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viernes, 30 de diciembre de 2005

Bangkok


Llegué a Bangkok tras varios meses en Indonesia. Se aproximaba la Navidad. En Europa reinaba el invierno mientras que en Thailandia estábamos en una época calurosa y húmeda. Mi primer encuentro con la ciudad fue emocionante. ¡Qué belleza de ciudad comparada con las destartaladas ciudades indonesias! Bangkok recibe en nombre de Krungthep que quiere decir “la ciudad de los ángeles”. Es la moderna Aytthaya, antigua capital del reino.

Pasear por sus calles es sumergirte en un río humano, incesante y caótico, lleno de brillantes espectáculos visuales y aromáticos. Las arterias principales tienen un tráfico muy intenso. Los tuk-tuk llevan viajeros a todas partes de la ciudad. Son taxis pequeños en los que vas tragando el humo de todos los tubos de escape. La multitud te rodea por doquier y en cualquier parte se vende cualquier cosa. Es una ciudad esencialmente comercial, como todas las ciudades orientales; llena de vida y de humanidad como la que hace tiempo que hemos perdido en nuestras ordenadas y aburridas ciudades occidentales.

El río Chao Praya vertebra la ciudad. Tiene un sistema de subcanales donde viven decenas de miles de personas en pequeñas barcas y donde hay mercados flotantes donde se pueden comprar alimentos. Del mismo modo, se puede alquilar un taxi para visitar la ciudad acuática.

Conocía a Chinda durante mi visita al Wat Phra Kaew, el buda esmeralda, el más preciado de Thailandia. Chinda era un novicio budista que estudiaba en un monasterio, cercano a Bangkok. Nos hicimos amigos y me acompaño varios días en mi visita a la ciudad infinita, llena de templos, templetes, imágenes de buda, stupas dorados, palacios reales... Hablábamos en inglés. Chinda tenía catorce años y vestía con la característica túnica azafrán y llevaba la cabeza rapada. Hablamos de nuestros modos de vida. Él estudiaba en el monasterio desde que tenía seis años. Cuando tuviera dieciocho tendría que tomar la decisión de seguir y ordenarse como monje o dejar su vida monacal e integrarse en la vida normal. Para él era una decisión crucial. Yo le provocaba cuando veíamos a algunas muchachas y le preguntaba si no le gustaban. Él se sonreía y me hacía con un gesto que era mejor no hablar de ese tema. ¿Pero te gustan o no? Sonreía y me hizo el gesto que sí, que le atraían pero que no debía pensar en eso.

Chinda y yo hablamos de las “cuatro nobles verdades” que fundamentan el budismo, transmitido desde Buda, “el iluminado”. El budismo se ha preocupado esencialmente por el sufrimiento y las causas que llevan a él. No se ha interrogado sobre cuestiones trascendentales ni metafísicas. El budismo es esencialmente práctico y no se pregunta sobre la existencia de Dios o la vida después de la muerte. Son cosas a las que no tenemos acceso por lo que no tiene sentido planteárselas. La verdadera y única cuestión fundamental del budismo es el sufrimiento y las vías que podemos recorrer para hacerlo cesar.

Según las eseñanzas búdicas, toda existencia es sufrimiento. No podemos evitarlo. Forma parte inevitable de la vida. La causa del sufrimiento proviene del deseo o apego y la ignorancia. Es decir, la búsqueda del placer, el sentirse superior a los demás seres, la envidia de ver que alguien es superior o mejor en algo te llevan a sufrir. Sin embargo, todo es impermanente y todas las cosas de este mundo son interdependientes. La liberación no puede venir sino del "no apego", del abandonar el deseo que causa insatisfacción. La verdad última es el vacío, la sabiduría de la vacuidad, todo es ilusión, los sucesos, los deseos no tienen sustancia, por lo que es inútil apegarnos a ellos. Este es el verdadero corazón del Dharma.

El camino que lleva a la cesación del sufrimiento es el octuple sendero: la comprensión correcta, el pensamiento correcto, la actitud correcta, la palabra correcta, la acción correcta, la ocupación correcta, el esfuerzo correcto y la concentración correcta. Desear tan sólo el propio despertar. Es el llamado “camino de en medio”.

Chinda y yo no hablábamos de esto más que a breves retazos. Él era esencialmente un adolescente risueño y divertido que me fue enseñando la ciudad. Me impresionaron muchas cosas pero en especial el gigantesco buda reclinado que expresaba una extraordinaria serenidad lejos del Cristo sufriente y doloroso que es la base de nuestra civilización cristiana. Un día me propuso ir a conocer a su maestro. Acepté y me llevó en autobús a su monasterio, un lugar de concentración y meditación donde sonaban gongs y sonidos armoniosos de metal y madera que marcaban el discurrir de los ritos y las horas. El aire agitaba colgantes que hacían que el espíritu se hiciera sensible. Su maestro me enseñó a practicar la meditación en el templo. Estuvimos sentados "en medio loto" durante una hora. No puedo decir que me concentrara demasiado. Los pensamientos me asaltaban continuamente. Me dijo que los dejara pasar, eran nubes que atravesaban la gran montaña inmóvil, eran olas en la superficie cuando el fondo estaba en calma, debía concentrarme en el aquí y en el ahora, dejar pasar, todo es ilusión…

Mi estancia en Bangkok en esta ocasión estuvo entrañablemente unida a la persona de aquel muchachito que me dio su afecto y amistad, Chinda. No sé si se habrá convertido en monje o habrá dejado la vida monacal. No sé, que sea lo mejor para él. Los monjes en Thailandia son mantenidos por la comunidad. Salen por la mañana con sus escudillas para que la gente les dé comida. Es su única alimento durante el día. El pueblo de Thailandia mantiene a sus monjes porque son la columna vertebral de su espiritualidad, son como el alma de su sociedad.

Otra costumbre terrible es que en muchas familias de las montañas, una hija es vendida como prostituta a los burdeles de Bangkok y otro hijo es destinado a monje. Es la pobreza la que causa esta dualidad. En thailandés “prostituta” no tiene un significado negativo. Significa “la que trae comida a casa”.

Chinda, donde quiera que estés, te deseo que tu camino sea iluminado por esas cuatro nobles verdades que me explicaste. Yo a mi manera también las he buscado. Durante varios años practiqué zen e intenté comprender la imagen de la montaña atravesada por las nubes. Nada tiene consistencia. Nos aferramos a las ilusiones y estas nos causan dolor. Es la rueda del karma.

miércoles, 28 de diciembre de 2005

Balí


Con acento en la i, no al modo inglés con que es conocido. Como no puedo viajar en estas vacaciones y para relajarme rememoro retazos de viajes que hice en el pasado, que siguen estando frescos en mi retina.

Mi estancia de casi un mes en Balí fue de lo más sereno en mi viaje a Extremo Oriente. Un viajero va demasiado deprisa, no tiene tiempo de armonizarse con el tiempo de las regiones que pisa. Nunca he querido irme a un país lejano para una estancia de una semana. Sé que es imposible adquirir mínimamente el sentido del tiempo necesario para intentar comprender algo de la cultura que visitas. El turismo es demasiado rápido y superficial.

¿Qué recuerdo de Balí? El cultivo en terrazas curvas y sus arrozales perfectos de un equilibrio y proporción bellísimos. En ellos se reflejaban las altísimas palmeras al atardecer cuando las mujeres iban a los ríos para bañarse. Las normas de buen comportamiento dictaban no hacerles fotos en esos momentos íntimos. Recuerdo las ofrendas matutinas a los dioses. Toda la isla se llenaba de pequeños cestillos de palma con pequeñas cantidades de arroz o de dulces que luego las gallinas picoteaban. Recuerdo las ceremonias nocturnas e infinitas en los templos, lugares de convivencia y relación con los dioses. Todo era relajado en Balí. No te sentías extraño en ningún sitio. En todos eras bien recibido.

El atardecer era un momento solemne tras un día de calor agobiante. Entre las dos y las cinco de la tarde era imposible moverse. Me quedaba tumbado en mi losmen pequeñito e intentaba aguantar el sudor que me cubría. Cada media hora me duchaba para aliviarme un poco. Sólo duraba unos minutos y volvías a sudar. Al atardecer salías a dar un paseo por la playa bajo los cocoteros y charlabas con los suaves y amabilísimos balineses.

Imagino que sabéis que Balí es un reducto hindú en medio de un mar islámico de casi doscientos millones de musulmanes. La comunicación era fácil y distendida. Yo había estudiado indonesio varios meses antes de ir allí, y tuve ocasión de perfeccionar el bahasa indonesia con mi diccionario y las continuas notas que tomaba de mis conversaciones con ellos. Siempre tenían ganas de hablar y la fórmula de intercambio era siempre muy parecida. Había unas cincuenta preguntas que eran previsibles y cuyas respuestas ya conocías perfectamente. Yo era "guru kesusastraan" o lo que es lo mismo que "profesor de literatura" ¡Qué tiempos aquellos en que todavía podías considerarte profesor de la materia más hermosa!

Al atardecer una tarde me senté a observar la puesta de sol. Enseguida acudieron a la playa de arenas blancas varios muchachos que se pusieron a hablar conmigo. Era imposible estar solo y menos si se daban cuenta de que hablabas su lengua. Incluso incorporé rudimentos de balinés para hacérmelos más cercanos. Eran otros tiempos y lo primero que aprendía era cómo decir "te quiero". No sé qué esperaría de semejante frase... Una tarde, como decía, vinieron algunos muchachos de cabello muy negro, vestidos con sarong y el pecho descubierto. Uno de ellos era pescador. Charlamos y nos caímos bien. Ni he olvidado su nombre ni la aventura que vivimos juntos. No sé si llamarla aventura o una auténtica vergüenza para mí. Era pescador y me invitó el día siguiente a ir a pescar con él en su barca. He de decir que estábamos al norte de Balí en una playa llamada Lovina Pantai. Era un lugar maravilloso y alejado de los emporios turísticos masificados como Kuta o Legian Beach, que no llegué a pisar.

El pescador, Rahul, vino buscarme al atardecer siguiente. Su barca era estrecha y como de unos cuatro metros de longitud. Se apoyaba sobre cuatro grandes travesaños que se equilibraban luego con unos maderos a modo de flotadores. Son como las típicas barcas polinésicas. Salimos hacia las nueve. El sol teñía el mar con sus últimos estertores. Rahul iba remando y yo charlaba con él. Imagino que esperaba que yo le atrajera la suerte en la pesca. Lo que pescara aquella noche sería lo que serviría para dar de comer a su familia al día siguiente, bien comiéndolo o vendiéndolo. Me ofreció enseguida pan y cigarrillos de clavo kretek. Lo del pan es extraño porque es carísimo y no es una comida habitual entre los balineses. Ellos, como todos los indonesios, comen arroz y no pan. ¡Lo había comprado para mí! Se había desvivido para que yo estuviera bien. Nos alejamos dos o tres kilómetros de la playa y la barca se estabilizó. Para complacerle fumé varios cigarrillos y comí de aquel pan que era el mayor regalo que podía hacerme. El pan era gomoso. Mezclado con el tabaco y el movimiento continuo de la barca hizo que me sintiera mal. Tenía el estómago revuelto y empezaba a marearme. Me enseñó cómo pescar. Era sencillo. Se trataba de tirar el anzuelo con cebo y con la mano sostener el sedal. No había caña. Pasaríamos varias hora así. Rahul era extremadamente amable conmigo. Me dio todo lo que tenía, pero yo estaba terriblemente mareado. Intenté mantener el tipo y durante dos horas interminables tiré mi sedal al mar sin conseguir pescar nada. Volví a fumar a ofrecimiento suyo, pero ya mi organismo estaba muy alterado y me puse a vomitar en el mar. Fue una imagen patética. Rahul me miraba desolado y sorprendido. ¡Vaya turista inútil que me ha caído! No pude luego hacer otra cosa que tumbarme en la barca intentando que el mareo se me fuera pasando. Notaba el movimiento de la barca. El mar estaba en calma pero, a pesar de ello, me seguía revolviendo el estómago. Abría los ojos y le veía a él procurando pescar alguna pieza bajo la luna casi llena que nos iluminaba. Creo que le di mala suerte. Fue una noche aciaga para él y para mí.

Sobre las cuatro se decidió volver a la costa remando. Volvimos en poco más de media hora. No estábamos lejos. Recuerdo que le indiqué adonde debía dejarme, y entonces me asaltó la duda más inquietante. ¿Debía darle algo de dinero? ¿Debía compensarle por lo amable que había sido conmigo? Me dije -no sé si muy acertadamente- que no le daría nada. Entonces sería como haber comprado su amabilidad y gentileza, aunque la valoración del dinero era totalmente diferente para él y para mí. Una noche en un losmen valía 160 pesetas. El cambio en dolares nos era muy favorable. Indonesia era un país muy barato. Haberle dado unos centenares de rupias no me habría supuesto prácticamente nada y para él hubiera sido una cifra considerable, pero "no quería pagarle", no quería compensar su bondad. No quería entrar en el juego de que todo tiene su precio. Así que no le di nada. Luego lamenté no haberle localizado al día siguiente para hacerle algún regalo. No sabía cómo encontrarlo. Siempre me ha quedado de esta noche un sabor agridulce.

No sé por qué pero creo que me equivoqué en algo.

lunes, 26 de diciembre de 2005

Samosir


Samosir es una isla que se haya en medio de un lago, el lago Toba, y que a su vez se haya en el interior de otra enorme isla, la isla de Sumatra. El lago Toba es uno de los lugares más hermosos de la tierra. Estamos a mil metros de altura sobre el nivel del mar y la temperatura es suave en invierno y en verano, a pesar de estar en la zona ecuatorial. El agua del lago está templada y es una buena idea zambullirte en ella por mañanas, cuando sales de una cabaña batak con forma de barco invertido.

Los habitantes de la zona del lago Toba son de la tribu de los batak. Hasta mediados del siglo XIX no habían sido cristianizados y practicaban el animismo. Con la llegada de los misioneros se extendió una suerte de secta protestante la Gereja Christian Batak con peculiares ritos. Sin embargo se percibe en ellos la persistencia de ese animismo que los conformó durante tantos siglos. Los batak -los varones- son excelentes jugadores de ajedrez. Es su ocupación principal, el resto lo hacen las mujeres que cuidan de la casa, los hijos y se dedican al campo.

Hay varias poblaciones en la isla de Samosir: Ambarita y Tuk-Tuk son las más famosas para los viajeros que llegan hasta aquellos pagos. Por un módico precio puedes alquilar una cabaña y pasarte unos días inolvidables rodeado de montañas y tener un lago azul bellísimo a tu disposición.

He estado allí en dos ocasiones. La primera solo. Era mi primer viaje importante en soledad. Pasaría tres meses en Indonesia valiéndome de mis propios recursos. Uno de mis objetivos iniciales era el de disfrutar de unos días en el mítico lago Toba. Viví unas jornadas intensas. La mujer que me preparaba mi colchón de escasos centímetros de grosor sobre el suelo de madera no me dijo nada en un principio. Luego me preguntó mi nombre y que cuántos años tenía, si estaba casado... Las típicas preguntas de cortesía. Yo en aquel entonces todavía era muy joven. Ella me dijo que se llamaba Rentchita. Era contrahecha. Su joroba muy marcada contrastaba con sus ojos oscuros y vivos. "No olvides mi nombre" -me dijo-. También me habló de Smiley, un batak que hacía unas tortillas de setas azules que crecían junto al lago Toba. Eran dignas de ser probadas. Varios europeos y americanos nos juntamos allí, hacíamos excursiones, charlábamos, comiamos ensaladas de frutas, montábamos en canoa... Una noche nos dijeron que había un rito animista batak. Una mujer había fallecido y se celebraría una fiesta durante la noche. Alguien propuso ir a ver a Smiley y probar las tortillas de setas azules, e ir luego a velar al cadáver de la mujer. Un norteamericano, un holandés y yo decidimos hacerlo.

La cabaña de Smiley era pobre como todas las demás. El tejado era de zinc y las paredes de madera. En el exterior había unos bancos y una humilde mesa. Smiley con una gran sonrisa nos preparó sendas tortillas francesas con un ligero color violáceo. Bebimos cerveza San Miguel, la más popular por allí. Smiley nos cantó, acompañado de una guitarra, la canción Si a tu ventana llega una paloma, Trátala con cariño que es mi persona... Reinaba un ambiente cordial y alegre, de buena camaradería. Los indonesios son abiertos y cálidos.

La aldea de la mujer muerta estaba como a unos cuatro o cinco kilómetros. Nos indicaron el camino y nos pusimos en marcha. Poco a poco el efecto de los hongos azules empezó a notarse. Era una sensación de creciente concentración en tu interior y sentías que todo lo que te rodeaba cobraba vida. Caminábamos por el bosque, los árboles y los bambúes eran altísimos y sus ramas agitadas por el viento parecían transmitirnos algún mensaje. Pensé en los modernistas y simbolistas que creían que este mundo en sus apariencias revelaba un contenido oculto que sólo los iniciados podían contemplar. Me encontraba bien pero veía que en mi ser se abrían multiples puertas y todo lo que me envolvía se comunicaba de alguna manera con lo que estaba pasando dentro de mí. Todo parecía tener un significado que iba más allá de sí mismo.

Llegamos a la aldea -he olvidado su nombre-. Sobre una especie de tarima descansaba el cadáver bellamente ataviado con tonos azules y rojos de una mujer de unos cuarenta y cinco años. Sus vecinos y familiares la rodeaban y le decían cosas que no pude entender. En Indonesia, su edad ya es avanzada. Sus hijos tenían veintitantos años y parecían, más que dolidos por su muerte, como deseosos de alentarla en el camino al otro mundo. Su marido estuvo fumando y bailando toda la noche. Se servía abundante cerveza y un licor de rosas muy fuerte. Era el alimento para la noche. Se olían los cigarros kretek en el ambiente. Están hechos a base de clavo y su fuerte aroma es inconfundible. Había una gran fogata encendida que iluminaba el rostro rígido y amarillo de la mujer. Comenzaba a oler, pero el olor de la muerte no me desagradó ni me asustó el cuadro mortuorio allí montado. Pronto, los batak, se pusieron a bailar en círculos en torno al cuerpo muerto. Una pequeña orquesta, un gamelán, tocaba con instrumentos de percusión. El ritmo era repetitivo e hipnótico. Una treintena de hombres y mujeres zanzaban a su alrededor. La escena era vista por mí como si fuera una película y yo pudiera meterme dentro. Disfrutaba de una claridad mental extraordinaria. Me puse a danzar intentando remedar los movimientos que hacían ellos con las manos y los pies. La música y el fuego, junto al cadáver, creaban una atmósfera de irrealidad que me hacía ver mi visión habitual de las cosas como absolutamente plano, como si viviera sin la cuarta dimensión. Sentí la muerte como algo que formaba parte del ciclo vital y sin el aire macabro negativo con que la contemplamos en occidente. De vez en cuando me bebía un vaso que me pasaban de licor de rosas y seguía bailando sin cansancio. Unos pastelillos dulzones fueron repartidos entre los danzantes y asistentes. Comí dos de ellos y me sentí reconfortado. Estaba sudando. Entonces tuve un presentimiento: unos ojos clavados en mí parecían atravesarme. ¿Quién era quien me miraba así? Me acerqué a la figura de mujer que me observaba. En estado de semitrance le pregunté quién era. No me contestó. Se lo pregunté tres veces. Mis pupilas estaban muy dilatadas y no la reconocía. Me enseñó por fin su joroba y entonces me di cuenta de que era Rentchita, la trabajadora del losmen donde me alojaba. Iba engalanada y sus ojos me parecieron bellísimos. Pensé si no sería ella la clave de algo que no llegaba a comprender. Durante muchos días guardé las impresiones fortisimas de aquella noche de danza ininterrumpida con el sonido del gamelán del fondo y el olor dulzón de los perfumes que habían puesto al cadáver. Todos estuvimos velando a la mujer hasta que la luna se alzó en el cielo a la misma altura que el sol. La ceremonia que había durado varias horas entonces acabó como si hubiéramos alcanzado un equilibrio necesario. En ese día la enterrarían en una tumba hasta que la construyeran una linda casita de colores que colocarían en alguna encrucijada de un camino. Toda la isla de Samosir está jalonada de pequeños habitáculos muy adornados que son la tumba de algún batak que ha fallecido. Pasé una semana en Ambarita y luego continúe mi ruta hacia Bukittinggi, el plena línea del Ecuador. Los batak son una cultura kasar, "aspera" a diferencia de los minangkabau, que son una cultura "manis", dulce, suave. Me esperaba la tierra de los hombres femeninos de ojos tiernos y mirada lánguida.

sábado, 24 de diciembre de 2005

Las islas


Se agradece la distancia, se agradecen estos días de asueto, alejado de mis pupilos… No quiero pensar en ellos. Voy a dejar de ser profesor durante unos días y me voy a sumergir en la modorra y el desvarío. No me puedo ir a las Seycheles, ni a Cayo Largo, ni a Buenos Aires, aunque ganas no me faltan. Bailaré un tango con las sombras e imaginaré ceremonias de vudú en Benin o Togo; me acercaré a las pirámides aztecas de Teotihuacan o subiré volcanes en Sumatra; me tumbaré en una playa de Balí o en Tioman, en la costa de Malasia… En esta navidad me iré al Algarve y me levantaré temprano para ir a correr junto a la orilla del mar de invierno… Asustaré a las gaviotas que se espantarán haciendo círculos; me iré a las costas de Kodiak en el golfo de Alaska donde se conservan los osos más grandes del mundo… O dormiré hasta tarde, después de noches de fuego y luna. Pasaré la tarde dormitando después de comerme una paella con vino dorado Gandesa… Jugaremos y haremos fotos que nadie podrá ver… Por la noche cenaremos en una quesería con otra botella de vino de Rioja… Leeremos abrazados una novela de Javier Marías y nos levantaremos a media noche a beber agua y a vaciar la vejiga. Soñaremos con los mares azules del Egeo, con las islas griegas, con las ciudades italianas cubiertas de luz, con las calles peligrosas de Nápoles o Central Park de Nueva York antes del 11-S… Caminaremos sin desfallecer y oiremos jazz en la calle antes de entrar en el MOMA e ir al Planetario donde Woody Allen filmó escenas de alguna película. Llegaremos hasta el barrio chino, alguien te ofrecerá un cigarro y tú no lo despreciaras. Luego te pasarás dos horas canturreando una canción de Marina Rosell: Oh, gavina voladora, que volteges prop del mar… Deambulas por calles y barrios del Downtown. Ves gente de todas las latitudes del mundo. Estás en el centro del universo. Te subes a un pedestal y te imaginas volando sobre los rascacielos como un albatros en día de tormenta… Desciendes suavemente e imaginas los mares del sur. Te sumerges en el mar y ves miriadas del peces de todos los colores entrecruzándose sin confundirse, paseas por templos javaneses y te crees invencible e inmortal. Estas en la cima del mundo. Piensas en las islas. Te gustaría vivir y morir en una isla. Del norte o del sur, te da igual.

Cuando eras niño te pasaste todo un verano leyendo únicamente La isla misteriosa de Julio Verne, una vez detrás de otra, incansablemente, y cada vez era la primera. Cuando lo acababas sentías una terrible pena, pero podías volverlo a comenzar. Era el libro infinito. Nunca se lee como a los trece años. Perder la oportunidad de leer a esa edad es irrecuperable. Sólo algún libro muy de vez en cuando nos recuerda esa sensación única de tener el mundo por descubrir. Leíste a Verne, a Salgari, a Zane Grey, a Richmal Crompton, a Enid Blyton… Tu necesidad de aventura continúa y sueñas con paisajes y playas desconocidas, con novelas donde seas el protagonista, con sueños eróticos, con islas, siempre islas, con ríos cuyo cauce asciendes hasta donde comienza el horror. El río Congo. Allí donde Conrad sitúo El corazón de las tinieblas. Te gustaría escaparte y viajar por el desierto a lomos de un camello, ascender en globo o tirarte en paracaídas. Recuerdas las clavijas de Cotatuero y anhelas volver a ellas aunque ya no te dejen. Eres padre y ya no puedes correr aventuras. Da igual. En esta tarde de espera, furtivamente imaginas todas. Tardes infinitas de lectura o del corazón en el mar o en el aire. Volcanes, simas, cuevas, senderos que se bifurcan, evas que viven en palacios, atardeceres en playas de Thailandia… Todo el universo contenido en un microsegundo. Desvarías y juegas con las sombras.

jueves, 22 de diciembre de 2005

La despedida


Los profesores hacemos las llamadas "guardias de patio" que consisten en vigilar el espacio de recreo distribuidos estratégicamente. Controlamos que no se fume, que no haya peleas ni conflictos, que se utilicen las papeleras... La hora del patio es un pandemonium con varios centenares de alumnos dando vueltas, charlando o jugando al fútbol con latas de bebidas. El espectáculo del patio cuando acaba la media hora de recreo es digno de verse por su descuido y suciedad. No hemos conseguido inculcarles hábitos cívicos como el uso de las papeleras.

En un rinconcito del patio, junto a la verja, se reúne un grupito de muchachas magrebíes. Son siete u ocho. Son pacíficas, educadas y sobre todo, no se meten con nadie. Algunas llevan pañuelos en la cabeza y otras no. Sin embargo, ha habido reiterados intentos de agresión contra ellas a lo largo del trimestre. Grupos de descontrolados las insultan o empujan. Los profesores de guardia hemos de estar atentos para que no se produzcan estas agresiones.

Sin embargo, el martes pasado, justo cuando sonó el timbre estridente que señalaba el final de la hora del patio, volvió a suceder. Los alumnos se arremolinaban para ir de vuelta al centro. En el tumulto que se produjo, dos o tres cafres se acercaron a ellas y empezaron a insultarlas. Uno de ellos le metió un codazo a Hafida en la boca del estómago y la dejó tirada en el suelo. Ella se retorcía mientras el grueso de los alumnos la veían tirada y se reían de ella. Quizás pensaban que estaba haciendo teatro. Alguno grito: "Que ahora no es la hora del parto". Otra alumna magrebí la atendió, la recogió del suelo y la llevó adentro del edificio. Hafida no podía dejar de llorar. Apenas sabe expresarse. Lleva un año y medio en España y es muy tímida. Leila, la compañera, la consolaba y se quejaba amargamente. Las dos son alumnas de mi tutoría. Las circunstancias de los hechos las supimos posteriormente.

Las dos estaban desconsoladas. No fueron a clase a la siguiente hora. Leila se sentía humillada. Es de las mejores alumnas de su curso. Es una niña diez por su dedicación al estudio, su constancia y aplicación, y su educación exquisita. Mientras Hafida seguía llorando por el dolor en el estómago y la humillación sufrida, Leila, muy nerviosa, decía que no volverían al instituto después de navidades. Que no podían seguir así. La psicopedagoga, que fue su tutora el curso pasado, y yo intentábamos animarla. Que no se rindiera. Que no se dejara avasallar por dos impresentables que serían sancionados, que no les diera esa satisfacción, que ellas habían de seguir estudiando y un día llegar a ser médicos o profesoras o lo que les pareciera.

Entretanto, los dos agresores estaban retenidos en Jefatura de Estudios. Tenían aspecto de escasa inteligencia y gesto de cinismo. Uno de ellos no hacía sino morderse y mirarse las uñas mientras el jefe de estudios le inquiría que por qué lo habían hecho. Uno decía que el otro le había empujado, y el que había empujado, que no sabía lo que hacía. Que era una broma y que todo había sido un accidente. Entonces ¿por qué os fuisteis con ella tirada en el suelo y no la socorristeis? No hay respuesta. Se sigue observando las uñas y ni se digna dirigirnos la mirada.

Ambos serán sancionados, pero no parece que se sientan ni responsables ni dolidos por la agresión. "Son moras", claro. Se las puede humillar. Es lo que oyen por todas partes, también en sus casas.

Al día siguiente, las dos estaban mucho más animadas y desde luego Leila seguirá estudiando para no darles el gustazo de abandonar. Puede esta niña llegar a ser lo que quiera por su inteligencia, sensibilidad y constancia. Podrá ser lo que quiera si nuestro sistema lo permite y su familia acepta que siga estudiando. No lo tendrá fácil.

Ayer era el día final de trimestre. Se entregaban las notas a las doce de la mañana. Todos mis tutorandos tenían prisa para marcharse. Les hice sentarse. Protestaban y gritaban por la demora. Les quise hacer una reflexión sobre su rendimiento -muy bajo salvo excepciones- y sobre sus relaciones humanas en el aula -muy deterioradas por los enfrentamientos-. Hablé unos tres minutos y luego les deseé felices navidades y procedí a entregarles las notas en un sobre con una felicitación de Navidad. Fue visto y no visto. Sin darme cuenta, salieron todos corriendo del aula con sus notas. Nadie me saludó ni se despidió ni me deseó unas felices navidades. Bueno, nadie no es exacto. Hubo cuatro alumnas que se quedaron y esperaron para expresarme su deseo de que pasara unos buenos días y para despedirse. ¿Saben quiénes eran? Eran Leila, Hafida, Rachida y Sara, las cuatro alumnas magrebíes.

domingo, 18 de diciembre de 2005

Si esto es un hombre


Si hay un libro imprescindible en nuestro tiempo es Si esto es un hombre del escritor italiano Primo Levi. Su crónica fue escrita a vuelapluma en cuanto fue liberado del campo de Monowitz, unos kilómetros al este de Auschwitz. Su valor moral estremecedor se debe a que Primo Levi para construir su demoledor alegato no elige el papel de víctima inocente, ni de vengador iracundo frente a todo lo que ha sufrido. No, Primo Levi escoge la posición del testigo que, con un lenguaje sobrio y mesurado, describe todo aquello que vivió. No es que haya perdonado a sus verdugos –no lo hizo- sino que advierte que su testimonio será mucho más eficaz si no se contamina de sentimientos. Él nos ha dejado su crónica y nosotros somos los jueces. Nuestro es el veredicto.

Primo Levi logró sobrevivir, fundamentalmente por azar y por suerte. Era químico y eso le permitió gozar de alguna situación de privilegio en el lager. Pero había en él una voluntad férrea que le permitió desear seguir viviendo, mientras muchos de sus compañeros terminaban rindiéndose y se dejaban morir. Él quería contar lo que había vivido, relatar lo que había soportado. De hecho reconoce que fue Auschwitz lo que le hizo escritor. Nada había en él que le acercara a la palabra escrita. Era químico. Una vez liberado, no tuvo que luchar contra la pereza ni se preocupó demasiado del estilo. Sólo tuvo que ordenar todo lo que había vivido y dejar que su documento descendiera al papel.

En su libro hay mensajes muy claros: aquello que sucedió puede volver a suceder. Es necesario conocer los mecanismos por los que pudo ser posible. Conocer no significa “comprender” porque esto puede aproximarse a “justificar”. Las conciencias alemanas fueron seducidas por un orador histriónico que no expresaba sino ideas cambiantes, puras tonterías o crueldades atroces. Millones de hombres lo siguieron hasta la muerte. La cultura –Alemania era uno de los países más cultos del mundo- fue incapaz de oponerse a la barbarie. El pueblo alemán “sabía”, unos más y otros menos, pero si no lo sabían con certeza, lo sospechaban y acallaban sus dudas y su conciencia. Luego hubo funcionarios grises, terriblemente eficaces, que justificaron sus crímenes con el argumento de la obediencia debida.

Primo Levi nos pone en guardia frente a los líderes carismáticos que ofrecen verdades axiomáticas y sencillas. Es mejor no creer en los profetas por mucha verdad revelada que ofrezcan. Propone conformarse con verdades mucho más modestas y menos entusiasmantes que se consiguen con mucho trabajo y esfuerzo, sin atajos, por el estudio y el razonamiento, la discusión y el diálogo.

La posición de escritor-testigo hizo que su estancia en el lager se convirtiera en su mejor universidad, el sitio donde pudo meditar sobre aquellos hechos y sobre los seres humanos, en medio de aquel naufragio espiritual. No fue el único. Otros pensadores como Víktor E. Frankl, que sobrevivió también a Auschwitz, lograron mediante su fuerza moral y su capacidad de resistencia – y de suerte- sacar un material extraordinario para aprender a comprender el valor y el sentido de la vida humana.

Si esto es un hombre de Primo Levi debería ser un libro de formación ética obligatorio para nuestros estudiantes de la ESO en el segundo ciclo o en el bachillerato.

Muchas veces temo reconocer en el cinismo que tanto se estila entre muchos adolescentes desorientados; en su rechazo de la cultura y del pensamiento; en su aversión al esfuerzo necesario para conseguir aquello que tiene algún valor; en su desprecio hacia la autoridad que supone el conocimiento… Todo ello me parecen signos desesperanzadores de un estado espiritual que supone la renuncia a la razón y la apuesta por los instintos, justo aquello que defendía Hitler. No sé si estaré siendo algo exagerado, pero veo en ciertos sectores de esta juventud –y en esta sociedad- que crecen sin ideales, sin proyectos -fuera del enriquecimiento azaroso de la lotería- sin una necesidad de dotar de sentido a su vida, sin capacidad de resistirse a la adversidad o de soportar la frustración, barruntos de un desarme moral que convenientemente aprovechado por seductores perversos podrían dar lugar a miserias humanas que es mejor no imaginar. Nuestro tiempo ha contemplado y contempla catástrofes humanas que no son mejores que lo que sucedió en tiempos de Hitler: la guerra en la antigua ex – Yugoslavia, Rwanda, la guerra silenciada en el Africa Central, Sudán, la pobreza de la mayor parte del mundo…Y frente a ellas nos mostramos casi totalmente indiferentes. Necesitaríamos un enorme rearme moral para poder educar -conducir- a nuestros erráticos y caprichosos adolescentes hacia valores más sólidos y menos banales que los que se estilan por aquí.

martes, 13 de diciembre de 2005

La enseñanza de la literatura


La semana pasada hablábamos de la crisis del modelo de enseñanza de la Literatura a nuestros alumnos a propósito del escaso gusto por la lectura que existe en la adolescencia y el tipo de novelas que hoy día gustan a los jóvenes. Decíamos que debían ser obras fundamentalmente ligeras, de léxico llano y sintaxis sencilla, que combinaran la intriga y la aventura, así como algunos temas actuales.

¿Cómo habría ser de otra manera? En este país ha desaparecido la Literatura como objeto de la enseñanza. Se habla de la inminente desaparición de la Filosofía, pero no nos hemos dado cuenta de que ya no se enseña Literatura.

En los planes de estudio actuales la literatura es un subapartado mínimo en los temas, fundamentalmente de lengua, tanto en la ESO como en el Bachillerato. Se ha convertido en un apéndice prescindible, que no es exigida ya ni en las pruebas de acceso a la universidad (las PAAU). El único resto que queda es la Literatura de Modalidad que cursan un solo año (tres horas semanales) algunos alumnos del bachillerato Humanístico y Social, pero no los del Científico ni del Tecnológico ni del Científico y ni siquiera los del Artístico (¡).

¿Cómo se querrá que nuestros alumnos lean si no les enseñamos literatura? ¿Cómo se pretenderá -si es que se pretende- que se acostumbren a la complejidad cultural si les sumergimos en un mundo tecnológico sin modelos literarios llenos de densidad artística y humana?

En el anterior sistema educativo, la EGB y el BUP más el COU, los alumnos realizaban varios repasos generales de la historia literaria, en los cursos de 7º y 8º de Básica. Si cursaban el BUP, había una Lengua en primero en la que se avanzaban conocimientos lingüísticos y se desarrollaba la técnica del comentario de textos de fragmentos literarios de gran calidad.

En segundo de BUP la enseñanza de la literatura alcanzaba su mayor grado de autonomía. Se repasaba toda la historia de la literatura a razón de cuatro horas semanales. En tercero de BUP en la especialidad de Letras y Mixto, se profundizaba cuatro horas semanales en obras completas desde la Edad Media al siglo XIX. Se leían obras como El cantar de Mío Cid, las Coplas completas de Jorge Manrique, La Celestina, La vida es sueño, Macbeth o El rey Lear de Shakespeare, El Quijote, un drama romántico, y una novela de Galdós. En ocasiones se introducía también una de Dostoievski.

En COU también disponíamos de cuatro horas a la semana para centrarnos en la literatura del siglo XX: El árbol de la ciencia de Baroja era un clásico que despertaba las inquietudes existenciales de nuestros alumnos; alguna obra de Unamuno como San Manuel Bueno mártir presentaba la crisis de fe de un sacerdote de pueblo; se hacía un estudio general sobre la poesía de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez; se introducían las literaturas de vanguardia, la generación del 27, la poesía de Miguel Hernández; estudiábamos la narrativa de posguerra con obras como La colmena de Cela, así como el teatro del mismo periodo. Se leía una novela experimental del tipo de Tiempo de silencio de Luis Martín Santos y se culminaba el repaso de la historia literaria con una novela de la literatura hispanoamericana como Pedro Páramo de Juan Rulfo o El coronel no tiene quien le escriba de García Márquez.

La enseñanza de la literatura gozaba de una autonomía didáctica que permitía la profundización en múltiples obras de grandes autores. Con ello, se introducía la complejidad artística y vital y se tendían puentes hacia el pasado haciéndolo permeable a nuestra comprensión y análisis. Y la cierto es que se notaba este baño de historia literaria en la comprensión de textos complejos y en la capacidad expresiva. Además los jóvenes eran más curiosos e imaginativos. Despertado el gusto por la literatura, no era difícil estimularles el deseo de descubrir nuevos modelos y géneros contemporáneos.

Hoy, nuestros alumnos son unos absolutos analfabetos en materia literaria. Pensemos que en épocas pasadas se consideró la Literatura como el alma de los pueblos y de las sociedades. Está claro que hoy queremos que todo sea líquido y fungible, flexible y "moderno". La literatura no está de moda, y en consonancia los planes de estudio la han arrinconado y suprimido casi totalmente. ¿Qué ciudadanos pueden esperarse de unos proyectos educativos que han prescindido de la enseñanza de la literatura? Nos hemos quedado sin modelos lingüísticos y humanos, aquellos que revelaban las grandes obras literarias. Todo es ya absoluto presente, siempre absorbente, pero efímero y esencialmente banal. Hoy el presente ha olvidado su componente humano y artístico para convertirse en meramente tecnológico: todo se basa en la ley del mercado y en ella no cotiza la Literatura.

Como consecuencia, también se produce el declive de la imaginación creadora y las terribles dificultades expresivas que tienen nuestros adolescentes.

domingo, 11 de diciembre de 2005

Pedro y el capitán


Escribir siempre sobre educación es monocorde. Hay algunos temas pendientes de los que hablaré en los próximos días. Hoy domingo, mañana soleada de domingo, quiero evocar algunos hilos del pasado. Es mi aportación a la miscelánea personal del blog.

Hace muchos años, hice mis pinitos en el teatro. Formaba parte de la compañía estable del teatro de la Riereta en el Raval de Barcelona. Mi primera aparición en público fue con una obra de Mario Benedetti titulada Pedro y el capitán.

En escena había dos personajes: un prisionero político, Pedro, y un oficial del ejército de un país indefinido latinoamericano. Queríamos obtener información sobre el grupo político al que pertenecía el detenido. Para ello, el instrumento era la tortura. El capitán era el torturador psicológico "bueno", el que le decía yo no te voy a hacer nada pero los que están después de mí te machacarán, violarán a tu mujer y harán cosas a tu hijo. A pesar de todo, el prisionero se negaba a hablar. La figura del capitán estaba dominando la escena, pero a medida que avanzaban los cuatro actos de la obra comenzaba a declinar y a crecer la de Pedro que terminaba desarmando moralmente al oficial represor. Era la historia de una caída en una sima personal de un hombre sin principios enfrentado a un prisionero cuyos valores personales eran la dignidad y la fidelidad a unas ideas de justicia y libertad.

Recuerdo que esta obra era llevada a institutos de Bachillerato y Formación Profesional. Quiero recordar una de las actuaciones la que nos encaminó hasta un instituto profesional de Sant Boi de Llobregat. Fue una actuación memorable.

La función comenzaba con retraso de veinte minutos por diversos problemas de desplazamiento. Los cuatrocientos alumnos del instituto gritaban y pataleaban. Que empiece ya, que el público se va... El ambiente presagiaba una actuación desastrosa dada la algarabía reinante. Gritos por doquier y como perspectiva una obra en que durante casi dos horas se enfrentaban dialécticamente dos personajes sin ningún tipo de efecto especial y con una iluminación plana; amén de una decoración minimalista que consistía en una silla para el prisionero, una mesita y un sillón para el capitán.

Primero salió Pedro. Gritos. ¡Hala! Confusión total, alboroto. Yo salía unos segundos más tarde por el otro lado: ¡El otro! Risas, aplausos, pateada general. Salir a un escenario es lanzarte al vacío. Nunca estás más en evidencia que cuando te enfrentas al público. No hay vuelta atrás. Es un momento de una tensión y ansiedad enormes. A veces se me secaba la boca, otras veces me temblaban las piernas. Te preparabas. No había posibilidad de huir. Todo te llevaba allí. Un, dos, tres... y estabas en medio de la escena. Uf. Así me pasó aquella tarde cuando salí frente a aquellas cuatrocientas fieras dispuestas a comérsenos con patatas. ¡El otro! Follón, griterío. Me dije a mí mismo. "Este es tu público de todos los días. No vas a permitir que te aplasten". Comenzaba mi monólogo de diez minutos frente al prisionero con capucha. Mi actuación era habitualmente medianita. Había comenzado hacía poco mi trayectoria teatral y dependía totalmente de mi director que era el hombre que estaba allí sentado y al que debía dominar y dar la impresión de hacerlo. "Os vais a enterar". Alcé la voz, le imprimí una autoridad y una resonancia que golpearon las paredes del teatro y reclamaron la atención de aquellos pequeños bárbaros. Poco a poco las voces fueron declinando, y cinco minutos después el silencio era total. Mi voz mantenía la tensión necesaria para tenerlos prendidos de un hilo.

Así se desarrolló la representación durante una hora y cuarenta minutos. La expectación era evidente y los espectadores estaban unidos emocionalmente a lo que sucedía en la escena desnuda. Dos hombre devorándose y luchando hasta la muerte. Mi figura terminaba por estrellarse contra la dignidad de Pedro. Eran los últimos momentos de la obra cuando yo le suplicaba que me diera alguna información, le tocaba y zarandeaba. Habla, dinos algo que justifique mi vida.

Pero Pedro no hablaba y la obra terminaba con su aniquilación física y mi aniquilación moral. El silencio entonces, cuando se apagó la luz, se convirtió en un aplauso unánime y rotundo. Cuatrocientos pares de manos chocaban a rabiar. No hay sensación en el mundo comparable a esta. Tú te das cuenta cuando tienes al público prendido. Nadie se mueve, nadie habla, nadie tose... La atmósfera está cargada de electricidad. El silencio es denso y fecundo. Todo al final se resuelve en ese aplauso, Dios, qué aplauso. Es como el alimento de los dioses. No creo que haya nada que pueda ser semejante a ese premio que tienen los actores cuando es realmente merecido. Se distingue un aplauso por compromiso de un aplauso entusiasta que estalla como el trueno tras el relámpago.

Aquel día dos actores lucharon en el escenario y el público se sintió unido a ellos en su debate de ideas y de emociones. Nunca mejor dicho que el teatro lleva unida la función catártica. ¡Qué lastima que el teatro sea un espectáculo tan poco conocido por nuestros adolescentes! Hay muy pocas obras dirigidas a ellos y a precios razonables. Hay un gran déficit de teatro en la formación de los jóvenes actuales. Además el escaso teatro que se les ofrece, en funciones escolares, lleva unida la deplorable concepción que nos ha invadido: la de lo políticamente correcto. Las reducidísimas obras que se les ofrecen abusan del aspecto didáctico y del mensaje moral de última generación.

viernes, 9 de diciembre de 2005

La "literatura juvenil"


Una de los lamentos más recurrentes que se oyen en el campo educativo es el del poco interés de los adolescentes por la lectura. Todos los informes y prospecciones señalan que en torno a los cursos de segundo y tercero de ESO (14-15 años) se produce una crisis en la disponibilidad lectora de nuestros alumnos. El nivel de lecturas es bajísimo y solamente funciona con libros muy escogidos, adaptados y "facilitos" para la etapa de la adolescencia. Esto es, novelitas que aborden temas como las bandas juveniles, los nazis, la anorexia, el racismo... Todos temas muy actuales y tratados de un modo semejante al reportaje. Una mezcla de acción e intriga, aderezadas con un lenguaje sencillito y una sintaxis llana parecen ser la mejor fórmula para construir (¿diseñar?) una novela para adolescentes.

Cualquier libro que se aleje del tiempo actual o de nuestras circunstancias añade unas dificultades insuperables a la lectura. Por tanto, la llamada "literatura juvenil" de la que las editoriales educativas están repletas ha de cumplir una serie de condiciones... pero ni aún así es garantía de éxito. La panoplia de libros que gustan a los adolescentes hoy día es muy limitada.

No hace falta añadir que si a nuestros alumnos les imponemos un libro que no cumpla dichas coordenadas está condenado al fracaso. Recuerdo hace tres años cuando puse como obligatorio en cuarto de ESO la novela corta El viejo y el mar de Ernest Hemingway. Eran cursos de los considerados con "buen nivel". El resultado fue desastroso. La novela de la gran epopeya del viejo en lucha contra el gran pez y el océano no gustó a prácticamente a nadie de los cincuenta alumnos que la leyeron, si es que lo hicieron. Sólo una alumna destacada y sensible se opuso a las tesis mayoritarias de que en la novela de Hemingway, que llevó a su autor al premio Nobel, no pasaba nada. Según esta alumna, L. , era una novela llena de acción interior. Su aparente no pasar nada era erróneo porque éramos testigos de la última lucha titánica del viejo contra su edad, el gran pez, los tiburones, el mar y la mala suerte. Pese a todo y haber sido derrotado por la mezcla de toda la adversidad posible, el viejo seguía soñando con leones marinos, que simbolizaban su juventud. El hombre viejo se mantenía en pie frente a todo. Era derrotado pero no quedaba derrotado. Esto es lo que opinó una alumna a diferencia de los cuarenta y nueve restantes que aseguraron que era una novela muerta, sin acción, aburrida... un auténtico bodrio.

Como anécdota he de contar que el director de mi centro y algunos compañeros me llamaron la atención por imponer una lectura tan poco en consonancia con los tiempos presentes. No hay duda de que el director, pedagogo y, por tanto, profundo conocedor del tema de lo que son los "tiempos presentes", tenía razón y yo no.

Así son las cosas y la sociología del gusto lector juvenil -adolescente-. Ante esto me pregunto si el inmenso tesoro de la gran literatura de todos los tiempos no habrá terminado por ser incomprensible para los adolescentes de hoy día. Su falta de comprensión lectora, unida a su desconocimiento del pasado, de los símbolos religiosos, de las coordenadas filosóficas y sociales de nuestra cultura, hacen de ellos absolutos analfabetos a la hora de descifrar y comprender un texto literario de cierta densidad.

Recuerdo que no hace muchos años, muchachos de su misma edad leían y quedaban entusiasmados ante libros de una profundidad hoy inimaginable. En segundo de BUP no era impensable que un alumno leyera La metamorfosis y La carta al padre de Kafka, La espuma de los días de Boris Vian, La náusea de Jean Paul Sartre, El guardian entre el centeno de J. P. Salinger, El jugador de F. Dostoievski, Cumbres borrascosas de Emile Brönte, El monje de Matthew Lewis, relatos de horror de H.P. Lovecraft, de Bukowski, novelas de ciencia ficción de Arthur Clarke como El fin de la infancia o 2001, una odisea en el espacio, Wilt de Tom Sharpe, El tercer ojo de Lobsang Rampa, Sidharta de Hermann Hesse, Las enseñanzas de don Juan de Carlos Castaneda... En definitiva, no había diferencia entre lo que pudiéramos llamar "literatura juvenil" y Literatura con mayúscula o, al menos, literatura adulta.

Actualmente la fórmula de libros para adolescentes es un misterio y a la vez tiene unos componentes muy claros, según he señalado antes, pero lo que queda nítido es que se ha convertido en un género o subgénero diferenciado del gran tronco de la gran literatura que ha quedado oscurecida e incomprensible para ellos. ¿Un gran enigma? ¿O tiene claves ocultas que ayudan a entenderlo?

Intentaremos en entregas sucesivas aclarar algo el panorama.

jueves, 8 de diciembre de 2005

Generación L



Quiero comentar una buena noticia en el mundo de la enseñanza. En Cataluña, en octubre del presente, se ha publicado un libro muy interesante sobre el mundo educativo. Se titula Generació L (como subtítulo: Los hijos de la reforma educativa) y su autor es el profesor de secundaria y doctor en Filología Pere Pena. La edición está disponible sólo en catalán, pero deseo que pronto pueda ser traducida al castellano y otras lenguas de España.

Es sumamente esclarecedor este ensayo porque proviene no de ningún "experto en educación" o miembro de algún movimiento de Renovación Pedagógica, sino de un profesor en activo, que experimenta diariamente el desastroso estado de nuestras aulas de secundaria y bachillerato.
Su análisis, extremadamente riguroso, sobre la aplicación del modelo LOGSE en España desde el año 1990, no puede ser más demoledor y coincide con algunas de las ideas básicas que se habían publicado en este blog (en su etapa anterior).

Quiero, transitando por sus densas páginas, recoger una idea matriz: la reforma educativa ha convertido nuestras aulas en una especie de parques temáticos donde todo habría de ser divertido y agradable para nuestros alumnos. Se habría sustituido la idea del esfuerzo y el placer de aprender nuevos conocimientos por la ingestión de un alimento ligero, desnatado y caótico, incapaz de estructurar la mente de los que asisten a nuestras clases.
Ahora no tenemos "alumnos" en su sentido estricto. Tenemos "niños" y "adolescentes" (también podríamos decir "clientes") que asisten desganados -en su mayoría- a actividades que les aburren y que no entienden demasiado por más que cada vez se lo hagamos más sencillito y superficial.

La LOGSE ha creado un modelo que favorece la infantilización del alumnado y, en muchos sentidos de los profesores, que hemos perdido en gran parte nuestros criterios sobre qué enseñar y cómo hacerlo.
En los institutos se trata de que sepamos integrar a nuestros alumnos, de considerar sus circunstancias sociales y familiares, de hacer sociogramas para conocer sus relaciones internas, de difundir valores desligados de las materias de estudio, de hacerlos cívicos, formarlos en educación vial y en el ámbito de la sexualidad, prevenir el SIDA y la anorexia, favorecer el concepto de "mediación" en la escuela...

Se han desligado los "valores" de los "conocimientos". ¿Acaso cuando enseñábamos literatura, filosofía, matemáticas, música... no estábamos también enseñando "valores"? Ahora los "valores" se plantean como algo diferente y autónomo.

No importa demasiado que seamos buenos filólogos, químicos, matemáticos, expertos en filosofía, lingüistas, especialistas en historia... No, se trata de que hemos de ser fundamentalmente "educadores". Los modelos de escuela primaria se han proyectado en la escuela secundaria y en el bachillerato. La figura del maestro generalista se ha apoderado del modelo del nuevo profesor. No es necesario saber de una materia sino saber "cómo" enseñarla. Y si es posible en el aula de informática porque queda más moderno y avanzado. La pizarra ha quedado obsoleta, según los departamentos de educación. Todo lo que venga avalado por ser difundido por nuevas tecnologías tiene un prestigio superior.

Nuestros alumnos son fundamentalmente ignorantes y quieren seguir siéndolo. La cultura no ofrece para ellos ningún atractivo. Vade retro -dicen-. Se han asimilado al modelo de tantos programos de televisión en que todo ha de ser ligero, divertido, que favorezca el bienestar y la comodidad.
Seguiremos...

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