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lunes, 1 de mayo de 2006

El deseo de sentir


Con frecuencia este profesor se interroga sobre la evolución de la sociedad en que vive y sobre los cambios que se han operado en los alumnos a los que imparte clase. Es consciente de que en los últimos diez años se han producido cambios trascendentales en la ideología y comportamiento de las nuevas generaciones que llegan a la escuela, que no son una parte aislada de la sociedad. La escuela es un espejo de la misma. Nuestros alumnos, cada vez más diversos y complejos, nos plantean retos y nos obligan a nuevos planteamientos educativos.

Para intentar entender nuestra época, he recurrido al lúcido análisis de Michel Maffesoli, catedrático de la Sorbona, relevante sociólogo y director del Centro de Estudios de lo Actual y lo Cotidiano, en París, y el Centro de Investigaciones sobre lo Imaginario en Grenoble. Es autor de libros conocidos como El tiempo de las tribus, Elogio de la razón sensible, El instante eterno o El ritmo de la vida. Su escritura tiene un prodigioso poder de seducción y sus análisis de la sociedad occidental han sido anticipadores respecto a la rebelión de las bandas organizadas en los suburbios de Francia en el otoño pasado.

Veamos algunos puntos de vista del sociólogo francés:

- Para Maffesoli la política ha llegado en las sociedades occidentales a un grado de saturación que implica que las formas de convivencia elaboradas en los tres siglos anteriores han entrado en profunda crisis. Es necesario, según él, buscar otra forma de socialización. El signo de los nuevos tiempos es no guardar para el futuro, es el conocido Carpe diem, "el aquí y el ahora". Los jóvenes no quieren posponer la posibilidad de vivir inmediatamente el instante pleno y en su totalidad. Es la idea de placer inmediato sin dilación. No sabemos si existe otro mundo sea político o religioso. Aspiramos al instante eterno. No en una gran eternidad sino en un pequeño momento.

- Vivimos en una época dionisiaca y trágica dominada por las pasiones y las emociones más que por la razón compartida. A los nuevos ciudadanos les gusta reunirse para compartir sentimientos bien sea musicales, deportivos, religiosos, nacionalistas o consumistas…

- Es una época de relativismo que tiene el sentido de “relacionar valores”. Ese relativismo intelectual es una forma de racionalizar el multiculturalismo y el politeísmo. Hay dioses por todas partes. Ya no hay un dios único sino una multiplicidad de dioses, no hay una interpretación única sino múltiples interpretaciones cada una con sus valores particulares. Es una época sincrética.

- Surgen las tribus urbanas que permiten el sentimiento de pertenencia aunque estas tribus a veces son destructivas. Este sentimiento de pertenencia puede ser perverso, es múltiple y complejo. “Pero es un sentimiento de pertenencia que se centra en los sentidos, en lo sensible, en las sensaciones”. Es lo que Maffesoli ha llamado el “orgiasmo”. A la gente le gusta agruparse para compartir cementos emocionales y no racionales.. El individuo se pierde en el grupo, en la tribu.

- Ya no existe lo que debería ser o lo que podría ser. Sólo existe lo que es. "Es lo que hay" es el eslogan de la postmodernidad. Los focos culturales son múltiples y mestizos. Se produce el multiculturalismo en el interior de nuestras sociedades. Es una época bárbara y politeísta en la que los dioses son una mezcla de todas las tradiciones orientales: un poco de zen, otro poco de budismo tibetano, un poco de candomblé brasileño, otro poco de música africana…

- La violencia aparece porque las sociedades necesitan expresarla de una manera ritualizada. La sociedad aséptica, sin conflictos, a que habíamos aspirado además de terriblemente aburrida es un fracaso. El tedio es insoportable en una sociedad que aspira al horizonte único de la seguridad. Las tribus urbanas, la violencia, es la respuesta de los jóvenes a la asepsia de la existencia.

- En la postmodernidad se construye a base de retales, como un mosaico. Es el reino de la heterogeneidad. El ideal del uno está totalmente desfasado. Hay que acostumbrarse a vivir con la complejidad, la multiculturalidad, hay que plantearse cómo integrarla en una especie de ideal comunitario que no es el ideal democrático que han fundamentado nuestras sociedades.

- Frente al sedentarismo de la modernidad y el temor a lo transitorio, la nueva sociedad emergente busca nuevas formas de nomadismo: tribus urbanas, diversificación religiosa, el deambular por internet, el vagabundear por centros comerciales, el creciente turismo, el uso de drogas, los deportes de aventura, la “varianza sexual”, y en general en todo lo que signifique otro lugar físico o virtual. El encierro de la modernidad ha provocado un ansia de infinito, un deseo de evasión, una pulsión migratoria. En definitiva, una rebelión que es una herejía contra todo lo instituido.

- Para Maffesoli, del que hemos ido desgranando algunos retazos de sus líneas de pensamiento, nuestra sociedad ha ido experimentando un proceso de orientalización y nuestros sistemas de interpretación han quedado caducos para entender lo que está pasando. Es como si la realidad desconcertante desafiara el esquema de análisis tradicional en unas sociedades que han buscado la seguridad como valor básico. Esto las ha convertido en sociedades del tedio y en ellas se produce una rebelión desde la base. En el choque de estas dos concepciones, la "moderna" -ya tradicional- y la que emerge en este nuevo mundo de relaciones sociales, se encuentran nuestras sociedades.

El debate queda abierto, pues. Coincido en grandes líneas con su análisis pero veo que la interpretación queda demasiado abierta. No sé adónde nos conduce esta sociedad orgiástica y dionisiaca, amante de lo transitorio y del instante eterno, nómada y multicultural. Es lo que hay podría responder alguien ¿no? Sin embargo, percibo en ella tanto grandes oportunidades como grandes peligros.

4 comentarios :

  1. “Cada vez somos más los que creemos menos en tantas cosas que llenaron nuestras vidas”, escribió Julio Cortázar, porque cada vez son más las utopías que han caído y los modelos que han perdido su credibilidad, de hecho los españoles como los japoneses en quien menos creen son en los políticos y en los religiosos, entre otras razones porque no dan repuesta al sentido de la existencia. Pero era algo que se veía venir porque el ‘yo’ está agotado y sólo queda aspirar al instante, a una suma de momentos que no tienen por qué estar vacíos de contenido.

    Por otra parte pensar que pueda haber una solución definitiva al problema de la realidad no parece algo factible. El mundo seguirá en conflicto permanente y se buscará la seguridad que conduce al tedio y a la decadencia, propio de una sociedad opulenta, saciada de todo menos de morbo.

    Además parece lógico que en un mundo tan comunicado se produzca el mestizaje de culturas y se relativice todo, porque los valores absolutos han cedido ante el análisis de otras existencias.

    ¿Hay escapatoria? Supongo que se generarán mecanismos que contrarresten ciertas tendencias en esos movimientos pendulares que tiene la historia. Pero lo que no se puede borrar es la carga de conciencia adquirida, necesaria para reforzar nuestra endeblez existencial.


    http://elsexodelasmoscas.bitacoras.com

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  2. Confieso que soy alérgico a la sociología. Tal vez esta disciplina tenga hechas aportaciones sólidas que cimenten su pretensión de cientificidad o sensatez —pero se han publicitado poco. Por el contrario, cada vez que oigo o leo a algún sedicente sociólogo (no necesariamente al repulsivo Amando de Miguel, sociológo por antonomasia), mi aprensión no hace sino aumentar. Este francés, por ejemplo, parece que dice todo pero no acaba diciendo nada. Su planteamiento es, sin rubor, contradictorio: 'hay lo que hay', con olvido de cualquier otro paisaje —y unas pocas líneas después, todo es un escapar hacia otra parte. Somos politeístas, nos dice (ya quisiéramos), pero están en auge las identidades excluyentes, monoteístas y monotemáticas.
    Otras cosas que a uno le saltan como clave no aparecen: el descenso de la capacidad de atención, el abigarramiento de sensaciones (mil especias en el mismo sandwich), el camino a la pureza a través de la anorexia, la recuperación inesperada de la poesía oral (hip-hop), el pánico al SIDA, la mentalidad Internet-gratistotal (y el consiguiente odio a las SGAEs de turno). Total, que un brain-storming de éstos lo hace cualquiera —y a mí no me convence más el de Maffesoli que el mío o el de mi vecino. Con perdón.

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  3. Lo que él describe me suena más a la actitud de la juventud en todas las épocas que a la representación de un movimiento social. Así eran, me parece a mi, los jóvenes de los 90, los de los 80, los de los 70 (sobre todo ellos)... O sea, es algo que por lo menos sucede por un buen rato... Yo recuerdo en los 80, esa sed de actividad que sufría, me iba con los amigos a la ciudad, a dar vueltas por las tiendas, a pulular, a hacer nada... Pero si vieras ahora mis amigos de ese tiempo: la mayoría padres de familia, que van y vienen del trabajo a la casa. No venía una revolución con esas actitudes, sino una lenta y larga adaptación.

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  4. SALUDOS PROFESOR. Muy interesante la bitácora

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