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sábado, 17 de junio de 2006

Final de curso


Días luminosos y melancólicos en este final de etapa, de trayecto, de un ciclo de la vida, relatado ampliamente a través de un blog que los que estáis aquí, habéis podido seguir. Se trataba de conocer la interioridad de un profesor en el ejercicio de su profesión: sus ilusiones, sus esperanzas, sus vacilaciones y sus desencantos…

Este curso ha tenido de todo un poco. Momentos de logros, de luz, pero también de sombras y de fracasos. Es difícil atribuir un color único al conjunto del curso. Es como estas círculos de colores que se hacen girar a gran velocidad. El resultado es un tono blanco grisáceo que incluye todas las tonalidades. No hay grandes éxitos. El material humano es imprevisible. Quizás con el tiempo haya más perspectiva para juzgar. ¿Qué se ha aprendido de verdad? ¿Qué se olvidará? Probablemente la mayor parte de las cosas. Enseñar es volver a retomar una gran piedra a cuestas y elevarla hasta lo alto. Cuando está arriba, ésta vuelve a caer, y el profesor ha de retornar a levantarla y volverla a ascender. Es, como habéis observado, la representación del mito de Sísifo.

No es éste un trabajo para hacerlo deprimido y careciendo de ilusión. Ésta es nuestro combustible primario. Pero entiendo a tantos y tantos compañeros que no pueden soportar la tensión de entrar cada día en las aulas. Nuestros adolescentes cada vez están peor educados y son tremendamente crueles si ven al profesor con algún resquicio de fragilidad o indecisión. He visto a compañeros destrozados por la actitud de algunos cursos contra ellos. A veces llegan sustitutas, novatas en el arte de enseñar, y eres consciente de lo mal que lo están pasando. Pasas al lado de sus aulas y observas que no consiguen controlar la clase en toda la hora. Los alumnos son muy sádicos con aquellos que se muestran como débiles. Para ser profesor hace falta vocación y enorme resistencia ante la adversidad. Otra opción es la de hacerte cínico –sin creer en nada de lo que estás haciendo- pero, curiosamente, con esta actitud los chavales se muestran mucho más tolerantes y además tienden a portarse mejor. Supongo que todos recordamos a profesores desvergonzados con los que tendíamos a comportarnos bien. Quizás es que el cinismo puede llegar a ser divertido en ciertas dosis.

En fin, Profesor en la secundaria ha llegado al final de curso. Mis alumnos no asisten ya a clase. Están pendientes de los exámenes finales, las repescas, que permiten recuperar algunas asignaturas. Tenemos encima la presión enorme de tenerlos que aprobar como sea. Un instituto no resiste una alta tasa de repetidores sin ningún propósito de la enmienda. Son un problema para los alumnos nuevos que llegan y contribuyen a estropear y maliciar a los cursos resultantes porque ya son alumnos resabiados con el sistema y transmiten su hostilidad a los nuevos que han llegado. Son una bomba de relojería. De tal modo, que las direcciones de los centros someten a votación de los claustros los aprobados generales para evitar las repeticiones que se consideran en general más conflictivas que el pasar de curso automáticamente. Para ello hay que aprobarles todas las asignaturas aunque les hayan quedado ocho o nueve pendientes. Esta es la próxima decisión que hemos de tomar en nuestro centro. Si hacemos repetir a todos los alumnos que no se merecen pasar, a pesar de nuestra enorme manga ancha, salen números próximos al treinta y cinco por ciento de repetidores. Es una cifra insoportable y que además bloquea la entrada de nuevos alumnos al centro que pudieran suponer una mejora cualitativa. Esta es la disyuntiva en que nos encontramos en el próximo claustro. No sabemos qué hacer con los alumnos que fracasan en la ESO. No les gusta estudiar y entienden que el instituto es un lugar de diversión por un lado y prisión por el otro. ¿A quién se le ocurriría extender la enseñanza obligatoria hasta una edad en que los intereses ya están tan marcados que son irreversibles en la mayoría de los casos?

Me cuesta despedirme. A lo largo de un curso he compartido con mis amables lectores mis preocupaciones. Ha llegado el final de etapa al que hacía referencia al principio del post. No me queda sino agradeceros vuestra fidelidad y paciencia ante mis largos posts, y mi oscilación entre el pesimismo y el optimismo. Así vivo yo mi ejercicio profesional. Habéis sido testigos de mi vaivén emocional, de mi sufrimiento íntimo ante situaciones que no podemos o no sabemos resolver. Un centro de enseñanza no puede cambiar a sus alumnos a esta edad. Ya están demasiado hechos. Por otro lado, observamos que los padres cada vez más abdican de su obligación de educar a sus hijos y nosotros constatamos los resultados de esa omisión.

No sé si habrá una segunda etapa de Profesor en la Secundaria. Creo que he dicho casi todo lo que tenía que decir. Vuestros comentarios han sido a veces lo mejor de mis posts. Tengo que preparar nuevos proyectos, nuevos blogs o relanzar algunos que llevan tiempo detenidos por falta de tiempo. En todo caso, gracias por vuestra presencia. Escribir un blog ha sido una experiencia muy hermosa y me ha permitido entrar en contacto con amigos de diversas partes del mundo que me han enriquecido. Así pues, éste es mi último post en esta temporada pero no es la despedida de la blogosfera. De una forma u otra seguiré en esta dimensión tan extraña pero llena de calidez y calidad humanas.

jueves, 15 de junio de 2006

El profesor


Frank McCourt tenía sesenta y seis años cuando publicó el archiconocido Las cenizas de Ángela en 1996. En esta libro de memorias relataba su infancia desgraciada en la Irlanda –en Limerick- en los años treinta y cuarenta. Inopinadamente la obra lo llevó al estrellato mundial de la literatura. Su relato lleno de verosimilitud y ternura, a la vez que de sentido del humor, ganó el premio Pulitzer y se han editado del mismo más de veinte millones de ejemplares en más de treinta idiomas. Lo que mucha gente ignoraba, incluyendo a este bloguer, es que Frank McCourt no salió de la nada. Llevaba tras de sí treinta años dedicado a la enseñanza de la lengua y literatura inglesas en institutos de enseñanza secundaria en la ciudad de Nueva York. Es esta faceta la que me ha resultado más sorprendente y me ha llevado a leer su última obra titulada Teacher man, El profesor, publicada en Nueva York en el año 2005.

Una obra que lleva como centro a la figura del profesor de Lengua y Literatura no podía ser más del agrado del redactor de este blog que se apresuró a comprarla en cuanto tuvo conocimiento de su existencia. Hace unos años leí complacido esas memorias que citaba al comienzo del post, Las cenizas de Ángela, que sin ser, como se ha dicho, una obra maestra, en su género ofrece elementos interesantes para iluminar lo que puede ser una infancia desgraciada relatada con una mezcla de humor y ternura.

También era relevante el hecho de que dicha obra hubiera sido escrita después de su jubilación tras una larga carrera docente. En su caso, su vida tuvo una segunda parte que le llevó del anonimato más absoluto como profesor jubilado a la primera línea de la literatura popular. Desde entonces una pregunta le persiguió y fue que por qué había tardado tanto en escribirla. Él, con muy buen sentido, respondió que cuando se ha estado treinta años impartiendo cinco clases al día, cinco días a la semana, ciento setenta y cinco alumnos en total, no tienes muchas ganas de escribir cuando llegas a casa cargado de trabajo para corregir. Tienes la cabeza llena del barullo del aula. Ahí Frank McCourt me llegó muy adentro porque es la pura verdad y eso lo sabe cualquiera que se haya dedicado a la enseñanza.

En El Profesor, Frank McCourt nos cuenta también con humor sus andanzas y desventuras en tantos año de trayectoria profesional. Años erráticos y sin aparente dirección por su falta de ambición, al menos eso es lo que le reprochaba su mujer, de la que terminó separado. Para progresar en el mundo de la enseñanza hay que saber subir de nivel de modo que uno llegue a algún cargo -como director o inspector- y se libre de las clases la verdadera carga para los docentes. Él no supo ascender y se vio al principio en escuelas marginales como el Instituto de Formación Profesional y Técnico Mckee dando clases a alumnos conflictivos e inmigrantes recién llegados que apenas sabían hablar inglés. Son divertidas sus relaciones con sus alumnos con los que intentaba llegar a algún tipo de pacto. Él era consciente de sus dificultades y no parece que hiciera de la asignatura un hueso duro de roer. Comenzó en la América del general Eisenhower, la época de Rebelde sin causa, Rebelión en las aulas, El guardián entre el centeno. Él era un profesor inexperto y sus alumnos fontaneros, electricistas, esteticistas, carpinteros, mecánicos, torneros… no parecían estar muy interesados en Walt Whitmann, Thoreau, Hermann Melville y los sacrosantos temas de la literatura norteamericana. Tuvo problemas con la dirección del centro por su excesiva comprensión hacia sus alumnos:

“Yo soñaba con una escuela donde los profesores fueran guías y mentores, en vez de capataces. No tenía ninguna filosofía de la educación concreta, salvo el hecho de que me sentía incómodo con los burócratas, con los de arriba, que habían huido de las aulas sólo para volverse contra los ocupantes de esas aulas, profesores y alumnos, y fastidiarlos. Nunca quise rellenar sus impresos, seguir sus directrices, administrar sus exámenes, tolerar sus intromisiones, ceñirme a sus programas ni a sus planes de estudios”.

Esta falta de filosofía de Frank McCourt fue su filosofía durante los años de docencia en institutos públicos difíciles, pero también cuando en plenos años setenta encuentra trabajo, tras ser despedido de varias escuelas, en un instituto de élite llamado Stuyvesant al que se accede tras un rigurosísimo sistema de selección del alumnado. Se presentan más de veinte mil alumnos para tres mil plazas y sólo llegan los mejores de entre los buenos. Allí llevó su sistema pedagógico a la práctica con alumnos de un nivel envidiable. En lugar de hacerles estudiar a los clásicos de la literatura norteamericana, les sugería aprender recetas de cocina y les proponía reflexionar sobre ellas poniéndoles música de fondo. Curiosamente los alumnos pedían alternativas a la enseñanza oficial reivindicando la lectura y comentario de novelas como El señor de los anillos, Dune y ciencia-ficción en general.

Este relato es un libro caliente, basado en la experiencia vital y profesional de un profesor complejo y que se sale fuera de los esquemas oficiales, para bien y para mal. No da ninguna fórmula a seguir y lo poco que habla de su sistema, entreverado con grandes dosis de alcohol en su vida particular, no es aplicable al mundo educativo de hoy. Más parece un profesor que marchó a la deriva en su vida sentimental y profesional. Su experiencia no me parece asumible. Cada profesor tiene unas circunstancias únicas y las experiencias no son intercambiables. Admiro, eso sí, que pudiera hacer clases dialécticas y dialogadas con sus alumnos, que se dirigían a él llamándolo siempre "señor McCourt" proponiéndole sus ideas. Lo admirable fue aquella oportunidad de impartir talleres de creación literaria en el Nueva York vivo y apasionante de los años setenta y ochenta del siglo pasado con alumnos privilegiados y llenos de inquietudes. No le envidió a él como profesor pero sí los años y el lugar que ocupó. Yo sí les hubiera hablado de Dune, El señor de los anillos, de Mobby Dick, de Dickens, de Walt Whitmann, de Henry David Thoreau. ¡Qué delicia!

sábado, 10 de junio de 2006

Panfleto antipedagógico



Esta vez quiero hablar de una interesante propuesta de debate sobre el modelo de enseñanza en España que circula por la red desde hace unos meses. Se trata del Panfleto antipedagógico que todo el mundo puede descargarse libremente pues no tiene copyright. Es más, el autor Ricardo Moreno Castillo anima y agradece que se difunda extensamente su propuesta.

El Panfleto antipedagógico es un opúsculo, no diríamos que agresivo pero sí apasionado, que pretende “convencer, conseguir adeptos, decidir a los irresolutos e iluminar a los obcecados” sobre el desastroso estado de la educación en España a partir de la aplicación de la LOGSE que promovió el Partido Socialista. Según el autor, esta reforma ha conseguido que la cultura de los alumnos baje hasta niveles alarmantes y que la mala educación suba hasta cotas vergonzosas. Paralelamente, la desesperación de los profesores ha crecido y se ha enquistado por el nulo apoyo que tiene su autoridad en el modelo educativo aquí duramente cuestionado.

La educación se ha degradado, los padres renuncian a educar porque no se atreven a decir de vez en cuando que no, y todo el sistema queda a merced de los caprichos de unos adolescentes que no saben lo que quieren. Bueno, sí lo saben: dar el menor golpe posible en un modelo donde se ha defendido una enseñanza no exigente sino presuntamente lúdica donde no se inculca el hábito de estudio pues se ha promovido su carácter de entretenimiento. Esto, según el autor, deja indefensos a los alumnos con menor poder económico que quieren estudiar pues les hurta la posibilidad de hacerlo por el ambiente de desgana, pereza, indisciplina y de mala educación que domina en las aulas. Los padres ricos sí que llevarán a sus hijos a escuelas de élite donde no se aplica un modelo de enseñanza lúdico sino exigente.

Ricardo Moreno hace una fuerte defensa de la memoria y de los contenidos poniendo en cuestión el principio que lo que hay que hacer es enseñar a aprender. Nuestros alumnos no memorizan. Su cerebro es una especie de habitación vacía en el que no hay ideas ni nombres, ni esquemas interpretativos. Se ha promovido la banalización de los contenidos y se ha desechado la memoria como fuente de formación intelectual impidiendo su desarrollo intelectual progresivo.

Otra mentira es el hincapié que hace la LOGSE en la motivación de los alumnos. Se trata de que nosotros profesores hayamos de “motivarlos” a aprender por medio de juegos tan divertidos como futiles. Llegan al aula con una actitud pasiva: “A mí que me motiven”. Esto oculta la realidad de que el trabajo intelectual no es necesariamente divertido ni debe proporcionar un placer inmediato. En muchas ocasiones, el aprendizaje ha de ser árido y adquirirse con esfuerzo, tal como hace todo el mundo en su profesión. Hacerles creer que el trabajo es solamente un juego es sumamente dañino para su desarrollo pues se perpetúa su inmadurez y pierden la capacidad de aprender conocimientos cuyo sentido puede no entenderse en este momento, pero que sin duda el paso de los años lo aclarará. El oficio del profesor no es hacerse simpático a los alumnos. De momento hay que promover el esfuerzo y el trabajo serio. La afición por aprender ya llegará en su momento.

La falacia de la igualdad es puesta asimismo en la picota. Parece que exigir a nuestros alumnos es atentar contra la igualdad de oportunidades. Este es un argumento exhibido por pedagogos diletantes. No podemos pedir demasiado a nuestros alumnos porque su origen social les limita. Es decir, que a los hijos de familias modestas, sin ambiente cultural, no pueden rendir lo mismo que hijos de familias acomodadas que han vivido una atmósfera más nutrida culturalmente. El mecanismo, así pues, se convierte en una maquinaria cuya función principal no es enseñar, sino impedir que nadie destaque, no vaya a ser que se caiga en el elitismo. De hecho, se acusa al anterior sistema, el BUP y el COU, de elitista porque se dirigía principalmente a los alumnos que sí que querían aprender. Esto es nocivo según las escuelas pedagógicas modernas porque se discrimina a los alumnos que no quieren aprender. Hay que tenerlos a todos mezcladitos, de modo que son los alumnos más brutos, más maleducados, más ignorantes, los que marcan la pauta del sistema impidiendo estudiar a los que sí que querrían hacerlo y desanimando a los que en otro ambiente sí se esforzarían.

El autor del Panfleto antipedagógico propone un bachillerato exigente (de los doce a los dieciocho años) para todos los alumnos que quieran estudiar seriamente. Para los que no se sienten atraídos por los estudios habría una formación profesional desde los doce años donde se les enseñarían profesiones y oficios concretos que les prepararán para el ejercicio de su elección ocupacional. Si alguno de estos luego posteriormente quisiera rectificar su elección y orientarse por los estudios podría hacerlo con algún curso puente o algún mecanismo de trasvase que no presentara especiales problemas.

La limitada extensión de este post impide desarrollar las ideas completas del Panfleto antipedagógico que en resumidas cuentas defiende una enseñanza basada en la seriedad, el esfuerzo y la exigencia que desarrolle al máximo las capacidades de nuestros alumnos con nuestro apoyo y confianza. Hay que enseñarles a esforzarse, pero para ello es necesario que en las aulas haya disciplina y ambiente de trabajo, lo que hoy día es prácticamente inexistente.

Animo a descargárselo entero porque el conjunto de sus ideas son sugerentes: están basadas en el sentido común y en la sensatez desde el amor apasionado a una profesión que ha caído en el descrédito y la desmoralización. Sin duda, los aires pedagógicos van por otros lados. Las cosas no cambiarán en el sentido que ilumina este enérgico y claro Panfleto antipedagógico entre otras cosas porque nuestros políticos sí que escogen la educación para sus hijos y lo hacen en los colegios privados donde no imperan los principios igualitarios y lúdicos que sí que están extendidos en las escuelas públicas donde esforzarse no es un mérito ni una prioridad. Se trata de pasarlo bien, y pobres de los alumnos que sí que quieren trabajar. Lo tienen crudo.

sábado, 3 de junio de 2006

Encuentros y desencuentros



Los alumnos de tercero de ESO están de salida en Port Aventura y pasan la noche fuera. Tú has hecho objeción de conciencia para no ir jamás a semejante parque temático, aunque algún día temes que tus hijas te lo pidan y no te quede más remedio. Detestas los parques temáticos, no sabes muy bien por qué. Quizás por esa dimensión de diversión tonta que suponen. Diversión y banalización. Pasas del ambiente del oeste americano a la Polinesia, y luego te trasladas al ambiente mejicano. Además las emociones artificiales, atracciones velocísimas para las que has de hacer grandes colas bajo el sol.

Nos hemos quedado unos pocos en el instituto. Los que no iban tenían que venir a clase pero la asistencia ha sido minoritaria. En un curso me he encontrado sólo a un alumno: Chema. Vestía una camiseta negra de Marilyn Manson. Otros días lleva una de Slipknot, ambos grupos de tendencia satánica o al menos siniestra. Teníamos una hora por delante. Él normalmente en clase está inquieto y no para de moverse ni de hablar. Hace comentarios por lo bajo y sus compañeros se ríen. Sus ojos se esconden y trastabillean tras unas gruesas gafas. Sé que le gusta la lectura. Al menos se ha leído El señor de los anillos y Harry Potter. Me cae bien el chaval pero no alcanza los mínimos necesarios para aprobar. Chema parece resignado ante la perspectiva de pasar una hora a solas con el profesor que le mete tantas broncas. Su cinismo no malvado me recuerda al de mi sobrino. Es un muchacho que en otro ambiente podría dar mucho más de sí. Aquí se dispersa y se deja llevar por la corriente del menor esfuerzo. Es un prototipo de alumno con intereses concretos y no carente de inteligencia pero está falto de la voluntad y la tenacidad necesarias para conseguir sus objetivos. Es difícil que promocione la ESO y es una pena. No sabemos cómo sacarle partido. La inercia holgazana del curso donde está es demasiado poderosa.

Nos hemos quedado a solas. Le he propuesto continuar la lectura comentada de El Lazarillo de Tormes. Nos habíamos quedado en el Tratado III, el de Lázaro y el escudero que vivía dominado por la negra que llamamos honra. Lázaro en una jornada pasa de la ilusión de encontrar a un amo que parece rico, a tenor de su aspecto y porte distinguido, a irse dando cuenta poco a poco de que su señor es un pobre diablo que vive para la apariencia. Chema iba leyendo lentamente y con cierta dificultad. Es un buen ejercicio la lectura en voz alta para fomentar la articulación correcta. Yo le iba haciendo reflexionar sobre lo que estábamos leyendo. Le iluminaba el texto con puntualizaciones sobre el sentido de las palabras. Lo prodigioso del capítulo es la evolución interna de Lázaro que pasa del gozo esperanzado a la desilusión cuando se da cuenta de que su amo tampoco ha comido. Será él el que le dé un mendrugo de pan duro que come con avidez el caballero. Lázaro termina por sentir compasión por su señor al que habrá de mantener pidiendo limosna como le había enseñando a hacer el ciego del primer tratado. A Chema le brillaban los ojos. El texto le estaba interesando. Pocas veces tendrá la ocasión de que alguien se lo explique en una especie de clase particular. Cuando está con los demás, se deja llevar por la espiral de molicie y desinterés generalizado.

El timbre ha sonado. Nos hemos mirado y cerrado el libro. Me ha preguntado si me gustaba Marilyn Manson. Un día le hice referencia a la camiseta que llevaba. Le he dicho, para acercarme a él, que me gustan sobre todo Lest we forget, Mechanicals animals y Antichrist superstar. De algo me tenía que servir hablar con mi sobrino de Zaragoza que me pone al día. Se ha quedado sumamente sorprendido. Seguro que no se lo esperaba. Hemos hablado también de Slipknot. Ha prometido dejarme un Cd de este último grupo, The subliminal Verses. Le he afirmado que me gustaba. Y él ha dicho que me veía muy puesto, que nunca se hubiera imaginado que un profe tan formal conociera estos grupos. Espero que a partir de ahora me escuche con más atención.

He salido de clase contento, y para más suerte, me he encontrado con una exalumna sobre la que escribí un post, Yara, que me ha saludado. Me ha dicho que esperara un momento y que me daría un regalo. Ha hecho un barquito de papel con su nombre y me lo ha dado. De paso me ha explicado el tema del trabajo de investigación que va a desarrollar en segundo de bachillerato. Es sobre las instituciones políticas en la ciudad en que vivimos, una ciudad de unos cien mil habitantes, en muchos sentidos representativa del cinturón industrial de Barcelona. En ella se cuecen muchas cosas y algunas campañas políticas comienzan por aquí.

Vuelvo a casa. Ser profesor es una tarea de resistencia contra el desánimo pero siempre hay algún pozo del que sacar agua fresca. Los tiempos han cambiado, pero hay lugar para el encuentro personal e íntimo con algunos alumnos, para el encuentro y el reconocimiento. A veces prestas libros a alguna alumna interesada en la lectura y en ocasiones es ella quien te deja libros de relatos para tus hijas.

Desde la distancia, un grato recuerdo a tantos y tantos alumnos que han enriquecido mi carrera profesional. Hay, sin duda, también malos recuerdos y alumnos con los que has chocado y te han guardado incluso rencor porque el encuentro no ha sido posible. A veces no es fácil acertar. En cambio en otras ocasiones ha habido alumnos con los que has tenido serios conflictos, pero cuando te has vuelto a encontrar con ellos, han celebrado la oportunidad y te han abrazado con afecto. Hay algunos que no perdonan y otros que saben distinguir la dificultad de un profesor para impartir clase y con el tiempo van viendo las cosas con cierto relativismo y comprensión. Espero en este día de parque temático que Chema recuerde el día que estuvo toda una hora leyendo y comentando El Lazarillo de Tormes y que este recuerdo sea importante para él. Es una ilusión como otra cualquiera para redondear un día. No me hagan mucho caso.

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