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viernes, 30 de diciembre de 2005

Bangkok


Llegué a Bangkok tras varios meses en Indonesia. Se aproximaba la Navidad. En Europa reinaba el invierno mientras que en Thailandia estábamos en una época calurosa y húmeda. Mi primer encuentro con la ciudad fue emocionante. ¡Qué belleza de ciudad comparada con las destartaladas ciudades indonesias! Bangkok recibe en nombre de Krungthep que quiere decir “la ciudad de los ángeles”. Es la moderna Aytthaya, antigua capital del reino.

Pasear por sus calles es sumergirte en un río humano, incesante y caótico, lleno de brillantes espectáculos visuales y aromáticos. Las arterias principales tienen un tráfico muy intenso. Los tuk-tuk llevan viajeros a todas partes de la ciudad. Son taxis pequeños en los que vas tragando el humo de todos los tubos de escape. La multitud te rodea por doquier y en cualquier parte se vende cualquier cosa. Es una ciudad esencialmente comercial, como todas las ciudades orientales; llena de vida y de humanidad como la que hace tiempo que hemos perdido en nuestras ordenadas y aburridas ciudades occidentales.

El río Chao Praya vertebra la ciudad. Tiene un sistema de subcanales donde viven decenas de miles de personas en pequeñas barcas y donde hay mercados flotantes donde se pueden comprar alimentos. Del mismo modo, se puede alquilar un taxi para visitar la ciudad acuática.

Conocía a Chinda durante mi visita al Wat Phra Kaew, el buda esmeralda, el más preciado de Thailandia. Chinda era un novicio budista que estudiaba en un monasterio, cercano a Bangkok. Nos hicimos amigos y me acompaño varios días en mi visita a la ciudad infinita, llena de templos, templetes, imágenes de buda, stupas dorados, palacios reales... Hablábamos en inglés. Chinda tenía catorce años y vestía con la característica túnica azafrán y llevaba la cabeza rapada. Hablamos de nuestros modos de vida. Él estudiaba en el monasterio desde que tenía seis años. Cuando tuviera dieciocho tendría que tomar la decisión de seguir y ordenarse como monje o dejar su vida monacal e integrarse en la vida normal. Para él era una decisión crucial. Yo le provocaba cuando veíamos a algunas muchachas y le preguntaba si no le gustaban. Él se sonreía y me hacía con un gesto que era mejor no hablar de ese tema. ¿Pero te gustan o no? Sonreía y me hizo el gesto que sí, que le atraían pero que no debía pensar en eso.

Chinda y yo hablamos de las “cuatro nobles verdades” que fundamentan el budismo, transmitido desde Buda, “el iluminado”. El budismo se ha preocupado esencialmente por el sufrimiento y las causas que llevan a él. No se ha interrogado sobre cuestiones trascendentales ni metafísicas. El budismo es esencialmente práctico y no se pregunta sobre la existencia de Dios o la vida después de la muerte. Son cosas a las que no tenemos acceso por lo que no tiene sentido planteárselas. La verdadera y única cuestión fundamental del budismo es el sufrimiento y las vías que podemos recorrer para hacerlo cesar.

Según las eseñanzas búdicas, toda existencia es sufrimiento. No podemos evitarlo. Forma parte inevitable de la vida. La causa del sufrimiento proviene del deseo o apego y la ignorancia. Es decir, la búsqueda del placer, el sentirse superior a los demás seres, la envidia de ver que alguien es superior o mejor en algo te llevan a sufrir. Sin embargo, todo es impermanente y todas las cosas de este mundo son interdependientes. La liberación no puede venir sino del "no apego", del abandonar el deseo que causa insatisfacción. La verdad última es el vacío, la sabiduría de la vacuidad, todo es ilusión, los sucesos, los deseos no tienen sustancia, por lo que es inútil apegarnos a ellos. Este es el verdadero corazón del Dharma.

El camino que lleva a la cesación del sufrimiento es el octuple sendero: la comprensión correcta, el pensamiento correcto, la actitud correcta, la palabra correcta, la acción correcta, la ocupación correcta, el esfuerzo correcto y la concentración correcta. Desear tan sólo el propio despertar. Es el llamado “camino de en medio”.

Chinda y yo no hablábamos de esto más que a breves retazos. Él era esencialmente un adolescente risueño y divertido que me fue enseñando la ciudad. Me impresionaron muchas cosas pero en especial el gigantesco buda reclinado que expresaba una extraordinaria serenidad lejos del Cristo sufriente y doloroso que es la base de nuestra civilización cristiana. Un día me propuso ir a conocer a su maestro. Acepté y me llevó en autobús a su monasterio, un lugar de concentración y meditación donde sonaban gongs y sonidos armoniosos de metal y madera que marcaban el discurrir de los ritos y las horas. El aire agitaba colgantes que hacían que el espíritu se hiciera sensible. Su maestro me enseñó a practicar la meditación en el templo. Estuvimos sentados "en medio loto" durante una hora. No puedo decir que me concentrara demasiado. Los pensamientos me asaltaban continuamente. Me dijo que los dejara pasar, eran nubes que atravesaban la gran montaña inmóvil, eran olas en la superficie cuando el fondo estaba en calma, debía concentrarme en el aquí y en el ahora, dejar pasar, todo es ilusión…

Mi estancia en Bangkok en esta ocasión estuvo entrañablemente unida a la persona de aquel muchachito que me dio su afecto y amistad, Chinda. No sé si se habrá convertido en monje o habrá dejado la vida monacal. No sé, que sea lo mejor para él. Los monjes en Thailandia son mantenidos por la comunidad. Salen por la mañana con sus escudillas para que la gente les dé comida. Es su única alimento durante el día. El pueblo de Thailandia mantiene a sus monjes porque son la columna vertebral de su espiritualidad, son como el alma de su sociedad.

Otra costumbre terrible es que en muchas familias de las montañas, una hija es vendida como prostituta a los burdeles de Bangkok y otro hijo es destinado a monje. Es la pobreza la que causa esta dualidad. En thailandés “prostituta” no tiene un significado negativo. Significa “la que trae comida a casa”.

Chinda, donde quiera que estés, te deseo que tu camino sea iluminado por esas cuatro nobles verdades que me explicaste. Yo a mi manera también las he buscado. Durante varios años practiqué zen e intenté comprender la imagen de la montaña atravesada por las nubes. Nada tiene consistencia. Nos aferramos a las ilusiones y estas nos causan dolor. Es la rueda del karma.

8 comentarios :

  1. Nunca he terminado de creer en cualquier tipo de trascendencia. No tiene sentido hacerlo en un planeta que no fue nada y nada será. Pero sí es cierto que uno vuelve la mirada hacia otras formas de vida en las que no han tratado de adoctrinarnos. Debo reconocer cierta simpatía por el budismo aunque le niego, como al resto de las religiones, un ápice de credibilidad. Es nefasto poner el azar de la nuestra existencia en manos de cualquier tipo de guía espiritual, aunque las formas de religiosidad oriental dan más juego mental que la tradición judeo-cristiana (cuyas imágenes bíblicas parecen de dibujos animados).

    Respecto al deseo decir que representa el motor de la vida. Sin deseo, sin atracción, sin magnetismo, no estaríamos ahora aquí. Es verdad que nos destruye pero a la vez nos impulsa.

    Por cierto ya podrían aprender la curia española a vivir como los monjes budistas, de la caridad de sus fieles, empezaría a pensar que tienen dignidad.

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  2. Seguro que se cumplirá en lo que cree. Los esquemas que nosotros mismos creamos sobre el mundo tienden a cumplirse...un abrazo

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  3. Envidia, pura envidia es lo que me sugieren los textos de los viajeros, de los que conocen esa otra cara del mundo.

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  4. El amor mueve el mundo, dijo el joven Cernuda, y en buena hora. No digo yo que a veces no den ganas de apearse —pero ya se ocupará el tiempo (y Hades) de cumplir ese deseo tornadizo de anular el deseo. Olvidémonos de la religión. Sólo por el arte y el amor, ¿no merece ya la pena haber vivido, estar viviendo?

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  5. Al59, cuando visitas unos países tan lejanos en el espacio como en su concepción del mundo y de la vida, puedes adoptar distintas posiciones: la del occidental que considera que lo que está viendo son supersticiones o creencias primitivas que no tienen ningún fundamento, tomando como referencia nuestra cultura y pasado reciente o hacerte permeable a ellas. Pensar no eurocéntricamente, lo que no deja de ser un punto de vista más -tan relativo como cualquier otro- sino dejarte sumergir en visiones, mitos, creencias, concepciones religiosas. Nunca me han parecido extraños los países que he visitado porque me he dejado invadir por ellos. No en vano el libro de cabecera que llevaba estos meses de viaje por el sudeste asiático era Mito y Realidad de Mircea Eliade. Karl Jung, el gran olvidado, nos habla de arquetipos universales, de mitos colectivos. Nuestra visión occidental es plana: la salvan el arte y la cultura -a la que son tan ajenas nuestras nuevas generaciones-, es cierto, pero el conjunto de lo que vivimos o compartimos no lo veo superior a lo que yo vi y sentí en Asia. En cuanto al deseo, te puedo asegurar que todo el tiempo en que practiqué zen no hubo etapa anterior en que el deseo se manifestara con tal fuerza. El deseo no se puede abolir por decreto. El deseo existe y es bueno. Al menos los monjes zen que conocí, no renegaban en la práctica de él. Al contrario, se ansiaba hacer el amor con más fuerza que nunca. Si intentas negar el deseo éste se fortalece. Yo diría que lo que distingue al budismo -que ya no practico porque no tengo tiempo físico- es la idea de contemplación del deseo, de los pensamientos en un intento de quietud anímica. Unos momentos de silencio al día, de quietud, de observación de nuestro interior, no nos vendrían mal a nadie. Tampoco a nuestros jóvenes. Luego se folla con más intensidad, te lo aseguro. Un saludo.

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  6. Religión por religión, reconozco que al final es una lectura adolescente (William Blake), medio sacra medio blasfema, la que me ha marcado de veras. Decía Blake, entre otras cosas, que el deseo que se deja reprimir es deseo de poca monta. Sin duda hay un valor económico en la abstinencia, que hace más dulce la catarata posterior; pero eso ya, más que budismo, es epicureísmo refinado, ¿no?
    (De lo dicho anteriormente no se sigue que dé por mal empleadas las lecturas de Suzuki, Alan Watts y compañía: como poco, me han dado una óptica para leer haiku. A Jung hace tiempo que no le leo, pero es el primer comparativista que conocí, y mi cariño por él sigue intacto.)

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  7. No termino de comprender cómo das tanto de ti y te sigue quedando. Disfruto mucho de tus dos blogs. De las cuatro verdades nobles, solamente veo verdad en las dos primeras. Las otras dos son un asunto organizacional, y posterior a la revelación, ¿no te parece?

    Ver mi Libro abierto.

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  8. Desde luego puedo asegurarte que cuando estuve practicando Zen, había un componente de "iglesia", con sus rencillas, su "episcopado", su "santoral", que no me gustaban nada. Encontré a gente muy valiosa, pero también a personajes extraños, esquivos, iracundos y en definitiva bastante mentecatos. Toda religión cuando baja al terreno organizativo se convierte en "iglesia" y eso implica dogma, escisiones, culto a la personalidad...

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