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martes, 30 de mayo de 2006

Correcciones


Cuando llega el final de trimestre y más siendo casi final de curso al profesor se le acumulan las pilas de exámenes, de trabajos, de dossieres y de redacciones encima de la mesa. Parece un pandemónium la mezcla de todo tipo de pruebas de los distintos profesores del seminario. Estamos agobiados. Es una etapa de toma de decisiones, de forzar juicios acerca del nivel real de nuestros alumnos. El nivel es bajísimo pero no podemos suspender a todos los alumnos que se lo merecen por su falta de rendimiento durante el curso. Llega la época de las rebajas, los exámenes de competencias básicas, las decisiones políticas y no académicas acerca de los que merecen promocionar o no. El profesor respira hondo. Alguien le trae una encuesta sobre el sentimiento del conflicto y la violencia entre el alumnado. Luego a última hora de la mañana, tras un examen sobre un libro que pocos han leído, hay una reunión para preparar los créditos de síntesis, una especialidad de Catalunya que sirve de bien poco.

Tras la reunión intensa y demasiado extensa, llegan nuevas tareas y responsabilidades. Tenemos cincuenta minutos para comer antes de las clases de la tarde. Ha llovido esta mañana. Camino entre charcos con la cabeza llena de exámenes, decisiones y tareas. Desconectaré durante veinte minutos, me digo, antes de volver y preparar el examen que viene. Como un minibocadillo de jamón y bebo una Coca Cola para ver si me despejo. Estoy solo. Leo La Vanguardia de Barcelona. Miro la contraportada. Suele haber entrevistas apasionantes. Es una página sorprendente que viaja diariamente al margen de la celeridad del periódico. Hoy la entrevista la hace Víctor-M. Amela a Dennis Meadows. Ni idea. Sigo leyendo. Publicó un libro hace 34 años que marcó época y del que se vendieron 30 millones de ejemplares. Se titulaba Los límites del crecimiento. En 1972, una época optimista, escribió un informe que causó sorpresa. Enunciaba el principio de que el crecimiento económico occidental no podía ser ilimitado y que si se sostenía entraríamos en una profunda crisis. Dennis Meadows constata que en este tiempo hemos seguido creciendo a ritmo acelerado, lo que es decir consumiendo y depredando los recursos de la Naturaleza. Esto lleva directamente al colapso, a la hipótesis de Gaia de James Lovelock que vemos anunciada con el evidente cambio climático que estamos viviendo. El planeta puesto al límite de sus posibilidades se vengará… y se nos sacudirá de encima.

Reflexiono. Esto no lo estamos enseñando en el instituto. Hay más que suficientes indicios de que el mundo occidental no puede seguir agotando los recursos del sistema. El crecimiento tiene un límite. Lo sabemos todos, pero no queremos extraer las consecuencias lógicas y que expone el autor del libro arriba citado: la necesidad perentoria de reducir el consumo. Es una idea que no tiene muchos defensores y menos entre los políticos que nunca hablarán de algo que es impopular. Todo lleva a a lo contrario. Cada vez más aparatos de aire acondicionado, cada vez más coches más y más potentes que consumen una energía que se terminará agotando en las próximas décadas, cada vez más productos tecnológicos de última generación, cada vez más bosques talados para surtir nuestro nivel de vida, cada vez más agotamiento de los recursos pesqueros, cada vez más grasas en nuestra alimentación…

Dennis Meadows habla de la necesidad de planificar a largo plazo. No podemos funcionar por el día a día. Hay que saber a qué tipo de mundo queremos llegar y saber que estamos rozando los límites del no retorno. Occidente no puede crecer más sin comprometer el futuro de la humanidad. Luego nos asombramos de los movimientos migratorios de los que buscan un mejor nivel de vida, de los cayucos que arriban a las islas Canarias. Según el científico norteamericano de sesenta y cuatro años, los ciudadanos deben presionar a sus políticos para que se den cuenta de que nuestro modelo es éticamente inaceptable. La tecnología no puede resolver nada si detrás no hay convicciones éticas… y estas faltan. Mis alumnos no parecen contar con ellas. Reina el principio de sálvese quien pueda y el que se fastidie peor para él. No parece un mundo dado a la compasión y al razonamiento ético el que están viviendo nuestros adolescentes. Ellos vivirán un futuro que puede ser terrible pero no se lo podemos decir sin pecar de alarmistas o pesimistas. En todo caso tampoco harían demasiado caso. Toda la propaganda de la época lleva a pensar en lo banal y en el individualismo.

Termino mi cortado y una pasta. Pago, devuelvo el periódico y retorno al instituto. Han pasado veinticinco minutos en que he podido desconectar de la dinámica educativa concreta pero me han invadido lúcidas reflexiones cuya utilidad ignoro. En el instituto tenemos un examen sobre La perla de John Steinbeck. No parece haberles gustado. También habla de la ambición y de los males que puede traer algo que en principio parece maravilloso. Quizá nuestra perla, la perla del Mundo, sea el consumo, el bienestar, la comodidad. Probablemente no han entendido esta pequeña obra maestra del autor norteamericano. Las ideas complejas son difíciles de asimilar. El razonamiento ético es difícilmente asumible. Vuelvo a mis correcciones, vuelvo a mi día a día, pero considero que hay algo que no funciona, hay algo que no estamos contando, algo de lo que no decimos la verdad o mejor dicho, callamos.

viernes, 26 de mayo de 2006

Para vivir no quiero


Hay una constante en el gusto lector de los adolescentes. Sobre los catorce o quince años desciende radicalmente su afición a la letra impresa. No hay tarea más ímproba que buscar libros que puedan atraerles. Las editoriales nos hacen llegar productos atractivos temáticamente y visualmente: continuamente están editándose libros orientados para los adolescentes, pero el profesor no puede seguir esta avalancha de novedades, muchas veces de bajo nivel narrativo por su estricta orientación al famoso gusto adolescente. Y es que al profesor también le gusta la buena literatura, y le es difícil combinar estar leyendo En busca del tiempo perdido de Proust o La montaña mágica de Tomas Mann con las últimas novedades editoriales juveniles que le llegan.

Hubo un tiempo, en que yo llegué a ser profesor, en el cual no había diferencia entre la gran literatura de todos los tiempos y los libros que podían leer adolescentes inquietos y con ganas de descubrir mundos inexplorados. De hecho, el márchamo de literatura maldita siempre era un acicate para espíritus en eterna búsqueda de lo imposible así como del reino lejano de Avalon o sus nieblas. La adolescencia era una etapa de transformación, de metamorfosis en la que el muchacho necesitaba sentirse miembro de una estirpe maldita, y esa filiación muchas veces era proporcionada por la literatura, por la gran literatura, sin adjetivos detestables como el que ahora se estila: Literatura juvenil. ¡Puaf!, qué gran bodrio son en su inmensa mayoría todos estos libros concebidos para adolescentes. Son libros de fórmula fija, de escaso aliento, de limitada imaginación. Son un alimento pobre para mentes estrechas.

Pero pobre del profesor que se salga de esa senda. Hoy día la literatura no gusta a los adolescentes. Les aburre. No hay nada más lastimoso que llegar a clase cargado de ilusión e intentarles hablar de algún tema literario. A la inmensa mayoría les aburre. El profesor echa toda su pasión y habla como si hubiera alguien que le estuviera escuchando. Las miradas que recibe son patéticas. El profesor se hace preguntas que pone en boca de sus alumnos. “Seguro que os estaréis preguntando por qué el autor del Lazarillo quiso ocultar su nombre”. Se miran perplejos. No se lo están preguntando. El profesor aclara el peligro que suponía en aquella época hablar críticamente de temas religiosos y no puede poner el ejemplo de hoy día con las caricaturas del islam porque hay varios alumnos magrebíes en clase. Da igual. El profesor insinúa misteriosamente que se ha sugerido que el autor del Lazarillo pudo ser Alfonso de Valdés, humanista de la corte de Carlos I de España. Se lo dice a ellos como primicia. Cualquier medio vale para intentar captar su atención.

Otro día comenta por encima unos poemas de Pedro Salinas. Los lee con naturalidad, pero marcando los acentos. Los vuelve a leer. Los alumnos están confusos. Parece que les gusta. El lenguaje de Salinas es pura adolescencia dentro de su densidad conceptual. Sigue en cuanto hay un hilo del que tirar. Al día siguiente les trae más poemas del autor de La voz a ti debida, título basado en un verso de Garcilaso. El profesor lo explica pensando que hay alguien que le escucha. Como Juan Ramón Jiménez, se dirige a la inmensa minoría que es posible que exista.

Años después, un día recibe un comentario en su blog de una exalumna que se aburría soberanamente en las clases de literatura, pero las recuerda, y evoca los poemas de Salinas. Es más, en su blog introduce una entrada en la que reproduce el poema que ella más recuerda: Para vivir no quiero/islas, palacios, torres, / que alegría más alta/ vivir en los pronombres. La alumna anónima deja un mensaje de esperanza. Aquello que se escuchó con aire aburrido porque era lo que tocaba, lo que estaba en el ambiente, encendió una lucecita que años después se ha convertido en una pasión.

El profesor de literatura no trabaja muchas veces para los alumnos que tiene en ese momento. Trabaja para los alumnos que serán. Está sembrando para el futuro, y nadie sabe si esa semilla crecerá. Tal vez sí. Esa es la esperanza en esta época tan cínica y descreída. Y es que la gran literatura es un lenguaje universal. Por eso me molestan tanto los productos prefabricados para adolescentes. Hay, creo, que correr el riesgo de darles algo que no les guste en este momento pero que deje una huella para el futuro. No sé, es un ejercicio arriesgado y no tengo solución alguna. Cada año es un desafío.

martes, 23 de mayo de 2006

Aliento


Cuando uno recibe alumnos a los quince años, que es la edad que corresponde a tercero de ESO, su carácter y sus tendencias ya están conformadas. Los hay de muchos tipos: los hay más o menos inteligentes, los hay más o menos indolentes y vagos, los hay más o menos responsables, los hay lábiles, los hay voluntariosos y tenaces, los hay despistados que se dejan llevar, los hay atentos y educados, los hay desconsiderados, los hay que chillan en lugar de hablar, los hay faltos de maduración, sumamente pueriles, los hay más maduros, los hay adaptados al medio o los hay que sufren las circunstancias del entorno, los hay solitarios o sociales… Es una variedad amplísima que abarca toda la caracteriología humana.

El gran reto, cuando ya llegan a esta edad, es la posibilidad de transformarlos, de ampliar su visión de las cosas y de la realidad, de hacerlos conscientes de sus intereses y promover el desarrollo de sus capacidades, muchas veces desaprovechadas por la crisis madurativa que padecen en plena adolescencia.

Reconozco que es difícil. Los alumnos a esta edad están demasiado hechos, se creen en posesión de verdades que han oído por ahí y algunos tienden a creer que lo saben todo. Otros son frágiles e inseguros y disimulan sus carencias con prepotencia. El profesor no lo tiene fácil si quiere iniciar un proceso de transformación en dirección de profundizar en su visión del mundo y de aumentar su sentido de la responsabilidad.

Soy aficionado a películas de profesores y alumnos –es todo un género- que presentan a cursos difíciles y hostiles frente a la figura, en principio frágil, del profesor. Éste, auténtico héroe de la película, consigue hacerles cambiar aumentando su conciencia y estimulando sus capacidades. Para ello pone en juego toda su empatía y conocimiento de la naturaleza humana para acercarse a ellos y llevarlos a iniciar dicho proceso, un proceso marcado por el aumento de la fe en ellos mismos y en su potencial humano e intelectual. Los alumnos, poco a poco, experimentan una transformación que les lleva a conocerse mejor y a obtener resultados sorprendentes en el conjunto del curso. Siempre he visto este tipo de filmes con admiración, pero me han parecido generalmente estereotipados. La realidad es mucho más compleja y los alumnos suelen ser menos permeables que lo que plantean estas películas. En hora y media se comprime una situación que no se puede dar en la realidad, al menos no con los alumnos díscolos y desganados que tenemos ahora.

Al menos en general. No es fácil cambiar a un curso. Sin embargo, me cabe la duda de si es posible a nivel individual. Recuerdo hace años el caso de un alumno que suspendía ocho o nueve asignaturas. Era el típico gracioso de la clase que servía para que los demás se rieran de él a partir de sus excentricidades y “genialidades”. Era un bufón de cómic. Solía intentar copiar en los exámentes y sus respuestas eran dignas de ser antologizadas. Una vez le cogí copiando y le puse en evidencia. Andrés se rió nerviosamente y no pareció darle demasiada importancia a lo que había pasado. Le afeé su conducta y allí acabó el asunto, con el examen suspendido. Terminó el curso desastrosamente para él. De modo imprevisto, vino a hablar conmigo. No era su tutor pero tuvo, por la razón que fuera, deseo de conversar conmigo, que le había llamado reiteradamente su atención y le había puesto en evidencia su falta de madurez y su carácter bufonesco. Me preguntó dramáticamente qué podía hacer. Le miré a los ojos y vi que hablaba en serio. Esperaba una respuesta a una situación de crisis en su vida. Le quedaban ocho asignaturas, pero entonces había exámenes de septiembre. Le dije que si quería salir adelante se tenía que poner a trabajar “en ese mismo día”. Hicimos una programación durísima del verano que tenía por delante, incluida mi asignatura de Literatura Española de tercero de BUP. Andrés tomó nota cuidadosamente y se despidió de mí con un apretón de manos. “Nos veremos en setiembre” –me dijo- .

Pasó el verano y cuando llegaron los exámenes, Andrés se presentó a todos. Aprobó siete de las ocho asignaturas suspendidas y pasó cómodamente a COU. Vino a verme. Era el último curso en que yo era profesor en aquel centro. El muchacho estaba emocionado. Acababan de darle las notas. Le felicité. En la sesión de evaluación había sido una completa sorpresa. Él, con lágrimas en los ojos, me abrazó. Yo no había creído en él en un principio, pero tras la conversación mantenida en junio, hubo algo que me llevó a hacerlo. Le transmití, no sé cómo, esa fuerza, esa fe en sí mismo que necesitaba.

Cuando pienso en mis alumnos, Andrés me viene a la cabeza. Sé que es posible cambiar, pero hacen falta muchas circunstancias misteriosas para que se produzca tal revolución. De hecho no ha vuelto a producirse un caso semejante y tan radical en mi experiencia, pero desde entonces sé que es posible que un muchacho cambie y se ilumine su camino.

No está dentro de mí esa capacidad de trasformación de alguien. Tiene que ser una conjunción de dos necesidades y dos potencias puestas en combinación. Su deseo de salir adelante y mi aliento, nuestro aliento como profesores. No deja de ser un enigma que no tiene explicación. Pero desde entonces, espero de nuevo que algún alumno tenga tanto esa determinación y esa convicción como su necesidad de mi apoyo y de mi confianza. Entretanto intento manifestar mi apoyo a sus deseos de mejora por leves que sean, los felicito cuando hay algún progreso, les dedico algún comentario de reconocimiento es sus redacciones o en sus notas a aquellos que se han puesto en el buen camino académico. Todos necesitamos esos pequeños estímulos en nuestro camino para seguir adelante.

viernes, 19 de mayo de 2006

Optimismo


He querido empezar este post con un título significativo “Optimismo”. Es toda una definición vital e ideológica para un bloguero más bien de tendencia pesimista. De hecho, en el lugar que ahora ocupa este post había, antes de suprimirlo, un escrito que rezumaba pesimismo existencial. Un amable lector y amigo americano me escribió amablemente un comentario sobre la fatiga existencial que nos acongojaba –que me atenazaba-.

He observado que los posts que tienen un contenido optimista tienen mayor posibilidad de recibir comentarios que los de contenido pesimista. Luis Rojas Marcos, psiquiatra español que ocupa un importante puesto en los servicios de salud mental en la ciudad de Nueva York, hablaba en un artículo sumamente interesante, que he recuperado de la hemeroteca de El País, publicado el 12 de enero de 2005. En él recogía algunas consideraciones sobre la fuerza creativa del optimismo.

El optimismo según Rojas Marcos tiende a juzgar las cosas desde los ángulos más favorables y a confiar en que lograremos lo que queremos. Los optimistas hacen frente a los avatares de la vida con una actitud más esperanzada y perseveran en situaciones difíciles con más empeño y seguridad. Son más extrovertidos, tienen un fácil trato social y tienden a ser líderes en los trabajos y tareas que suelen iniciar. Además viven más tiempo puesto que se ha establecido una relación entre la duración y la calidad de vida con el optimismo.

La humanidad ha derrochado y derrocha optimismo para seguir existiendo. Rojas Marcos habla de que quizás sea una constante genética de la raza humana. Los optimistas tienden a pensar que los problemas se solucionarán, y de los reveses extraen fuerzas para seguir avanzando.

Sin embargo desde el campo de la filosofía la óptica ha tendido a ser algo diferente dada la abundancia de pensadores pesimistas que ha habido y sigue habiendo. No dejo de reconocer el encanto que tiene el pensamiento pesimista aderezado con un poco de humor corrosivo. El pesimismo sin sentido del humor es inaguantable.

La educación requiere de altas dosis de optimismo y esperanza de que las cosas pueden mejorar, de que no todo está perdido, de que de los mayores eriales siempre podemos extraer frutos, de que habrá siempre alguien que nos escuche con fascinación y nos recordará. En la enseñanza no podemos dejarnos invadir por el nihilismo y la desesperanza aunque la tentación sea muy grande.

El optimismo en dosis adecuadas nos servirá para encarar mejor nuestras tareas, para intentar hacerlas mejor. El pesimismo es una enfermedad que tiene que ver con la fatiga existencial como me decía amablemente Víctor Manuel Ramos.

En este diálogo, en esta pugna entre pesimismo y optimismo se sostiene este blog. A vosotros lectores os dejo calibrar la realidad de las cosas, la realidad de lo que cuento, la ternura que pretendo añadir a mis reflexiones a veces desesperanzadas y dramáticas pero llenas de deseo de luz y de transparencia.

Sin vosotros, amigos en la distancia, el blog no tiene sentido.

martes, 16 de mayo de 2006

Ni uno menos


Primera hora: uno de mis alumnos de mi tutoría va a ser padre. Tiene quince años pero no parece sentirse especialmente acongojado por la situación que a mí me parece una catástrofe. Es ecuatoriano y a principio de curso me manifestó su madre la intención del muchacho de volver a su país, pues no acaba de sentirse cómodo en el sistema educativo español. Supongo que el embarazo que está viviendo le hará replantearse su decisión.

La situación del muchacho y de la familia es altamente inestable. Hoy he llamado a su casa para interesarme por Denis. Lleva dos semanas sin venir a clase. Sus compañeros me dicen que está enfermo o que se ha marchado a Ecuador. Su madre se ha mostrado sorprendida por mi llamada y ha contestado casi con monosílabos. Dice –tras insistir- que le duele la espalda. Le replico que su hijo tiene la obligación de asistir a clase. Ya –me contesta-. Le he preguntado por las posibles consecuencias académicas de la paternidad de Denis. La madre ha negado que su hijo fuera a ser padre. Le he contestado que el muchacho lo ha dicho públicamente a la clase y a la profesora de Experimentales a la que le ha manifestado su deseo de seguir estudiando. Dicho sea de paso, su rendimiento académico es nulo.

Poco después ha venido Denis. Me ha interrogado que por qué voy diciendo que si va a ser padre o no… Me preocupo por tus ausencias –le he contestado- y entiendo que si es verdad lo que has dicho a otras personas, estés actualmente desorientado. Pero tienes que venir a clase…

Siguiente hora: Sandra, la alumna de mi post del otro día. Es absentista. Los lunes no quiere venir a clase, ni por las tardes, amén de muchos otros días. Está repitiendo tercero de ESO. Está enfadada con la vida; con su padre, que la abandonó de pequeña y no ha querido volver a saber nada de ella; con su madre, que es la persona que más quiere junto con su hermana –que fue expulsada del instituto-. En clase no la aprecian ni respetan. Está harta de todo. Hoy su madre la ha puesto en evidencia delante del director y de alumnos del instituto lo que la ha avergonzado. Sandra dice que el director no es su padre para castigarla los miércoles por la tarde y que no piensa venir. Ella chilla –me explica que porque en su casa se chilla-. No sabe hablar de otra manera. Ella lucha contra el mundo, contra los que la atacan. En sus redacciones siempre me habla con tristeza de su padre, del día que las abandonó, el día más terrible de su vida. Se fue de casa con otra mujer y desde entonces no lo ha visto más que en juicios por la separación de sus padres y pleitos por las pensión que no paga.

En la hora del patio. Viene a hablar conmigo Ayoub El Hilali (me autoriza a utilizar su nombre real). Es un muchacho marroquí que hace teatro y cine. Trabaja para dos compañías teatrales: una, el Teatre Lliure de Barcelona; participa en un taller sobre recursos audiovisuales y se dedica a recopilar material para realizar un corto sobre la ciudad en que vivimos. La ciudad, las bandas juveniles, la violencia. Me habla de “La plaza roja”, un lugar en el que los chavales van a pelearse para dirimir enfrentamientos iniciados en el instituto. Ayoub los filma con una cámara de vídeo. Le interesa el cine social y sabe que estas peleas filmadas son un material de primer orden, pero él no las utiliza para colgarlas en internet o para sacar beneficio de ningún tipo. Luego pasa las películas a los que se han pegado y les pregunta que por qué han hecho eso, que qué sentían cuando se estaban peleando e insultando. Me pregunta si he visto la película La ciudad de Dios. Le digo que sí, que es un filme sumamente interesante dirigido por Fernando Meirelles y Katia Lund, que es una película social realizada con actores no profesionales de las favelas de Río de Janeiro. Me doy cuenta de que es esa precisamente la dirección que quiere seguir Ayoub con su cine y su teatro. Teatro y cine como documentos sociales, como taller de agitación social, un arte implicado en la vida y en la realidad social que estamos viviendo…

Reflexiono sobre esta mañana, tan semejante a otras, y advierto que material no falta para una película de tema social ambientada en un barrio como éste, con unos alumnos como estos, con unos conflictos como estos. Me doy cuenta de por qué aspectos académicos de nuestro trabajo pasan tan a segundo plano en nuestras clases; de por qué la escuela “social” devora a la "escuela del conocimiento". Sin duda, ser realizador de cine en un lugar como éste no deja de ser una oportunidad por ser un observatorio de la realidad social de un barrio periférico ácido y fresco. El profesor respira resignado y reconoce que muchos aspectos relativos a la enseñanza están puestos en cuestión porque la realidad social es más fuerte que nuestros proyectos. Sólo algunos alumnos, una ínfima minoría, se salvan de esta debacle y son buenos estudiantes. Pero hemos de trabajar para todos y es difícil conciliar las necesidades de alumnos aplicados con las necesidades sociales de una buena parte de los que asisten a las clases. Otros muchos se columpian y se aprovechan de la situación. De ahí la fascinación del profesor, de ahí su congoja, de ahí sus contradicciones, de ahí su voluntad de dejar constancia en este blog.

Recuerdo la película –extraordinaria- de Zang Yimou Ni uno menos. Es la historia de una maestra sustituta de catorce años que tiene que reemplazar a un profesor rural que debe ausentarse durante un mes de la pobre escuela donde imparte clases. Para poder cobrar, no debe perder a ninguno de sus alumnos. Uno de ellos se marcha a la ciudad y ella lo seguirá hasta el final porque no puede consentir que su escuela pierda ni a uno solo de sus alumnos. Es emocionante y llena de vida.

sábado, 13 de mayo de 2006

Autoestima


Ya sabemos que desde el punto de vista freudiano y lacaniano el yo no existe como unidad. Es un conjunto de impulsos contradictorios que tienen como referente el proceso de adaptación a la realidad, una entidad si cabe más compleja todavía. El yo es complejo pero la realidad lo es también en un mundo en continua evolución y transformación. En nuestra época de cambios acelerados predomina el “yo débil” por ser el más adaptado al mundo que lo rodea y el que más representa el componente narcisista del yo inasible y múltiple.

Pienso en mis alumnos. Siempre son mi punto de referencia en estos post fruto de la reflexión educativa. Pienso en los programas que reciben que tienen como eje el fomento de la autoestima. Parecería que ese yo débil, tan hábil para adaptarse al mundo cambiante en que vivimos, padece una tara estructural. Nunca como en estos últimas dos décadas se ha hecho tanto hincapié en el fortalecimiento de la autoestima. Nuestros yoes fragmentados y contradictorios parecen padecer una falta de aprecio. No nos queremos lo suficiente. En nuestro conflicto con el mundo, nuestro pobre yo es un minusválido que necesita constantemente de vitaminas y tratamientos para poder resistir el estrés de la existencia con sus contradicciones inherentes.

Mis tutorandos han recibido este curso varias sesiones de fomento de la autoestima: conocimiento de ellos mismos como grupo y sus relaciones internas, la expresión de los sentimientos y enriquecimiento de las relaciones interpersonales mediante ejercicios de raíz guestáltica que buscaban promover el aprecio a ellos mismos.

Supongo que la intención era buena, pero la realidad conflictiva del grupo ha hecho que los frutos del programa hayan sido escasos y su influencia, superficial. Desde el punto de vista de los educadores y monitores que han desarrollado la experiencia, todo conflicto lleva en el fondo un déficit de autoestima. Agredimos porque tenemos miedo, atacamos porque, en el fondo, nos defendemos; en conclusión, no nos queremos lo suficiente. La agresión es una forma de defenderse el yo, que se siente acosado interna o externamente.

Mis lectores conocen ya algunos de los conflictos que se han vivido en el grupo del que soy tutor. Uno de mis puntos de referencia más apreciados es mi alumna bereber Hafida. Es un prodigio de sensibilidad y de inteligencia que ha sido acosada y maltratada por un grupo de alumnas autóctonas de la clase que no tienen ninguna conciencia de ser acosadoras. En Hafida encuentro una extraordinaria capacidad de comprensión humana, así como conocimiento de ella misma y de la realidad hostil en que tiene que desenvolverse. Sabe que es agredida, pero no pierde la fe y la confianza en ella misma y en la realidad. No veo que lo que se desprenda de su experiencia sea resentimiento. Más bien la veo consciente de las graves limitaciones intelectuales de sus compañeras.

En uno de los ejercicios finales del curso en relación a la autoestima, los alumnos tenía que dedicar elogios a un compañero que les había correspondido por azar. A Hafida le tocó una alumna harto difícil. Era complicado dedicarle algún elogio por su carácter espinoso y agresivo. Es una alumna que sufre trastornos emocionales que la llevan a ser muy desagradable. Ha sufrido el abandono del padre a una edad en que lo necesitaba. Ahora se encuentra desnortada y su comportamiento es enrevesado y desquiciado. Hafida tenía que dedicarle un piropo, unas palabras cálidas, pero ella no sabía los condicionamientos vitales de la alumna. Vamos a llamarla Sandra. Me pidió discretamente ayuda pues se vio en un brete. ¿Qué podía decir agradable de ella cuando Sandra ha sido una de las alumnas más ofensivas de la clase? Me acerqué a ella, vi su mirada anhelante de una respuesta. Sabía que tenía que escribir algo positivo pero no sabía qué. Le susurré tres palabras, justo las que necesitaba: “Abierta, sincera y emotiva”. Se las apuntó y me miró con agradecimiento. Cuando le tocó el turno, toda la clase esperó en silencio mirando a Hafida. ¿Qué diría de Sandra, la raspa de Sandra? Hafida dudó pero al final leyó los tres adjetivos sugeridos que fueron como flechas cordiales lanzadas al corazón de una muchacha necesitada de cariño pero agresiva en sus formas. “Abierta, sincera, emotiva”. La clase miró a Hafida con admiración, pero lo mejor fue que Sandra se levantó y le dijo a la muchacha bereber que la miraba sorprendida: ¡te voy a dar dos besos! Gracias. Dicho y hecho. Sandra le dio dos sonoros besos y abrazó a Hafida que se sintió azorada. Probablemente era el primer gesto de afecto explícito que había recibido en todo el año por parte de una de sus compañeras.

Fue un momento solemne y emocionante. También sorprendente. Tenía trampa porque yo había sido el inductor, pero el objetivo era bueno y dio resultado. Por otra parte, Hafida tuvo la suficiente inteligencia emocional para darse cuenta de que no podía quedarse callada o decir cualquier banalidad. Lo que dijera tenía que tener sustancia y me pidió ayuda. La vida está hecha de pequeños momentos que alcanzan a veces gran intensidad. Este fue uno de ellos. Probablemente no arregle nada en el problema de fondo de la clase, pero fueron unos instantes hermosos en este enrevesado drama de yoes débiles necesitados de autoestima y de afecto, a pesar de todo.

martes, 9 de mayo de 2006

Fiat lux


Me he propuesto escribir un post cada dos o tres días. Para ello voy con una pequeña libreta tomando notas de ideas que se me ocurren y que luego intento completar y enriquecer. A veces son los propios alumnos los que me hacen que se me encienda un destello y me sugieren un tema. Así fue cuando escribí “Hip hop en las aulas”. Una alumna había acabado el examen y empezó a escribir artísticamente su nombre de diferentes formas en la pizarra. Reflexioné sobre ellos y me salió un post. En muchas ocasiones un suceso trivial o una idea me viene a la cabeza y luego la voy perfilando.

Sin embargo, hoy estoy seco de ideas. Deambulaba por mi instituto y advertía que no tenía ningún tema candente sobre el que escribir. He dado mis clases a la hora prefijada y he salido de cada una de ellas con un estado de ánimo particular. Más o menos contento y animado en la de bachillerato aunque hoy me ha faltado a clase -porque se ha dormido- un alumno que parece tener “ideas” e interviene con cierta agudeza en las clases. Me ha sorprendido y decepcionado su ausencia. Pensaba que la clase de literatura le gustaba, pero hoy se ha dormido. Lo he visto a la hora siguiente.

En la hora de guardia he estado corrigiendo dossieres de los alumnos y he podido avanzar faena. Para completar la mañana dos clases más con tercero de ESO que me han dejado un sabor agridulce. Nunca puedes esperar demasiado pero a veces te confías y dejas que te deprima un mal resultado del trabajo previsto. El profesor se ve sometido a subidas y bajadas de estados de ánimo. Nuestro trabajo es una tarea de resistencia psicológica.

Pero ha avanzado la mañana y seguía sin tener un tema para desarrollar y exponer a mis amables lectores. Entonces me he dado cuenta de que un curso es un proceso y un centro escolar es una mezcla de mecanismo rutinario y de espacio teatral. Se trata de ocupar un lugar en la hora correspondiente y resistir con más o menos entusiasmo, con más o menos éxito. Los minutos van pasando y la clase con mayor o menor acierto se va representando. Las horan van sucediéndose, los días del calendario van cayendo, los meses avanzan y ya estamos, tras la Semana Santa, en la recta final del curso y ya se presiente un nuevo final del ciclo docente. Acaba la temporada teatral.

Muchas clases son un tour de fuerza entre la voluntad del profesor de avanzar y la resistencia de los alumnos a hacerlo. Lo que se oye más frecuentemente es que “estamos cansados”. El caso es que actúan en consecuencia y trabajan en general con desgana y falta de aplicación. Hay maravillosas excepciones, claro está, excepciones que muchas veces son objeto de burla o sarcasmo por parte de la parte de la clase más haragana. Si un buen alumno comete un error es abucheado o se oye irónicos comentarios sobre lo listillo que es.

El curso avanza, el mecanismo (la función) progresa adecuadamente. El profesor en la Secundaria ha mostrado durante estos meses su intimidad, su estado interior, sus esperanzas y desesperanzas, su euforia, su sensación de fracaso en ocasiones, sus recuerdos de una vida docente en otras. No tiene mayor riqueza que su práctica diaria y su memoria. Un día entró en una clase hace veinte años, tras tomarse una copa de anís, y las generaciones han ido sucediéndose sin prisa pero sin pausa. Cada curso es un ciclo completo, un renglón de la vida docente. El material con el que trabaja el profesor es humano y, por tanto, contradictorio, complejo, y a esta edad extraordinariamente vital. La vitalidad no falta a nuestros alumnos. Quizás sea sea esa sobreabundancia de vida la que les hace ser tan inquietos, tan díscolos, tan poco escolares. Sin embargo, el sistema refuerza esa inmadurez, esa falta de asumir el futuro –pienso- o quizás sea esa necesidad de vivir momentos aislados como instantes llenos de emoción lo que lleva a esta deriva de irresponsabilidad y, paradójicamente, de apatía. No sé, hoy miro el panorama desde mi atalaya, ya a media vida y a final de un curso y no sé si mis certezas exceden a mis incertezas o es al revés.

El escenario está en penumbra. Suena el timbre. Llegas con puntualidad a clase. El caos está en su apogeo, la entropía domina el patio de butacas. Con gesto seguro te plantas en medio de la clase, frente a los alumnos, les miras fijamente. Confías en que tu gesto firme termine acallando los gritos, paliando el desorden y la desorganización de las mesas (todas llenas de grafittis y escritos alusivos a ellos mismos)… Miras las persianas rotas, las paredes desconchadas y pisoteadas, la puerta desencajada, los papeles tirados por el suelo… El griterío amaina, ahora son voces sueltas, alumnos que deambulan de un lado a otro. Es cuestión de minutos. Esperas. Sigues impasible. De pronto, las voces y alaridos van decreciendo, cada vez son más aislados hasta que llega un silencio total sólo interrumpido por las voces del patio o del pasillo por el que circulan alumnos descolocados. Vale, estamos en disposición. El profesor (el actor) se dice: ¡Fiat lux! y da un paso al frente…

sábado, 6 de mayo de 2006

Un mensaje desde la distancia


La enseñanza es una profesión paradójica y extraña: es como cuenta aquella historia de San Agustín que me explicaban en el mal recordado colegio religioso en el que estudié durante nueve nefastos años: un niño había hecho un pequeño pozo en la arena de la playa e intentaba meter en él toda el agua del mar. Aquello era tan imposible como entender el dogma de la Santísima Trinidad –nos decían-. Así es nuestra profesión: una profesión humanista llena de esperanza pues queremos transmitir un conjunto de conocimientos y valores a unos alumnos en una fase de expansión de su vida. Son conocimientos que han fundamentado nuestra existencia. En mi caso es la literatura, y la lengua en un obligado segundo lugar; por otro lado, está la desesperanza pues te das cuenta que la vida de tus alumnos camina por senderos a los que tú no tienes acceso y todas tus enseñanzas en buena parte caen en saco roto. Esta ha sido siempre la historia de la escuela. Una institución contradictoria; para algunos, represiva y desmotivadora; para otros, un lugar fundamental para el aprendizaje de la vida.

En la escuela se aprende convivencia pero también mucha crueldad. Para algunos la escuela es una etapa a olvidar. Posteriormente llega a ciertas personas la fiebre del deseo de conocimiento y es entonces cuando se inicia un camino de autoaprendizaje hecho a base de grandes esfuerzos. Nada puede suplir al ansia personal.

Entre tanto en las aulas parece que los entretengamos: tenemos la sensación de dejar ir pasando las horas sin ningún trascendencia, así son de reacios a lo que les estamos explicando. A primera hora están dormidos, a última están demasiado cansados, después del patio están alterados y por la tarde no están por la tarea. Llegas al aula y pretendes explicarles un tema, por ejemplo el de la narrativa española en el siglo XVI y como ejemplo máximo El Lazarillo de Tormes publicado en 1554. Consigues, tras muchos esfuerzos, un clima de cierta atención y les repartes el texto de El Lazarillo para que conozcan las andanzas de Lázaro con el ciego y el clérigo de Maqueda. Se lo haces leer en voz alta y tú vas desgranando el sentido que a ellos se les escapa. Les explicas con entusiasmo punto por punto las circunstancias del protagonista y el significado de las tretas del muchacho nacido a orillas del río Tormes. Parece funcionar. Pones toda la carne en el asador, te dejas la piel en el intento. Les relees fragmentos que han quedado oscuros. Ellos parecen interesados y la clase –el tiempo- va transcurriendo. Al final te quedas con la duda de si algo de lo leído habrá calado en ellos, si algo de tus comentarios sobre la novela, la época o el peligro que suponía para el autor sus reflexiones sobre los estamentos eclesiásticos habrá traspasado su dura piel ya blindada ante el conocimiento y los datos inútiles.

Vas por los pasillos entre clase y clase. Has salido con una sensación ambivalente. De pronto una profesora te para y te da noticias de una antigua alumna, una alumna de la que recuerdas el nombre pero cuyas características en buena parte se te escapan. Dicha alumna te envía recuerdos y un mensaje. Fuiste su profesor hace siete u ocho años. Ha pasado mucho tiempo. Te hace saber, a través del mensajero, que tú como profesor la marcaste, que tus clases le resultaron inolvidables, que entre todos los profesores del instituto te recuerda a ti especialmente. Sientes mariposas dentro del estómago. Intentas recordar a aquella alumna pero a partir del nombre no se iluminan el conjunto de sus circunstancias. Algo ha cambiado en esa tarde casi anodina. Un comentario fugaz te ha puesto en un lugar privilegiado en el recuerdo de alguien al que diste clase como a estas fierecillas que ahora te están esperando en el aula. Llevas veinticinco ejemplares de El Lazarillo de Tormes. Siempre te entregas. En esta profesión es fundamental e inevitable, pero ahora es como si volaras y subieras las escaleras lleno de energía renovada. Volverás sobre las andanzas de Lázaro de Tormes con un hervor que nadie sabrá interpretar. Para muchos serás un plasta, para otros serás un profesor indiferente, para otros, en cambio, aunque esto se produzca una vez en cada promoción, serás un profesor imprescindible, tus palabras serán recordadas y en su vida serás un punto de referencia.

Nunca sabemos con exactitud el peso de nuestras palabras. Sabemos lo que ponemos en ellas. Siempre mucho, pero la sensación de la inanidad te invade en muchas tardes que parecen eternas y en las que nadie parece prestarte ninguna atención. Tú luchas con tus dudas, con su apatía, con su falta de interés, con su agotadora adolescencia… Acaba la clase, haces que se pongan las sillas en su sitio. Todo el mundo siente una liberación de que aquello por fin se haya acabado. Mañana será otro día. Ahora queda la calle y el camino a casa. Respiras hondo con una mezcla de orgullo y resignación. Eres como un personaje teatral que representa su papel en el escenario menos gratificante que existe. Es necesaria mucha resistencia psicológica y a veces no se tiene la suficiente. Dudas, te tambaleas, eres como un tentetieso que cae y ha de levantarse de nuevo… Sabes que mañana habrá de seguir el juego. A veces también hay días buenos y tú estás más fuerte. Dichosa fragilidad humana.

Gracias, Miriam, desde la distancia

lunes, 1 de mayo de 2006

El deseo de sentir


Con frecuencia este profesor se interroga sobre la evolución de la sociedad en que vive y sobre los cambios que se han operado en los alumnos a los que imparte clase. Es consciente de que en los últimos diez años se han producido cambios trascendentales en la ideología y comportamiento de las nuevas generaciones que llegan a la escuela, que no son una parte aislada de la sociedad. La escuela es un espejo de la misma. Nuestros alumnos, cada vez más diversos y complejos, nos plantean retos y nos obligan a nuevos planteamientos educativos.

Para intentar entender nuestra época, he recurrido al lúcido análisis de Michel Maffesoli, catedrático de la Sorbona, relevante sociólogo y director del Centro de Estudios de lo Actual y lo Cotidiano, en París, y el Centro de Investigaciones sobre lo Imaginario en Grenoble. Es autor de libros conocidos como El tiempo de las tribus, Elogio de la razón sensible, El instante eterno o El ritmo de la vida. Su escritura tiene un prodigioso poder de seducción y sus análisis de la sociedad occidental han sido anticipadores respecto a la rebelión de las bandas organizadas en los suburbios de Francia en el otoño pasado.

Veamos algunos puntos de vista del sociólogo francés:

- Para Maffesoli la política ha llegado en las sociedades occidentales a un grado de saturación que implica que las formas de convivencia elaboradas en los tres siglos anteriores han entrado en profunda crisis. Es necesario, según él, buscar otra forma de socialización. El signo de los nuevos tiempos es no guardar para el futuro, es el conocido Carpe diem, "el aquí y el ahora". Los jóvenes no quieren posponer la posibilidad de vivir inmediatamente el instante pleno y en su totalidad. Es la idea de placer inmediato sin dilación. No sabemos si existe otro mundo sea político o religioso. Aspiramos al instante eterno. No en una gran eternidad sino en un pequeño momento.

- Vivimos en una época dionisiaca y trágica dominada por las pasiones y las emociones más que por la razón compartida. A los nuevos ciudadanos les gusta reunirse para compartir sentimientos bien sea musicales, deportivos, religiosos, nacionalistas o consumistas…

- Es una época de relativismo que tiene el sentido de “relacionar valores”. Ese relativismo intelectual es una forma de racionalizar el multiculturalismo y el politeísmo. Hay dioses por todas partes. Ya no hay un dios único sino una multiplicidad de dioses, no hay una interpretación única sino múltiples interpretaciones cada una con sus valores particulares. Es una época sincrética.

- Surgen las tribus urbanas que permiten el sentimiento de pertenencia aunque estas tribus a veces son destructivas. Este sentimiento de pertenencia puede ser perverso, es múltiple y complejo. “Pero es un sentimiento de pertenencia que se centra en los sentidos, en lo sensible, en las sensaciones”. Es lo que Maffesoli ha llamado el “orgiasmo”. A la gente le gusta agruparse para compartir cementos emocionales y no racionales.. El individuo se pierde en el grupo, en la tribu.

- Ya no existe lo que debería ser o lo que podría ser. Sólo existe lo que es. "Es lo que hay" es el eslogan de la postmodernidad. Los focos culturales son múltiples y mestizos. Se produce el multiculturalismo en el interior de nuestras sociedades. Es una época bárbara y politeísta en la que los dioses son una mezcla de todas las tradiciones orientales: un poco de zen, otro poco de budismo tibetano, un poco de candomblé brasileño, otro poco de música africana…

- La violencia aparece porque las sociedades necesitan expresarla de una manera ritualizada. La sociedad aséptica, sin conflictos, a que habíamos aspirado además de terriblemente aburrida es un fracaso. El tedio es insoportable en una sociedad que aspira al horizonte único de la seguridad. Las tribus urbanas, la violencia, es la respuesta de los jóvenes a la asepsia de la existencia.

- En la postmodernidad se construye a base de retales, como un mosaico. Es el reino de la heterogeneidad. El ideal del uno está totalmente desfasado. Hay que acostumbrarse a vivir con la complejidad, la multiculturalidad, hay que plantearse cómo integrarla en una especie de ideal comunitario que no es el ideal democrático que han fundamentado nuestras sociedades.

- Frente al sedentarismo de la modernidad y el temor a lo transitorio, la nueva sociedad emergente busca nuevas formas de nomadismo: tribus urbanas, diversificación religiosa, el deambular por internet, el vagabundear por centros comerciales, el creciente turismo, el uso de drogas, los deportes de aventura, la “varianza sexual”, y en general en todo lo que signifique otro lugar físico o virtual. El encierro de la modernidad ha provocado un ansia de infinito, un deseo de evasión, una pulsión migratoria. En definitiva, una rebelión que es una herejía contra todo lo instituido.

- Para Maffesoli, del que hemos ido desgranando algunos retazos de sus líneas de pensamiento, nuestra sociedad ha ido experimentando un proceso de orientalización y nuestros sistemas de interpretación han quedado caducos para entender lo que está pasando. Es como si la realidad desconcertante desafiara el esquema de análisis tradicional en unas sociedades que han buscado la seguridad como valor básico. Esto las ha convertido en sociedades del tedio y en ellas se produce una rebelión desde la base. En el choque de estas dos concepciones, la "moderna" -ya tradicional- y la que emerge en este nuevo mundo de relaciones sociales, se encuentran nuestras sociedades.

El debate queda abierto, pues. Coincido en grandes líneas con su análisis pero veo que la interpretación queda demasiado abierta. No sé adónde nos conduce esta sociedad orgiástica y dionisiaca, amante de lo transitorio y del instante eterno, nómada y multicultural. Es lo que hay podría responder alguien ¿no? Sin embargo, percibo en ella tanto grandes oportunidades como grandes peligros.

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