta fue la última conversación que tuve físicamente con ella, al margen del correo electrónico.

Hoy la he visto muerta. Parecía dormida y en calma. Hacía diez horas que había muerto y en su rostro se veían los moratones de la caída que había tenido. La he acariciado, pero su piel todavía me parecía cálida. Su rostro reflejaba quietud y algo parecido a la felicidad. Ahí estaba yo, frente a la muerte, fascinado por su rostro que parecía estar a punto de decirme algo importante. Estaba arropada y me resultaba hermosa. La enfermedad y la debilidad la deterioraron bastante. Había dos velas en la habitación. He estado unos minutos despidiéndome de ella intentando mantener mi última conversación mientras el murmullo de las conversaciones de la familia y de sus amigos más allegados se oían en la habitación aledaña. He apagado la luz y le he dicho “Adiós, Julia, guapa”. Ella no se ha movido, pero de pronto ha resonado en mi mente su último mensaje y la enseñanza de toda una vida: humildad.

Allí estábamos los amigos –pocos- que la acompañamos durante estos años. Nos hemos olvidado de brindar por ella, pero hemos hablado de literatura y de vida, de tristezas y depresiones, de pasiones y de esperanzas, de amor y muerte.

Hasta siempre, guapa. Has sido el cronopio más cronopio que he conocido jamás.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Agua con azúcar

Recuerdo mi niñez vívidamente. Tengo recuerdos desde los dos años, y en mis evocaciones sigo viendo intensamente las calles de aquel barrio del Pilar en Zaragoza en que viví mis primeros años. Fui un niño imaginativo y triste. Ni siquiera mi primera comunión a los seis años fue motivo de felicidad. Yo creo que andaba enamoriscado de una niña que se llamaba Mariví y con ella iba a jugar a su buhardilla a médicos y enfermeras, o a papás y mamás. Recuerdo sus ojos negros y su voz dulce que me resarcía de la grisura y desolación de aquellos años. Nadie que no haya vivido una infancia sombría es capaz de comprender lo que significaban aquellos juegos que duraban horas y horas. También me emocionaban las procesiones de semana santa que pasaban por cerca de mi calle. Centenares de cofrades de las Siete Palabras, vestidos de blanco y verde, hacían tocar sus tambores con un ritmo que todavía no he olvidado. Los pasos me embelesaban. Tengo una extraña relación con lo religioso. De sobras soy un hombre racional que no cree en la trascendencia. Me inclino a pensar que cuando morimos, morimos definitivamente, pero sin embargo, las imágenes del Cristo o de la Virgen al pie de la cruz conseguían conmoverme en aquellos largos desfiles de gran magnetismo. Le daba furtivamente la mano a Mariví y aguantaba durante horas el paso de cofradías, velones, capirotes, tambores, hombres y mujeres descalzos o con cadenas…. Creo que éramos más ingenuos y que nuestra imaginación se exaltaba con imágenes plásticas que ahora no tiene capacidad la realidad virtual y los videojuegos. Al menos yo nunca he entrado en ese mundo, pero forman cosmovisiones totalmente diferentes. Yo sentía el terror del pecado y mi mundo interior se engrandecía o estremecía con las imágenes del final del mundo que las monjas se extasiaban en contarnos con todo detalle. Veía el río y veía el río, sentía tristeza y sentía tristeza. Para paliar esa sensación de desamparo tenía los tebeos, el agua con azúcar, la vida en la calle en libertad, los recortables para chicas que había de esconder porque un chico no debía jugar a esas cosas, y los ojos de Mariví. Un día no fuimos a clase porque se casaba el rey belga Balduino con la española Fabiola. En aquellos años de aislamiento fue una noticia enorme. Nos acostaron juntos. Teníamos cinco años, y jugamos a acariciarnos, a hablarnos en susurros mientras en la tele daban el regio esponsal interminable como inacabables eran nuestros juegos.. Mientras, preparábamos la primera comunión. Yo iría vestido de marinero y Mariví de monjita. ¡Cómo recuerdo aquella piel morena y lo bonita que estaba! Yo odiaba todo lo relativo a la primera comunión. Me parecía oscuro aunque me sabía el catecismo de pe a pa. Pero aquello no dejaba de generarme angustia. Las imágenes sagradas no me consolaban ya sino que me llenaban de aprensión. Era el mes de mayo, el mes de las flores, el mes de María. Yo era un niño muy dócil en la escuela. Las monjas hacían palomitas representando a los niños de la clase y arriba estaba la virgen. Según lo bueno o complaciente que fueras ibas ascendiendo, a través de un altarcillo de encaje, hasta la Inmaculada. Yo llegaba de los primeros. Las monjas lo tomaron como un signo de dios, pues yo llegué al colegio hablando un lenguaje soez y totalmente desquiciado. En año y medio me convertí en un niño modelo. Alguna monja vaticinó que sería obispo. Eso sí, la clase estaba dividida en dos grupos: los niños y las niñas. Yo siempre me iba con las niñas, a ser posible cerca de Mariví, hasta que me hacían volver con los brutos de los chicos que no me gustaban nada.

Cuando comulgué sentí que se me abría un abismo bajo mis pies. Pocas veces he sentido una sensación más abominable. Todo el universo sagrado se me hizo repulsivo. Y no quería recibir el cuerpo y la sangre de aquel ser que me hacía sentir desdichado y culpable. Además empezó a llover con fuerza y cuando recibí la sagrada forma estalló un trueno que me recordó el final del mundo que temia por encima de todas las cosas.

Mariví se cambió de barrio y nunca más volví a verla. Tengo una foto de ella y yo juntos, ella vestidita de monja en su primera comunión y yo con cara de bobo sabiendo que no la volvería a ver, pero yo la recuerdo más hablándome a mi oído, riendo, y diciéndonos cosas que todavía no he olvidado.

Me quedé solo en aquel barrio que nunca me pareció más vacío.

martes, 1 de diciembre de 2009

La desaparición del yo

La hoja en blanco impone. Acabo de escribir mi primera frase y no tengo ni idea de por dónde continuar. Quizás merezca la pena explicarme un poco para aclarar esta ausencia de ideas, de este vacío que me domina. Tengo dos semanas de baja por motivos psicológicos y en este tiempo he empezado a tomar una medicación combinada de antidepresivos y ansiolíticos. Ahora hace una semana, y coincidiendo con ésta, he debido doblar la dosis de Besitrán. El problema es que la medicación todavía no ha hecho su efecto. Hablan de dos semanas para que empiece a notarse su influencia positiva, pero lo que sí que he notado es que mi mente se ha quedado en blanco. Profesor en la secundaria se ha quedado sin temas, temas que venían a mí continuamente en cualquier momento y que me servían para desarrollar un post con menor o mayor acierto. Ahora noto que nada es capaz de motivarme, de sugerirme una idea, de encender una llamita que origine una ilación de ideas que me sirva para comunicarme. Llevo cuatro años publicando y nunca me habían faltado ideas. De pronto leyendo una noticia en la prensa u observando a mis alumnos o caminando por la calle o asistiendo a una exposición me venía una iluminación que era el germen de un post. Disfrutaba enormemente poniéndome a desarrollarlo y encontrando derivaciones de ideas. De sobras sé que escribo de una forma muy simple, pero no me importaba. Si algo tenían mis posts eran que resultaban claros y a tenor de vuestros comentarios, sinceros. Se transparentaban mis estados de ánimo y mis sentimientos, aunque mis posts trataran de ideas en las que trataba de profundizar.

Hoy quiero escribir pero no puedo más que exhibir un parvo resultado. Mi estado anímico es el vacío. No tengo ni una sola idea que desarrollar, excepto esta que da estructura a mi post. La nada. No tengo nada que decir, nada me motiva para meterme a fondo a analizar o comentar alguna noticia o alguna visión. Esta realidad me inquieta. No me gusta la paz de los cementerios, el vaciamiento interior, la desolación significativa. Pero no me resigno. Quiero hacer de este vacío un tema que adquiera cierta sustancia. Uno cuando se encuentra perdido busca cosas o personas a las que asirse, que le proporcionen cierto apoyo o algún tipo de referencia. Este blog ha sido muy importante para mí. Es una especie de diario íntimo que no recurre a lo más estrictamente personal pero sí a ese conglomerado de ideas que sobrevuelan mi vida. A veces son mis hijas, otras veces son mis alumnos, otras veces son exposiciones, noticias en la prensa, reflexiones existenciales… Pero ahora no queda nada. Sólo un cero como el que glosó Antonio Machado en un poema titulado Poema al gran cero. Quiero decir que en este vacío, en esta ausencia, quiero distinguir todavía temas como el amor, la compañía, la amistad, la pasión, la confianza, el miedo, el deseo, la desolación, aunque no siento nada, pero mis palabras alientan a encontrar motivos, cercanías, patrias y utopías. Nada hay más estremecedor que sean las hora de sueño y en posición horizontal las que resulten más reparadoras. Quiero asistir a amaneceres dorados, a atardeceres plenos de misterio, a lectura de poemas que me conmuevan, a sentimientos que hoy por hoy están adormecidos. Siento el vacío, pero me rebelo frente a él y lo que llevo escrito por pobre que sea es una vocación de llenar la existencia de plenitud o si no de plenitud, de esperanza. A veces se contraponen el dolor de existir y su supuesta paliación, que no es sino el vacío. Sueño con playas doradas en África, con leones sobre las rocas, con manos que se estrechan con calor y conversaciones en las que pueda decir algo. Me queda ahora el silencio. No tengo nada que decir. Y me obstino en seguir escribiendo como si fuera ese narrador errante del que hablábamos en otros posts. Me encantaría iniciar un gran viaje de varios meses cruzando África. Llevaría una cámara y un diario de viajes. Me gustaría ser un viajero como los del pasado y no alguien atado a unas circunstancias encadenantes. Sería esa mi mejor terapia. Entre el viaje y la química he tenido que escoger la química, aunque esta sea castrante y empobrecedora. Pero mis palabras hoy –pobres y esquivas- afirman y roturan un paisaje desolado y como Blas de Otero me muevo entre la tormenta existencial y la intuición del sinsentido, o lo que es lo mismo la desaparición del yo.

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